¡No es violación, hija, no hay penetración!

¡No es violación, hija, no hay penetración!

Me pide que la llame Lu. Así comienza su testimonio: “Algo tengo muy claro: sea cual sea la gravedad de una agresión sexual contra una mujer te deja una cicatriz que no se borrará nunca. Una cicatriz que a lo largo de tu vida se volverá a abrir cuando tienes que enfrentar las miradas lascivas y los roces de desconocidos”.

Lu tiene 31 años y actualmente estudia la universidad. Abre un baúl de recuerdos, continúa, su voz se entrecorta, las sílabas se tropiezan, luchan por salir a la luz de entre tantas tinieblas: “La primera vez que un hombre me tocó sin consentimiento fue en el Kinder, cuando fui al baño acompañada de una amiguita. Entramos al baño y un sujeto estaba escondido; ella salió corriendo y a mí me alcanzó a jalar del cuello del uniforme”. Se detiene, reflexiona: “¿Sabes?, es increíble como un suceso de tal magnitud te marca para toda la vida: hoy en día me es difícil usar blusas de cuello alto, collares o bufandas, y cuando lo hago, una extraña sensación de peligro me invade… mis recuerdos son borrosos, hace ya tantos años, aunque sí te puedo asegurar que el hombre me sujetó por la espalda y puso una de sus manos en mi pecho… las autoridades de la escuela se dieron cuenta antes de que pasara algo peor. El sujeto fue detenido por allanamiento, pero no por haberme tocado”.

A Lu le gustan las buenas historias y es una excelente lectora. Me dice que en un futuro le gustaría ser escritora y publicar un libro de cuentos. Quizás intenta evadirme, por lo que le sugiero que si prefiere mejor no proseguimos; no obstante, mueve la cabeza, afirma, quiere continúar: “cuando eres niña no entiendes muchas cosas, pero sí te das cuenta cuando algo está mal y más si se trata de tu propio cuerpo. Ya con 10 años, cuando iba en la primaria, mis pechos empezaron a crecer y era la única niña del grupo que usaba sostén. Y entre risas y chistes de mis compañeros consiguieron que odiara mi cuerpo. Pero otros aprovecharon la oportunidad”. ¿Cuáles eran esas “oportunidades”?, le pregunto. “Me sentaba delante de un compañero de 12 años que había repetido ya varias veces el grado. Comenzó por hacerme cosquillas y pasaba su dedo índice por mi espalda, de arriba abajo, hasta que en un momento llegó a mi cadera y abrió su mano para con la palma tocar todo mi trasero. Le dije que no lo hiciera, sabía que no estaba bien. Sin embargo, pasaron los días y el buscaba cualquier pretexto para tocarme, hasta que un día metió su mano bajo mi falda. Fui con mi profesor y muy tranquilo me dijo: ‘no pasa nada; te voy a cambiar de lugar’. Esa era la segunda vez que las autoridades me habían ignorado porque para ellos ‘no pasaba nada’”.

Pienso en cuántas mujeres en estos momentos enfrentan la misma pesadilla de “no pasa nada”. Pienso en cuántas mujeres pasaron por lo mismo antes de ser asesinadas. Pienso en la cara de las autoridades cuando se enteraron que a aquella mujer a la que le dijeron mil veces que “no pasaba nada” estaba muerta en una barranca, en un hotel de paso. Pienso en cuántas madres enfrentan ahora mismo un “no pasa nada” de un esposo que las violenta.

Pero me callo. Escucho con toda mi atención a Lu: “así me enfrenté al tercer sujeto, sabiendo que las autoridades o los mayores no harían nada, con 15 años, y hasta los 18, mi vecino, amigo de la familia, amigo de juegos, un hombre 10 años más grande que yo, comenzó (‘jugando’, claro) a tocarme. Siempre tenía pretextos para hacerme cosquillas. Con el paso del tiempo los juegos se fueron haciendo más agresivos: me acorralaba con su ‘enorme’ cuerpo y me tocaba los senos, la espalda, las piernas, mi vagina”.

En México te puede causar tristeza la muerte de tu rockstar favorito. En México puedes llorar porque perdió la selección mexicana de futbol. O tu equipo favorito de lo que sea. Rara vez la indignación por las mujeres asesinadas aparece en un medio como Facebook, por ejemplo. La masividad alcanza a los imbéciles y en raras ocasiones a los que muestran su completo apoyo y solidaridad hacia las mujeres víctimas de la violencia. Esto es México. Y cuando una mujer se atreve a hacer un señalamiento, inmediatamente es censurada por hombres que no se cansan de verter comentarios misóginos del tipo “estás en tus días”, “bájale, ni que fuera para tanto”, etc. En México asesinan a las mujeres desde hace varias décadas y en muy raras ocasiones se da con los culpables. En la Ciudad de México, por ejemplo, te pueden secuestrar en el Metro si eres mujer, mientras las autoridades aseguran que “iniciarán un operativo de seguridad”. Cuando se trata de las mujeres en México todo está a punto de iniciar, de comenzar, menos los asesinatos, menos la violencia.

“Hasta que un día, mientras yo dormía en la sala de mi casa, entró junto con mi hermano, quien se adelantó para continuar con un partido de futbol callejero; él se quedó tomando agua, y mientras yo dormía, se acercó, yo abrí los ojos y él estaba encima de mí, quería besarme mientras intentaba desabrocharme el pantalón y me aseguraba que eso estaba bien, que yo le gustaba y que eso pasa cuando le gusta a alguien. Yo tenía 18 años cuando pasó eso y mis padres estaban fuera de la ciudad. Nunca se los dije porque cuando lo amenacé con gritar, él salió de la casa… pero yo había leído las noticias: niñas muertas, mancilladas, tiradas en lotes baldíos, asesinadas por hombres, así que fui a denunciarlo sola porque ya no confiaba en nadie, la vida me había demostrado que estaba sola y que nadie me iba a ayudar con mis problemas. Llegué al ministerio público, expuse mi caso y el que estaba tras de un escritorio me dijo: ‘no es violación, hija, no te penetró; cuando un hombre viola es cuando meten el pene en tu vagina’. Su tono era burlón, como si ridiculizándome intentara darme clases de sexualidad”.

Cuántas muertes tendrían que ocurrir para sensibilizar a una sociedad que construye muchos de sus estereotipos en torno a la misoginia. Zorra. Puta. Fichita. Cuántos calificativos hay hacia las mujeres. Cuántas muertas más para aceptar que vives en un país donde ser mujer es lo peor que te puede pasar. Tienes prohibido salir en la noche. Tienes prohibido vestirte “provocativa”. Tienes prohibido mostrar tu libertad en cualquier red social porque inmediatamente se cree que eres “facilona”, que te pueden ligar.

Lu está cansada. Su mirada se pierde en algún punto lejano. Tiene la mirada quebrada. Está a punto de llorar. Creo que hemos terminado, pero retoma su historia: “la piel tiene memoria y esas huellas nunca se olvidan cuando te guardas tantas cosas, hasta que un día explotas. He tenido relaciones con hombres fantásticos que me han escuchado. Les hago saber que hay veces que mi mente no está en equilibrio y que me alteran ciertas cosas, como que me hablen al oído… porque me remite a lo pasado. Diez años más tarde, me atreví a contarle todo lo que pasó con mi vecino a mi mamá. Ella me vio y me preguntó que por qué nunca se lo había dicho. Y es que cuando pasas por eso es muy común que te sientas sola, desprotegida. Creo que no debe ser así. Cuando yo era niña no había tanta información y aún era muy discreta la forma de educar a las niñas y a los niños sobre sexualidad. Sé que ahora hay grupos que se dedican a informar, a salvar a las personas que pasan por esto. Nos demuestran que somos fuertes y que callar solo nos ata. Si cuando pasó todo hubiera ido con alguien, tal vez mi paranoia, la ansiedad y mi depresión no existirían. Creo que no estamos solas. Realmente nunca lo hemos estado. Pero nos acercamos a las equivocadas. Es una fortuna que ahora podamos gritar y ser escuchadas. Podemos señalar y evitar que esto siga pasando”.

Todo el terreno que han ganado las mujeres desde entonces me parece que se ha ganado sobre cadáveres. Sobre silencio. Al comienzo, cuando contacté a Lu le dije que quizás su historia ayudaría a otras mujeres que ahora mismo viven sumergidas en el silencio. Aceptó. Finaliza: “aún habrá hombres en el Metro que te sigan hasta meterte la mano entre las nalgas o que te rocen con su pene, pero gracias a que ya no me quedo callada he conseguido que sujetos como él sean aprendidos. Quizás un día todo esto se detenga. Pero si como mujeres nos callamos seguirá y empeorará. Estamos en una situación muy grave, pero si seguimos defendiendo a un agresor, o si seguimos haciendo como que no pasa nada, esto nos superará… y es una pena que realmente nos esté sobrepasando”.

Me despido de Lu luego de hablar de algunos de sus autores favoritos y de regalarle una novela del autor español Eduardo Lago. Quién sabe, le comento antes de despedirme, en una de esas y ya tienes tu primer historia.

Ella sonríe. Su sonrisa me acompaña. e pide que la llame Lu. Así comienza su testimonio: “Algo tengo muy claro: sea cual sea la gravedad de una agresión sexual contra una mujer te deja una cicatriz que no se borrará nunca. Una cicatriz que a lo largo de tu vida se volverá a abrir cuando tienes que enfrentar las miradas lascivas y los roces de desconocidos”.

Lu tiene 31 años y actualmente estudia la universidad. Abre un baúl de recuerdos, continúa, su voz se entrecorta, las sílabas se tropiezan, luchan por salir a la luz de entre tantas tinieblas: “La primera vez que un hombre me tocó sin consentimiento fue en el Kinder, cuando fui al baño acompañada de una amiguita. Entramos al baño y un sujeto estaba escondido; ella salió corriendo y a mí me alcanzó a jalar del cuello del uniforme”. Se detiene, reflexiona: “¿Sabes?, es increíble como un suceso de tal magnitud te marca para toda la vida: hoy en día me es difícil usar blusas de cuello alto, collares o bufandas, y cuando lo hago, una extraña sensación de peligro me invade… mis recuerdos son borrosos, hace ya tantos años, aunque sí te puedo asegurar que el hombre me sujetó por la espalda y puso una de sus manos en mi pecho… las autoridades de la escuela se dieron cuenta antes de que pasara algo peor. El sujeto fue detenido por allanamiento, pero no por haberme tocado”.

A Lu le gustan las buenas historias y es una excelente lectora. Me dice que en un futuro le gustaría ser escritora y publicar un libro de cuentos. Quizás intenta evadirme, por lo que le sugiero que si prefiere mejor no proseguimos; no obstante, mueve la cabeza, afirma, quiere continúar: “cuando eres niña no entiendes muchas cosas, pero sí te das cuenta cuando algo está mal y más si se trata de tu propio cuerpo. Ya con 10 años, cuando iba en la primaria, mis pechos empezaron a crecer y era la única niña del grupo que usaba sostén. Y entre risas y chistes de mis compañeros consiguieron que odiara mi cuerpo. Pero otros aprovecharon la oportunidad”. ¿Cuáles eran esas “oportunidades”?, le pregunto. “Me sentaba delante de un compañero de 12 años que había repetido ya varias veces el grado. Comenzó por hacerme cosquillas y pasaba su dedo índice por mi espalda, de arriba abajo, hasta que en un momento llegó a mi cadera y abrió su mano para con la palma tocar todo mi trasero. Le dije que no lo hiciera, sabía que no estaba bien. Sin embargo, pasaron los días y el buscaba cualquier pretexto para tocarme, hasta que un día metió su mano bajo mi falda. Fui con mi profesor y muy tranquilo me dijo: ‘no pasa nada; te voy a cambiar de lugar’. Esa era la segunda vez que las autoridades me habían ignorado porque para ellos ‘no pasaba nada’”.

Pienso en cuántas mujeres en estos momentos enfrentan la misma pesadilla de “no pasa nada”. Pienso en cuántas mujeres pasaron por lo mismo antes de ser asesinadas. Pienso en la cara de las autoridades cuando se enteraron que a aquella mujer a la que le dijeron mil veces que “no pasaba nada” estaba muerta en una barranca, en un hotel de paso. Pienso en cuántas madres enfrentan ahora mismo un “no pasa nada” de un esposo que las violenta.

Pero me callo. Escucho con toda mi atención a Lu: “así me enfrenté al tercer sujeto, sabiendo que las autoridades o los mayores no harían nada, con 15 años, y hasta los 18, mi vecino, amigo de la familia, amigo de juegos, un hombre 10 años más grande que yo, comenzó (‘jugando’, claro) a tocarme. Siempre tenía pretextos para hacerme cosquillas. Con el paso del tiempo los juegos se fueron haciendo más agresivos: me acorralaba con su ‘enorme’ cuerpo y me tocaba los senos, la espalda, las piernas, mi vagina”.

En México te puede causar tristeza la muerte de tu rockstar favorito. En México puedes llorar porque perdió la selección mexicana de futbol. O tu equipo favorito de lo que sea. Rara vez la indignación por las mujeres asesinadas aparece en un medio como Facebook, por ejemplo. La masividad alcanza a los imbéciles y en raras ocasiones a los que muestran su completo apoyo y solidaridad hacia las mujeres víctimas de la violencia. Esto es México. Y cuando una mujer se atreve a hacer un señalamiento, inmediatamente es censurada por hombres que no se cansan de verter comentarios misóginos del tipo “estás en tus días”, “bájale, ni que fuera para tanto”, etc. En México asesinan a las mujeres desde hace varias décadas y en muy raras ocasiones se da con los culpables. En la Ciudad de México, por ejemplo, te pueden secuestrar en el Metro si eres mujer, mientras las autoridades aseguran que “iniciarán un operativo de seguridad”. Cuando se trata de las mujeres en México todo está a punto de iniciar, de comenzar, menos los asesinatos, menos la violencia.

“Hasta que un día, mientras yo dormía en la sala de mi casa, entró junto con mi hermano, quien se adelantó para continuar con un partido de futbol callejero; él se quedó tomando agua, y mientras yo dormía, se acercó, yo abrí los ojos y él estaba encima de mí, quería besarme mientras intentaba desabrocharme el pantalón y me aseguraba que eso estaba bien, que yo le gustaba y que eso pasa cuando le gusta a alguien. Yo tenía 18 años cuando pasó eso y mis padres estaban fuera de la ciudad. Nunca se los dije porque cuando lo amenacé con gritar, él salió de la casa… pero yo había leído las noticias: niñas muertas, mancilladas, tiradas en lotes baldíos, asesinadas por hombres, así que fui a denunciarlo sola porque ya no confiaba en nadie, la vida me había demostrado que estaba sola y que nadie me iba a ayudar con mis problemas. Llegué al ministerio público, expuse mi caso y el que estaba tras de un escritorio me dijo: ‘no es violación, hija, no te penetró; cuando un hombre viola es cuando meten el pene en tu vagina’. Su tono era burlón, como si ridiculizándome intentara darme clases de sexualidad”.

Cuántas muertes tendrían que ocurrir para sensibilizar a una sociedad que construye muchos de sus estereotipos en torno a la misoginia. Zorra. Puta. Fichita. Cuántos calificativos hay hacia las mujeres. Cuántas muertas más para aceptar que vives en un país donde ser mujer es lo peor que te puede pasar. Tienes prohibido salir en la noche. Tienes prohibido vestirte “provocativa”. Tienes prohibido mostrar tu libertad en cualquier red social porque inmediatamente se cree que eres “facilona”, que te pueden ligar.

Lu está cansada. Su mirada se pierde en algún punto lejano. Tiene la mirada quebrada. Está a punto de llorar. Creo que hemos terminado, pero retoma su historia: “la piel tiene memoria y esas huellas nunca se olvidan cuando te guardas tantas cosas, hasta que un día explotas. He tenido relaciones con hombres fantásticos que me han escuchado. Les hago saber que hay veces que mi mente no está en equilibrio y que me alteran ciertas cosas, como que me hablen al oído… porque me remite a lo pasado. Diez años más tarde, me atreví a contarle todo lo que pasó con mi vecino a mi mamá. Ella me vio y me preguntó que por qué nunca se lo había dicho. Y es que cuando pasas por eso es muy común que te sientas sola, desprotegida. Creo que no debe ser así. Cuando yo era niña no había tanta información y aún era muy discreta la forma de educar a las niñas y a los niños sobre sexualidad. Sé que ahora hay grupos que se dedican a informar, a salvar a las personas que pasan por esto. Nos demuestran que somos fuertes y que callar solo nos ata. Si cuando pasó todo hubiera ido con alguien, tal vez mi paranoia, la ansiedad y mi depresión no existirían. Creo que no estamos solas. Realmente nunca lo hemos estado. Pero nos acercamos a las equivocadas. Es una fortuna que ahora podamos gritar y ser escuchadas. Podemos señalar y evitar que esto siga pasando”.

Todo el terreno que han ganado las mujeres desde entonces me parece que se ha ganado sobre cadáveres. Sobre silencio. Al comienzo, cuando contacté a Lu le dije que quizás su historia ayudaría a otras mujeres que ahora mismo viven sumergidas en el silencio. Aceptó. Finaliza: “aún habrá hombres en el Metro que te sigan hasta meterte la mano entre las nalgas o que te rocen con su pene, pero gracias a que ya no me quedo callada he conseguido que sujetos como él sean aprendidos. Quizás un día todo esto se detenga. Pero si como mujeres nos callamos seguirá y empeorará. Estamos en una situación muy grave, pero si seguimos defendiendo a un agresor, o si seguimos haciendo como que no pasa nada, esto nos superará… y es una pena que realmente nos esté sobrepasando”.

Me despido de Lu luego de hablar de algunos de sus autores favoritos y de regalarle una novela del autor español Eduardo Lago. Quién sabe, le comento antes de despedirme, en una de esas y ya tienes tu primer historia.

Ella sonríe. Su sonrisa me acompaña.

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