El caso Anaya

El caso Anaya

Eicardo Anaya posee todas las capacidades de un político exitoso: pragmatismo, inteligencia y elocuencia, disciplina y visión, capacidad y entrega, ambición legítima y estrategia. Pero también los descuidos que el poder impide ver. Lo he vivido personalmente: cuando la rueda de la fortuna permite estar en la cúspide, el poder ciega de una soberbia que se disfraza de destino manifiesto: la plena convicción de que el ascenso es inevitable, ininterrumpido, seguro e infalible. La plena confianza que se genera en la fría atmósfera de la abundancia de todo: circunstancias, capacidades, voluntades y halagos, nunca permiten ver la próxima caída. Dice Proverbios 16:18 “antes de la caída, viene la altivez de espíritu”, perdónesele la cita bíblica a un hombre sin religión. Uno de los descuidos más proclives en esta condición, humana, muy humana, es la de la traición, el atropello de acuerdos, de afectos, confianzas y con ello la insensibilidad para lastimar las carencias de todo lo que sí está del lado del soberbio.
El contexto del último sexenio nos permite ver todo esto en uno de sus protagonistas más trascendentes. El joven maravilla que se unió a un Presidente de la República, en pleno ejercicio de un bono democrático de esperanza y reformismo. El mismo que se ganó la confianza de un legitimado dirigente nacional de su partido, para quedarse a cargo de un proyecto del que se terminaría adueñando. El queretano que logró mantener dormido a la última expresión viva del calderonismo, hasta que, a su despertar, fue tarde: el joven cabalgaba al dinosaurio. Personal perspectiva, obviamente subjetiva.
Hoy, Anaya se duele de ser agredido, junto a muchos de sus acompañantes, de un sistema que él ayudó a consolidar, reforzó y permitió, con su voto y operación política, las condiciones para lo que juzga una intervención del Estado, en la contienda electoral. Hoy Anaya, joven maravilla que desmontó sus cualidades ante las cámaras, sufre del desprestigio, que dudosas acciones permiten a sus contrincantes, pero también a ex aliados e incluso a aliados recientes (nótese la actitud de Alfaro, pues a menos de que yo ignore algún posicionamiento claro, lo que se ve es un distanciamiento, sano para el seguro próximo Gobernador de Jalisco).
Pesa sobre el candidato que logró el hecho inusitado de unir a dos partidos históricamente involucrados en la lucha por la democracia, que enfrentados desprestigiaron su propia causa, la duda legítima sobre sus ingresos, su estilo de vida y su sensibilidad social, al convivir apenas entre la clase media, hacia abajo y muy en lo alto, con poderosas figuras, nacionales e internacionales. Lo cierto es que en su propio logro tiene ya un descalabro del que no le tocará responsabilizarse, salvo que un hecho inusitado le permita acceder a la Presidencia de la República: el desfondamiento de su propio partido, la disminución, hasta el grado de volverlo una institución testimonial del otrora partido de izquierda más sólido en la historia de México, y el desprestigio de una fuerza política que ascendía en las preferencias por su congruencia, oposición cierta y conquista de causas de avanzada. Los dos primeros tendrán, luego del primero de julio, que hacerse cargo de un maltrecho acuerdo, el tercero, habrá de redefinirse y disculparse aún en el crecimiento electoral innegable que obtendrá.
Anaya cae por su propio peso. Sí es cierto, y actuando en consecuencia dejemos la legítima duda en pie, que el Gobierno opera en su contra, él fue quien dejó olvidadas las armas para ello en su carrera veloz y ascendente al poder con el que tanto convivió hasta fundirse en la plena confianza de que él mismo era ya ése poder. Siendo así, ningún pacto es ni será tan fuerte como su propia soberbia: ni el que él mismo construyó, ni el que arguye para entender su imposible crecimiento electoral y según parece, su caída venidera.

@CarlosETorres_

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