Ante la crisis de la pederastia: Otra Iglesia es Posible

Ante la crisis de la pederastia: Otra Iglesia es Posible

Los últimos escándalos al interior de la iglesia son, en realidad, un signo de crisis de todo el esquema eclesial. La pederastia y abusos generalizados durante décadas, es una alarma que avisa de la crisis de todo el edificio eclesial. La historia nos dice que cuando esas alarmas no se saben leer y no se actúa con visión, la consecuencia será la extinción progresiva de la forma social o religiosa de que se trate.
El celibato no es signo sólo de una visión respecto a la sexualidad, indica en su mismo nacimiento la visión de un tipo de iglesia. La obligatoriedad celibataria data del siglo XII, justo en las llamadas guerras de investiduras, donde nobles y príncipes investían de obispos a curas que estaban a su servicio. Y para evitar la invasión del poder temporal en la iglesia, se establecieron varios rasgos organizadores de la iglesia que le dieron identidad: poder absoluto del Papa, celibato sacerdotal y exclusiva función de investir obispos por el primero. Así las cosas, se construyó una iglesia con dos órdenes de vida distinta: los clérigos que constituyen cuerpo unificado y obediente, y el pueblo laico. Esto es, la separación de iglesia-pueblo. Y para construir el primer cuerpo organizacional, era esencial el no-casamiento de los sacerdotes. El casamiento los haría extraños a un cuerpo obediente y dispuesto; a una estructura jerárquica y monárquica. En el ascenso de la cristiandad, donde la iglesia se confundía con el Estado, tener una forma de control estricto fue muy útil.
Parece que el largo ciclo histórico ─de cristiandad con una iglesia separada del pueblo concebida como un cuerpo jerárquico basada en los mitos de pureza ritual, iniciada en los concilios de Letrán─ está ahora mismo haciendo agua. Los argumentos evangélicos para justificar el celibato alrededor de la interpretación de la frase de Mateo que dice “eunucos para el Reino de Dios”, el cual se asume como la posibilidad de tener disposición completa para trabajar por los signos vivos del reinado de Dios, como la justicia, el amor y la paz, ha entrado en abierto desprestigio, ya que la iglesia en su inmensa mayoría se dedica a actividades rituales y se ha olvidado del Reino de Dios. El celibato como ‘consejo evangélico’, junto a la obediencia y la pobreza, se fundamenta justo en el sentido de mayor libertad para la misión: pobre es no tener ataduras materiales, y obediente es estar libre de apegos propios. Es el discurso de la libertad para el esfuerzo por la paz, el amor y la justicia. Sin embargo, con una iglesia que no se compromete con la justicia, sino permanece acomodada en la vida ritual de los domingos y las múltiples fiestas anuales, hace de este argumento a favor del celibato, un argumento vacío. Y queda solo la visión del celibato como forma de pureza para el rito eucarístico. Pero el celibato como forma de pureza se ha enfrentado con la abominación de la pederastia. ¿Pureza? ¡Pestilencia! En este contexto de escándalo moral, el argumento de la pureza es no sólo ridículo, sino contraproducente.
Eliminar la obligatoriedad del celibato, puede traer un nuevo ciclo de luz. Como en la iglesia ortodoxa, donde se combina la existencia de célibes y casados. Igual puede ocurrir en la católica. Eliminar la obligatoriedad del celibato puede promover la existencia de comunidades de familias siendo signos de reinado de Dios. Ahora hay comunidades de individuos célibes bajo una regla, en el caso del clero regular, pues puede cambiar a comunidades de familias bajo otra regla. Lo importante es la constitución de comunidades cristianas que sean signos de lo que significa vivir bajo los valores del evangelio. Como lo leemos en ‘Hechos de los Apóstoles’: “todo lo tenían en común (…)”. Al eliminar el celibato, no sólo liberamos a la iglesia de un motivo que provoca ominosos escándalos morales, sino que quitamos la separación de clérigos con el pueblo. Se abre la posibilidad de construir otra iglesia. Con lo cual, la crisis se pueda convertir en motivo de una nueva iglesia. Y pasar de la Iglesia Tridentina a la Iglesia Apostólica.
Ahora mismo, un fantasma recorre el mundo: el desprestigio de la iglesia católica por los escándalos de pederastia y su inaceptable encubrimiento. Eso es un signo de una crisis más honda: la necesidad de una profunda reforma de su estructura y vida eclesial. Otra iglesia es posible. No monárquica, no jerárquica y no separada del pueblo; y sí fraterna, horizontal, comunitaria y comprometida con la justicia y la paz. Para eso, hay que hacer el celibato opcional (para los que tengan ese carisma), incluir a las mujeres en todos los puestos de dirección y en el sacerdocio, crear un esquema de formación vinculado a la realidad sufriente del pueblo, con una base social no en parroquias que ofrecen fiestas de ocasión, sino en colonias de vida cristiana, y formas de mando democráticas. Ante la crisis de la que es signo la pederastia: otra iglesia es posible. Pero no se hace sola: los laicos y religiosos deben pelear por ello.

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