El 68. El despropósito, la traición

El 68. El despropósito, la traición

Para Panchoncho y Ernesto.
Para el “Pinocho” Ramírez, Sergio Mosqueda y Cuauhtémoc Acosta.

 

1)
La gran cantidad de brigadas de gente joven, entusiasta y creativa, fue oxígeno puro para el desarrollo del movimiento estudiantil. Sin este factor, nunca hubiera detonado una verdadera movilización; a lo mucho, se hubieran obtenido resultados pírricos en una sucesión de encontronazos con estrategia de barrio.
¿Cuántas brigadas se registraron ante el Comité Nacional de Huelga? Muchas, muchísimas. Valientes, emprendedoras, decididas; llenas de gente que había desechado el miedo a la hora de acercarse por primera vez a la acción política.
Pero esto no cuenta mucho para la prensa carroñera que nos roba diariamente la atención con su material tóxico. La inmundicia habitual de nuestros observadores y analistas políticos no ha llegado más allá de la glosa intrascendente. Ni por asomo podríamos considerar que ellos vieron en las brigadas de jóvenes y su asociación con piquetes de obreros, vecinos, profesionistas y artistas, una expresión inquietante, evidente, del ascenso de la lucha de clases en México. En el México capitalista y modernizador, la lucha de clases se ha manifestado persistentemente, con repuntes extraordinarios, desde la fase menguante de la dictadura de Don Porfirio. Pero su registro, apuntes y análisis, sólo son conocidos por los doctos.
¿Cuál es el problema de fondo que impide aprovechar estos ascensos de la lucha de clases, para constituir organizaciones sociales y de trabajadores de una calidad superior a la impuesta por los dirigentes políticos venales y los charros sindicales? Que el pueblo no ha logrado integrar la dirección política que lo debe representar. Una dirección de clase, arraigada en los centros de trabajo y en la ideología de los laborantes del país. Hasta hoy, el Estado mexicano ha sido eficaz para atajar este fenómeno.
2)
Hoy es 2 de octubre del año 2018. El día fue acribillado por las noticias oportunistas de los diarios de la Ciudad de México. Los últimos días fueron ricos en datos, gráficas, fotos y notas que anteriormente eran desconocidos. Hasta los diarios más conservadores, viendo con voracidad comercial la espesura del mercado de semblanzas, chismes y anécdotas del 68, aflojaron sus archivos escondidos bajo cuatro llaves. ¿Ya para qué? Y las conductoras de los noticieros de la televisión se mostraron demasiado sensibles, corrido el Rimel y próximas al llanto, al dar las notas referentes a los capítulos más dramáticos de agosto-octubre del 68.
A mí me parece de hueva la competencia periodística anual que pretende explicar quién fue el verdadero inspirador de la Operación Galeana y quién el culpable principal de la masacre. Más allá de reunir los datos para acomodar la historia, las columnas sensacionalistas de los periodistas e intelectuales “de izquierda” parecen derivar en un torneo de necrófilos expertos, que se alistan cada año para vomitar nombres, sucesos, lugares, etc., como si con ello pudiéramos lograr un nivel político satisfactorio.
Pero en este año 2018, la lluvia de propaganda de prensa logró inducir en la gente una verdad extra de grandes quilates: “El 68 abrió el camino para la democracia”, acaso porque esta es la versión más afín al triunfo de AMLO en las elecciones.
Segundo silogismo: “Ahora vivimos la derrota definitiva del sistema partido-Estado del PRI y el triunfo de la democracia”.
¿Conclusión? “El triunfador de hoy continuó las enseñanzas más valiosas del 68, es su heredero más sensible”.
El problema está en que Andrés Manuel no participó en el 68. En la etapa final de su adolescencia, guardaba en su pueblo natal la cosmovisión básica de su existencia. Era religioso y deportista. En realidad, él comenzó a participar en política tardíamente, en el PRI. Asimiló bien sus usos y costumbres, que no ha olvidado hasta la fecha. Jamás militó en el movimiento estudiantil ni en la izquierda. Sus primeros trabajos fueron como burócrata político y promotor social (léase: “acarreo”).  Al cambiar los tiempos, a finales de los años ochenta, al no estar en las listas del salinismo y se le acababa el tiempo como promotor, se unió al llamado “neocardenismo” del hijo del Tata y el diazordacista Porfirio Muñoz Ledo.
3)
Basta de paparruchas. La política del CNH fue superior a los precarios rudimentos políticos de Gustavo Díaz Ordaz. Quedó claro que la categoría de estadista del mandatario no tenía sustento; era un peón que sólo administraba criminalmente el estilo dictatorial acuñado por el corporativismo de Estado. Gozaba de dar lucidores manotazos autoritarios en el escritorio y de recibir honores gratuitos, provenientes de la propaganda oficial y de un gran ejército de parásitos y aduladores a sueldo.
En cambio, el movimiento estudiantil fue una marea que se retroalimentó de las experiencias suscitadas el día anterior, aprendía en el teatro de los hechos.
Esta fue una confrontación de un político que vivía de los frutos podridos de un Estado represivo, incapaz de diseñar un planteamiento político interesante; amagaba contra un organismo joven, poseedor de ideas abiertas y creativas, cuyo filo sumergió en crisis profunda el pedestre herramental de Gustavo Díaz Ordaz.
Al gobierno diazordacista, derrotado por el estudiantado en todas las aristas del arte de la buena política, no le quedó una alternativa mejor que la experiencia de la traición, sintiéndose senil ante los nuevos derroteros de la historia. Cayó de bruces frente a la energía apasionada y persistente de millares de jóvenes que mantenían la vitalidad del movimiento. Díaz Ordaz se tiró a matar y logró ganarse a pulso la eterna vindicta pública.
El “carpetazo” de liquidación consistió en sacar las tanquetas, las ametralladoras, los fusiles y los revólveres, para subrayar la solución final contra una tentativa democrática que, según él, jamás debería repetirse.
Por todo esto, uno persiste en recordar el 2 de Octubre. ■

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