Un fósforo para encender la poesía: Yamilet Fajardo

Un fósforo para encender la poesía: Yamilet Fajardo
Yamilet Fajardo. Foto de Esther Consuegra.

La Gualdra 375 / Entrevistas / Poesía

 

 

Yamilet Fajardo (Morelos, Zacatecas, 1989) fue becaria del programa de estímulos a la creación y al desarrollo artístico del fondo estatal para cultura y las artes de Zacatecas (emisión 2009-B). Su libro Susana y los viejos fue seleccionado en la categoría “publicación libro ex-becario” dentro de la convocatoria PECDAZ 2013 publicado por la editorial TEXERE y el Instituto de Cultura Ramón López Velarde. Su obra La caja de cerillos, una novela en verso (UAZ) fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde (2013). Yamilet Fajardo traza con su poesía, los nombres precisos de los hechos que nos invaden de forma inminente, a la par de que hace evidente la intención poética de esas circunstancias. Su obra corresponde a las propuestas de centro occidente vinculadas a las vanguardias y a la tradición lopezvelardeana que ha sido constructo en la maquinaria poética nacional. Yamilet es una poeta que seguirá incursionando en las posibilidades múltiples del poema, de formas claras y contundentes.

 

Armando Salgado: ¿Cómo comenzaste a escribir poesía?, ¿qué obras literarias marcaron tu formación como lectora?

Yamilet Fajardo: Entiendo que la poesía va más allá del lenguaje, pero mi primer encuentro con la palabra se dio de un modo muy natural. De pequeña, antes que aprendiera a leer y escribir, mi madre me recitaba poemas de Amado Nervo, Ramón López Velarde, Fernando Calderón, y otros más, y yo los aprendía (aprehendía) en mi memoria y los recitaba en el kínder. En la oralidad de la palabra, la poesía me atrajo, esa música. Desde entonces comencé a comprender que la poesía decía algo más que palabras. Cada vez que descubro un libro nuevo, un autor que me lleva a otro y a otro, un viaje, un lugar, las rutas de la lectura, intento volver a ese tiempo cuando mi madre me hacía repetir aquellos versos y, cada poema nuevo me hacía correr un gran riesgo porque no sabíamos, ni ella ni yo, si íbamos a poder con él.

La poesía, como el arte mismo, es una búsqueda y un encuentro, en mi experiencia ha sido un desvivirse, una búsqueda desde las entrañas, atrévete a correr el riesgo, me repito siempre. “Escribir es defender la soledad en que se está”, escribió María Zambrano. Es a través de esta experiencia de la soledad que uno se topa con los límites del lenguaje, de los modos narrativos cotidianos y, se traza un puente que va hasta el centro mismo de lo humano. Se requiere mucha fuerza para seguir este camino, como decía Rimbaud, “El poeta debe tener la fuerza para sentir el dolor de todos los hombres”.

 

AS: Obtuviste el Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde en el año 2013 con el libro La caja de cerillos, una novela en verso (UAZ, 2014). ¿Qué distancias poéticas hay entre él y Susana y los viejos, publicado un año después?

YF: El destino de los libros es impredecible, en realidad mi primer libro de poemas fue Susana y los Viejos, fue un libro que me enseñó mucho y del que tardé bastante en depurar, se publicó una muestra de él en una serie de cuadernillos muy bellos al que generosamente me invitó a colaborar Mario Islasáinz, en su editorial Letras de Pasto Verde, en la colección “El celta miserable”, en Orizaba, Veracruz. El libró duró bastante guardado hasta que gracias al Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Zacatecas y a la editorial Texere se publica. Sin embargo, ya estaba trabajando en otros proyectos, La caja de cerillos, principalmente que, en cambio, lo tuve muy poco tiempo conmigo. Una tarde lo edité como creí que el mismo libro me lo pedía, un día después lo entregué al concurso Ramón López Velarde, sin pretensión alguna. Es el destino de los libros y como dejó escrito T.S. Eliot: “En nosotros está el intentar, lo demás, no es asunto nuestro”.

 

Yamilet Fajardo. Foto de Esther Consuegra

Yamilet Fajardo. Foto de Esther Consuegra

 

AS: Eres egresada de la Escuela Normal “Manuel Ávila Camacho” y de la Universidad Autónoma de Zacatecas donde estudiaste letras, ¿qué elementos consideras primordiales en la formación de los futuros maestros del país?

YF: Las Escuelas Normales tienen un peso histórico muy importante en la educación en México, soy de la opinión de que todo aquél que imparta clases en educación básica, debe haber pisado una escuela Normal, ya que quienes estudiamos en una, centramos nuestra formación en la infancia y adolescencia; en reconocer y conocer los ambientes escolares de los centros educativos que formaremos parte.

También es cierto que la Escuela Normal necesita actualizarse y/o reformarse. Son bastos los retos que enfrenta el docente en las escuelas, reflejo de los problemas sociales que nos aquejan día a día: pobreza, desigualdad, principalmente. Por tanto, el docente debe ser reflexivo, crítico, sensible a las problemáticas de su entorno, generador de cambio. De ahí la importancia de que, en su formación inicial, que se da en las Normales, encuentre espacios reconocidos de investigación en áreas sociales y culturales, bajo la tutoría de profesores investigadores de alto nivel, como en las mejores universidades públicas.

 

AS: Como mujer y ante los cambios recientes que van configurando nuestras formas tradicionales de ver el mundo, ¿qué consideras fundamental para promover una sociedad más justa, equitativa y diversa?, ¿crees que la literatura tenga un papel clave en estos procesos de reajuste de paradigmas?

YF: Sin duda lo es, la literatura, el arte, es ante todo un espacio de pensamiento y reconocimiento desde el interior. Te obliga a pensar en mundos posibles, por tanto, imaginar soluciones diversas ante problemas comunes. Tal parece que estamos impedidos a asistir a nuestra propia realidad, estamos ciegos frente a lo real, a lo que pasa, es como si le pusiéramos disfraces a todo, ¿qué busca la poesía, el arte? Busca eso real que se nos escapa. Las palabras que utilizamos siempre vienen ya empaquetadas Cómo estás, buenos días, encontraremos a los desaparecidos. Nos dejamos acunar por ese lenguaje, ¿cuál es el compromiso del artista? Buscar las palabras precisas, hablar desde lo real, hacer visible lo inexpresivo, y sobre todo ser libres, que es una tarea ya demasiado ardua. Horacio en su Arte Poética, en la carta a los Pisones dice: “Si algo se le debe reprochar al poeta es que no sea libre”. Esta libertad es lo que el arte le debe a la sociedad en cualquier época y desde cualquier lugar, mujer u hombre.

En la literatura lo femenino encuentra un campo de acción muy importante desde luego, me vienen a la memoria los cuentos maravillosos de Amparo Dávila, quien construye personajes femeninos tan complejos que dan cuenta de la complejidad del ser humano femenino. También tenemos la poesía de Dolores Castro, sensitiva, de una pulcritud y sencillez destacadas. En el caso de Zacatecas. Cabe además destacar la participación activa en la promoción, crítica e investigación del arte por parte de talentosas mujeres.

 

AS: ¿Cuál ha sido el papel de la poesía zacatecana en las últimas décadas?, ¿qué retos consideras indispensables para tu estado frente a las políticas culturales actuales?

YF: La literatura zacatecana contemporánea ha dado un despunte sobresaliente, percibo no sólo nuevos escritores con gran calidad, sino también, gran número de lectores críticos y gustosos de la buena literatura.

La poesía en Zacatecas se ha desarrollado en los últimos años de la mano de maestros como José de Jesús Sampedro, Javier Acosta y Juan José Macías, que hoy por hoy, son un referente nacional y han dedicado su tiempo a la creación de talleres literarios en donde muchos jóvenes y, adultos también, nos orientamos en el camino del arte. Zacatecas es una ciudad prolífera en arte; las políticas culturales cambian, a veces para bien, a veces para mal, pero siempre he reconocido que el movimiento artístico no deja de existir con o sin apoyo institucional.

Actualmente he visto, con mucho gusto, colectivos artísticos que se han creado, sin el apoyo de las instituciones, donde logro reconocer que el fin último es la difusión del arte en sus diversas expresiones. Se presentan además con gran apertura a la diversidad y a la promoción de nuevos artistas. Entonces ya no sólo hablaremos de individualidades sino de colectivos culturales que se están desarrollando con fuerza en la ciudad y eso me alegra enormemente.

 

AS: ¿Cómo vive cotidianamente Yamilet Fajardo?, ¿qué suele hacer, qué frecuenta para respirar de nuevo en estos tiempos kafkianos?

YF: En realidad, soy de hábitos, de rutinas cotidianas y simples. Solía pasarme mucho tiempo en las bibliotecas, pero ahora disfruto leer en casa. También soy directora de una escuela primaria de turno vespertino, donde me enfrento a los retos de la educación a los que antes me refería. En “la monotonía, la igualdad incolora de los días iguales”, como escribió Fernando Pessoa, puedo imaginarlo todo.

 

La cadena alimenticia

Resultaba reconfortante
la manera como la maestra Betty
nos lo explicaba:
Todo comienza con una planta,
la planta es devorada por un conejo
ese conejo por un halcón
y el halcón por un tigre,
luego el tigre muere,
pasan dos o tres días
tal vez más,
para que los gusanos
ágiles descomponedores
desaparezcan el cadáver.

La profesora nunca
dibujaba el cadáver,
nadie pensaba
en otro ejemplo
que fuera tan feliz.
Pero sé que todos
pensábamos en las fosas
y los hombres colgados
al final de la calle.
Dábamos gracias
por la gran nobleza
de las larvas
que ahora estarán
alimentándose de los muertos
que nadie reconoce.

[Inédito]

 

Funeral

Tomé la vía más larga hacia tu funeral:
calle Abasolo
funeraria Hernández
sala de velación espíritu santo.

Me detuve en la estética,
desde tu enfermedad
ni un corte
ni un tinte
no hubo tiempo para nada,
en cambio, a esa hora
la estética estaba vacía,
ninguna clienta
frente al espejo
preguntándose cómo ser hermosa.

Tú no necesitarás más un corte de pelo,
los muertos poco necesitan
un vaso de agua
el dolor de un amigo.

La estilista
deslizó con maestría la tijera,
mi cabello ahora se desliza
entre mis dedos
como arena de mar,
como antes de que enfermaras.

[Inédito]

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