Las salas de espera como antesalas del arte

Las salas de espera como antesalas del arte

La Gualdra 367 / Río de palabras

 

 

Las salas de espera son, por lo regular, sitios desesperantes, cuando no humillantes. Por encima de los no-lugares que comprende la descripción de Marc Augé, esos espacios de transitoriedad que no aportan nada a la identidad y cuyos componentes no se pueden interiorizar, la sala de espera es un lugar de no-comunicación, y de no convergencia, a pesar de que en ella se crucen gran cantidad de individuos.

Por diversas razones estuve en varios consultorios últimamente. Hice antesala con niños, con amas de casa, con académicos, con burócratas y con funcionarios. Y cada vez nos encontramos en espacios donde, como parte de la “atención”, había manoseadas revistas de chismes de la farándula o, cuando mucho, de turismo y recreación, además de una enorme pantalla que emitía partidos de futbol, películas o telenovelas, sin que siquiera importara que el público estuviese interesado en verlos.

Recordé entonces a mi amigo Patrick, que también era francés, pero no antropólogo ni famoso. Patrick era un apasionado del vuelo (tenía su propio avión) y un fotógrafo entusiasta (en la época de las cámaras analógicas, carretes, revelado, etc.). Para pagarse tan caras aficiones ejercía el oficio para el cual se había especializado: era radiólogo. Tenía un gabinete de imaginería médica equipado con la más alta tecnología, donde practicaba radiografías, tomografías, ecografías, termoscopías y todas esas grafías y scopías que necesitan los médicos para el diagnóstico y seguimiento de tratamientos. Así que igual podía atender a un joven, a una futura madre, o a un anciano. Igual tenía consulta particular que beneficiarios de la seguridad social.

Sin embargo, su antesala era pequeñita, y no porque desdeñara el confort de sus pacientes, sino al contrario, porque calculaba con esmero el tiempo que cada uno debía pasar en ese espacio y rara vez había más de dos personas en

espera. Pero la característica más distintiva de su vestíbulo era que no tenía revistas. Ni una, de ninguna especie. Y mucho menos pantalla. El sonido ambiental era generalmente jazz, apenas audible para distraer del ruido de la calle, y en la mesita de centro había siempre tres o cuatro libros de arte. Buenas ediciones, impecables reproducciones, pocos textos, estéticas diversas. Más que una sala de espera era un remanso de paz. Los breves instantes que uno pasaba allí permitían un discreto acercamiento al arte, para muchos un descubrimiento, casi iniciáticos. A veces, para relajarlo, Patrick entretenía al paciente preguntándole su opinión sobre las imágenes que había visto. Y cada quince días cambiaba uno o dos libros, así había una rotación constante de material y uno se encontraba algo nuevo en cada cita. Yo le preguntaba si no temía que se llevaran alguna de sus más preciadas ediciones. Él respondía que sería un halago. Y completaba que si él estuviera a punto de hacerse un estudio médico le gustaría encontrarse en una sala así.

Nunca he encontrado otra antesala como la suya, y pienso que sería maravilloso que hubiera otros consultorios, laboratorios, clínicas y hospitales con iniciativas semejantes, que apagaran las pantallas que ahora dominan sus paredes y que recogieran toda la prensa trivial (que para eso está internet). No se trata de convertir las antesalas en aulas o galerías, pero sí de ofrecer algo más que chatarra para entretener las esperas, si de darle una oportunidad al arte de motivar una reflexión sensible en esos momentos en los que nos enfrentamos a nuestra vulnerabilidad.

Tal vez es ingenuo pensar que ésa también podría ser una manera de formar público, pero uno nunca sabe lo que una imagen hallada al azar puede provocarnos.

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