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Sergio Pérez Torres. La prisa es un arma peligrosa en el arte

Sergio Pérez Torres. La prisa es un arma peligrosa en el arte
Sergio Pérez Torres

La Gualdra 344 / Entrevistas / Poesía

 

Sergio Pérez Torres (Monterrey, Nuevo León, 1986), es un poeta que va más allá de una cultura determinada, no ancla su visión a un modelo, y rompe moldes para vivir de manera sincera consigo mismo. Su poesía es una delgada línea donde muchas experiencias cruzan sin necesidad de afanarse a un recetario. Sergio Pérez, como creador y promotor cultural ha generado diálogos interesantes entre lectores y poetas, que sin duda, amplían las posibilidades del lenguaje en una sociedad que necesita continuar reconstruyendo el sentido de las cosas desde la poesía, y desde cualquier conducto que nos permita preguntarnos por qué pensamos como pensamos. En este ciclo de entrevistas a poetas, Sergio Pérez Torres viene desde el norte del país a compartirnos su visión sobre estas posibilidades.

 

Armando Salgado: Recientemente publicaste Party Animals, editado por el gobierno de Nuevo León, como parte del Premio Nacional Carmen Alardín 2017; ¿qué otras cosas podrías compartirnos sobre él?

Sergio Pérez Torres: Se dice que todo acto es político, en este caso sería por reacción. En Party Animals no está la resistencia de la canción de protesta o el testimonio de la narconovela. Fue escrito en 2011, durante la llamada Guerra contra el narco. Entonces mi ciudad era en extremo peligrosa, la poesía era mi arma contra el miedo. Lo que quise plasmar fue congruente con cómo quise vivir, es decir, sin olvidar que detrás de toda la violencia todavía era posible salir por la noche, bailar, ilusionarse, besar, amar. De cierto modo esta serie de poemas es el común denominador de mis salidas nocturnas en aquella época sangrienta. Además, hay una trama oculta entre la luz y la oscuridad; ambos elementos se presentan como los personajes ocultos del poemario. Se relacionan, se atraen, chocan, se mezclan, se repelen, del mismo modo que el yo poético con el objeto amoroso.

 

AS: Organizaste un encuentro literario de escritores jóvenes en Nuevo León en varias ocasiones: háblanos de esta experiencia, ¿qué conclusiones pudiste elaborar a partir de coordinarlo?

SPT: Durante cinco años he sido curador y coordinador del Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes, desde su quinta hasta su novena edición. No imaginé que resultara tan enriquecedor. Por una parte, me vi obligado a seguir de cerca y leer a mis pares; por el otro, cada tema que escogí era el resultado de una preocupación orgánica que no dejaba de asediarme, lo desmenuzaba en mesas de ponencia para que los veinte autores echaran luz o resolvieran poco a poco las cuestiones año con año: ¿Cómo combinar el oficio de escritor con otro trabajo? ¿Qué generalidades permanecían de cada género literario? ¿Cuáles son las particularidades de cada literatura regional en México? ¿Es posible hablar de una verdadera literatura joven? ¿Cómo se enfrenta cada libro ante la muerte?

Sería injusto nombrar sólo algunos de los cien escritores que invité, la mayoría llegaron al evento como desconocidos y se fueron como amigos. Lejos de lo personal, percibo que la literatura mexicana parece gozar de una buena salud, en la medida hay grupos que se apoyan y antagónicos, hay distintas líneas de creación enfrentándose y también creadores en solitario desarrollando su obra como rara avis. T. S. Elliot habla sobre convertirse en un poeta, éste surge por las condiciones necesarias en una sociedad y no por un deseo individual. Para bien y para mal, el sistema literario mexicano contempla un montón de publicaciones, premios, becas y demás apoyos a nivel universitario, municipal, estatal, nacional e internacional; hay ferias del libro, festivales, encuentros de escritores y demás en los que todos los gastos son cubiertos. Claro, existe el peligro de que esto desemboque en obras de invernadero o de fábrica, autores sumisos o confundidos; afortunadamente hay muchos exentos y algunos fuera de esta dinámica. Lo que me parece importante es que ciertas condiciones están dadas para apoyar a los artistas y sus creaciones.

 

AS: Nuevo León es un Estado que aparentemente apoya a sus creadores; ¿cuál es la salud de la poesía regia?, ¿qué poetas regiomontanos sugieres?, ¿hubo influencias que incidieran en tu formación como escritor?

SPT: No conozco a fondo la poesía regiomontana y detesto cuando alguien me dice qué debo leer, escuchar o ver tal cosa, aunque luego acabe agradecido de por vida por ciertas joyas que probablemente hubiera muerto sin conocer. Hay pocos buenos recomendadores, que tienen ese don de decir qué cosa podría gustarle a alguien de acuerdo a lo que conoce del otro y no respecto a sus gustos propios. Fuera de lo que cualquiera prefiera, creo que si, sobre todo, un hispanohablante se priva de leer a Alfonso Reyes, se está perdiendo de algo fundamental. Borges decía que Reyes era el mejor prosista de lengua española en cualquier época, pero ningún elogio de ese alcance sobre su poesía.

Hasta finales del siglo pasado, la narrativa parecía la gran apuesta de las obras producidas en Nuevo León, en algún momento David Toscana, Eduardo Antonio Parra y otro más dieron lugar a esto, me parece que tras su partida las condiciones cambiaron y ahora las plumas con más vuelo son las de los poetas. Podríamos hablar de obras sólidas: José Javier Villareal, Minerva Margarita Villareal, Renato Tinajero, Armando Alanís Pulido, Margarito Cuéllar, Luis Aguilar y José Eugenio Sánchez. Entre los jóvenes tendríamos a varios que han obtenido premios nacionales e internacionales como Jesús de la Garza, Jehú Coronado, Adelaida Caballero, Diana Garza Islas, Óscar David López e Iveth Luna; además de Merari Lugo Ocaña y Carlos del Castillo, que aunque nacidos en Sonora y Tamaulipas respectivamente, escriben desde La Sultana del Norte.

Nunca he tomado un taller de creación ni pertenecido a un grupo literario. Disfruto el diálogo, la retroalimentación y otras formas de socialización con el gremio, pero creo que la intimidad puede leerse claramente en toda mi obra y ésta es el reflejo congruente de la forma en la que trabajo. Si bien, tengo un respeto por la obra de otros escritores regiomontanos y agradecimiento por las condiciones que prepararon para cuando yo llegué a la literatura, no podría hablar de tal autor como una influencia o guía para mi trabajo.

 

AS: Además de poesía has incursionado en narrativa: háblanos de tus obras publicadas, ¿dónde conseguir tus libros y cuáles nos recomiendas leer?, ¿por qué escribir poesía cuando hay otros géneros que tienen mayor alcance y público más amplios?

SPT: Si alguien me leyera por primera vez, me gustaría que fuera con Party Animals, creo que puede disfrutarlo incluso alguien que nunca ha leído poesía, ése puede conseguirse en las librerías de Educal. Por ahora, creo que el libro que prefiero de los que me han publicado es Cortejo fúnebre, se compra fácilmente en la página de Proyecto Literal.

Mis series de poemas tienen un tema central y su campo semántico orbita en un imaginario que también teje relaciones entre sus elementos. En ese sentido, en la forma hay cierta constancia o parecido en mis diferentes libros. También debo decir que, por lo general, cada serie de poemas está escrita para algún amor, aunque lo central sea el tema que desprendí de él, más que la persona en sí. En vez de ir buscando temas, prefiero hablar de ir encontrándolos, tal vez hago variaciones de las cosas que siempre me obsesionan o me perturban.

No escribo para buscar la originalidad o la sorpresa. Admiro mucho a ciertos autores que parecen escribir desde su primera hasta su última obra con el mismo registro, formando así un corpus contundente. Ahora pienso en Rumi, Marosa di Giorgio o Emily Dickinson. Me gustaría que mi obra fuera así. Claro, esto no resulta tan atractivo para nuestra idea del progreso y esta adicción a lo novedoso. La escritura, como cualquier arte o habilidad, tiende al mejoramiento por la práctica, pero creo que cuando uno encuentra lo que quiere hacer, los detalles que van cambiando a veces son imperceptibles a primera vista.

Escribo poesía porque lo que quiero decir encuentra su expresión óptima ahí. El que hasta ahora es mi único libro de narrativa no fue planeado como tal, eran poemas en prosa que dieron lugar a relatos. Tras unas páginas, intuí a dónde me llevaba la naturaleza de la obra. Por ahora no tengo contemplado otro libro de este género, aunque es muy probable que cierto material vuelva a tener que ser tratado fuera de los poemas.

 

AS: En estos tiempos donde amar parece anticuado, ¿por qué es importante el amor?, ¿con qué poetas te hubiera gustado tener un romance intenso a la usanza de Rimbaud?

SPT: Me sigue pareciendo increíble cómo Safo de Lesbos marca una ruptura de lo épico a lo lírico. Unos dicen que inventó la estrofa sáfica, otros que un instrumento de cuerdas, algunos más le atribuyen la púa; me gusta pensar que su genio poético, de cierto modo, inventó el amor en Occidente. Parecería algo anticuado sin una conciencia histórica, pero no es cualquier cosa sobreponer el sentimiento personal por encima de lo social, expresión del yo como un resultado del inconsciente colectivo. Si todo acto es político, ella eligió permanecer en un mundo sensible, lo que viene de maravilla a estos tiempos, donde en vez de este sentido de lo personal, se inclina por el individualismo. Nuestra concepción y sensibilidad no es la misma, estamos sobreexpuestos, sobreestimulados, sin cuestionar lo que dejamos debajo. Lo amoroso nos acerca al otro, nos une. Me hubiera encantado liarme con varios galanazos: Pier Paolo Pasolini en su etapa de I Pianti, con Vladimir Maiakovski durante La nube en pantalones o con Jack Kerouac antes de On the road. Y si hablo de contemporáneos, no he perdido mis esperanzas con Javier Vela o David Leo García.

 

AS: ¿Cuáles han sido tus puentes para cruzar de lo cotidiano al arte todos los días?, ¿qué otras experiencias frecuentas para mantener viva la escritura?, ¿qué recomendaciones le darías a quien apenas intenta escribir poesía?

SPT: Tal vez hacer poesía consista en vivir en el puente y a veces dormir debajo. Pienso en la poesía como género en lo literario, pero creo en la poesía como manifestación en la vida. Es importante estar atento, jugar un estira y afloja entre lo que se percibe y lo que se superpone, además de confiar en la memoria para acceder a esas experiencias al momento de trabajarlas en palabras. Incluso en cuestiones de horror, sufrimiento o cansancio, puede extraerse material poético.

Aprender modos de ver el mundo me estimula para seguir creando. En mi caso, trato de explorar nuevos campos de conocimiento para estar en contacto con opiniones distintas, nuevas estructuras, palabras desconocidas, microuniversos lejanos y más procesos. Me gusta sentarme a leer poesía y demás literatura, pero para crear me sirve más obtener otros materiales, de cierto modo confío en que así se nutren y sostienen de mejor modo los poemas. Lo que detona aquel estímulo creativo sucede más bien mientas visito lugares, camino por el parque frente a mi casa, bailo en una fiesta, beso con la percepción borrosa, cosas así. Después de la guerra, la paz. Casi siempre escribo en el escritorio de mi biblioteca para concentrarme y trabajar sin distraerme; afuera de ahí, por lo general, solamente escribo algún verso, una idea o cierta nota. No soy de los que disfrute ir a un café a leer, mucho menos a escribir, aunque sí puedo hacerlo en lugares en los que ya tengo mucha familiaridad.

Si alguien empieza a escribir poesía le recomendaría calma, paciencia y perseverancia. René Char escribió entre muchas de sus maravillas: “Tienes prisa por escribir / Como si hubieras llegado tarde a la vida”, me parece que esa prisa es un arma peligrosa en el arte, pues éste requiere oficio, desarrollo, práctica. Además, también me parece que, más al inicio, uno tiene que leer mucho más de lo que escribe para darse una verdadera idea primeramente de lo que realmente le gusta, luego de qué y cómo quiere escribir.

 

 

Sobre la tumba de Nicolás Tesla

 

VII

Todavía recuerdo mi primera muerte, la serpiente eléctrica mordía cada aorta, ni un antídoto para la raíz de un dios. Entonces lo reconocí mientras llegaba, esa voz de trueno en un bosque de silencios, la convulsión febril de mi cuello entre sus manos. Por un momento olvidé que tenía piernas, esa silla eléctrica con la furia de esta noche, ahora sé qué forma tomará mi muerte cuando vuelva.

 

VIII

A veces hay quien en la tormenta se refugia bajo el árbol que lo vio crecer, pero igual es alcanzado por un rayo. Él ha extendido su mano hacia la noche y se ha vuelto del color de la neblina, las palomas se posan sobre esta cruz. Y yo, inerte de tanta espuma en este albor, me he sacudido al besar su piel endurecida como el corazón de un ave luego de una descarga.

 

IX                                                                               

En mi niñez los demás miraban estrellas fugaces, apretaban sus párpados y pedían un deseo, yo me conformaba con el milagro del trueno. Detrás de la cornisa me senté a enamorarme de la luz, eran telarañas que se rompían con su propia potencia, atrapaban mis ojos como presas dóciles, pero no volvían. Pasaron años y me sucedió su voz, reconocí al instante lo que rogué en la tormenta, toda la furia encarnada en el rostro de algún dios.

 

 

[Cortejo fúnebre; Proyecto Literal/Instituto Sonorense de Cultura, 2017]

 

 

 

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