De la seducción, el mar y la poesía: Lucía Rivadeneyra

De la seducción, el mar y la poesía: Lucía Rivadeneyra
Lucía Rivadeneyra. Fotografía de Pablo Andrés López

La Gualdra 342 / Entrevistas / Poesía

Lucía Rivadeneyra (Morelia, Michoacán, 1957), es maestra universitaria en la Universidad Nacional Autónoma de México, máxima casa de estudios donde han surgido escritores y figuras elementales para la cartografía mexicana. La obra de Lucía Rivadeneyra sin duda es fundamental cuando se trata de autores michoacanos que figuran entre las letras nacionales. Su poética fiel a su madurez nos muestra textos que ubican nuestro oído en el pulso de la vida y su ritmo, donde los hechos más personales, lo profundamente íntimo, nos convida a recordar la forma en la que nuestras tentaciones y fantasmas chocan contra los riscos de nuestras creencias. Este panorama de entrevistas tiene esa finalidad, la de explorar todas las profundidades que la poesía posee, a través de poetas que sin duda son un punto de partida para expandir nuestra experiencia como lectores y ampliar no sólo la sensibilidad sino las múltiples formas de ir y venir en la vida. Sin duda, Lucía Rivadeneyra nos muestra un camino terso, acanterado, y fresco como las buganvilias que seguro crecen en su imaginación.

Armando Salgado: México es un mosaico cultural y su literatura es distinta en cada región. Aún así hay tendencias que influyen en las maneras de entender la literatura. A partir de lo anterior, ¿qué opinión tiene sobre la poesía mexicana actual, y de qué forma los creadores michoacanos históricamente han contribuido a ella?

 Lucía Rivadeneyra: El mosaico no sólo es distinto sino inmenso porque la realidad es inabarcable. Cada poeta refleja su entorno o sus entornos. La seducción del desierto, la angustia del calor que ahoga o la selva y sus sonidos o los horrores que nos rodean, todo colabora a que brote la poesía. La poesía en Michoacán ha dado muestras indelebles que nos acompañarán siempre. Sin duda, pienso en Concha Urquiza y en Manuel Ponce, quienes dieron luz a sus vivencias y a su misticismo en una ciudad tan clerical como era o es Morelia. Cada poeta ha dejado un testimonio de su visión del mundo, de sus arrebatos, de sus posturas políticas, de sus amoríos, de sus “pecados” transformados en poesía. Claro que han variado las formas del misticismo. La poesía actual está muy viva en todo el país. Las redes sociales han colaborado a que muchos poetas jóvenes estén en comunicación constante, lo cual es muy importante. A partir de vivencias terribles, propias, ajenas o cercanas, hombres y mujeres poetas muy jóvenes están aprehendiendo un tiempo que nunca hubiéramos imaginado que viviríamos.

AS: En esta relidad convulsa, violenta y hasta surrealista, ¿qué papel debe de asumir un poeta?, ¿considera que la poesía es un medio social para retratar la condición moderna de la vida?

LR: Ojalá fuera surrealista, así podríamos pensar que todo es un sueño o una pesadilla, pero no. El poeta siempre ha sido un testigo de su realidad, la aprehende, la goza, la sufre, se burla de ella. Naturalmente la poesía refleja la postura política de quien la escribe. No todos los poetas se arriesgan con el tema. Es un asunto muy resbaloso. Algunos se han atrevido, aunque no siempre sobreviven este tipo de poemas. Hay otros poetas que al hablar de su tragedia personal han conseguido aprehender una realidad brutal y han dejado un testimonio desgarrador, pienso en Miguel Hernández, por ejemplo. Es inevitable hablar de la violencia que padecemos en las diversas manifestaciones de la literatura. No me atrevo a decir que ésta sea una condición moderna de la vida, más bien es una extraña forma de la tragedia que no va en pos ni del honor, ni de la patria, ni del amor. Es ir, por desgracia, de un horror a otro.

AS: Propiciar el gusto por la lectura es un proceso multifactorial. ¿De qué manera se hizo lectora usted?, ¿considera que la lectura es una manera de incidir en la construcción de mejores posbilidades para todos?, ¿qué obras literarias marcaron su gusto por la poesía?

LR: He sido profesora en diversos espacios; en la UNAM tengo 37 años de impartir clase en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y no ha habido un semestre en el que no intente contagiar el placer por leer de una manera lúdica, como ocurrió conmigo. Tuve la suerte de que siempre hubo libros en casa. Mi abuelo era abogado nicolaita, naturalmente, y un lector compulsivo. En una ocasión mi bisabuela le dijo “Ay, Luis, ya deja la novelita y toma el Código Penal”. Por supuesto, no lo hizo. Él logró que yo leyera por placer. Me contó todo tipo de anécdotas y con la literatura me abrió puertas y ventanas al mundo. Mi padre y mi madre también son muy buenos lectores.

Creo que somos producto de todo lo que hemos leído: poesía, narrativa, teatro, periodismo, ensayos… Tuve lecturas de infancia y adolescencia que me marcaron para siempre; muy cercanos a mí -a una edad temprana- estuvieron Rubén Darío, García Lorca, Villaurrutia, Shakespeare (en plena adolescencia), Pablo Neruda (medular). Luego llegaron otros, como Dumas, Hemingway, Steinbeck, Hesse, Juana de Ibarbourou. El conde de Montecristo es una huella perenne, así como Por quién doblan las campanas. Muy importante fue Simone de Beauvoir y Elena Garro. Sí, creo que la literatura es una posibilidad de crecer de diferentes maneras. Colabora a imaginar, por tanto a pensar en la posibilidad de cambiar la realidad que no siempre nos gusta y si no podemos cambiarla, por lo menos da alternativas y, lo que es muy importante, genera rebeldía. No todo tiene que ser como es en la cotidianidad o como nos han dicho. Además, no sólo la literatura nos transforma. A la música, a la danza, al cine les debo muchísimo; a las Bellas Artes en general y, por supuesto, a la naturaleza. Para mí, conocer el mar en la infancia, fue un parteaguas. Todavía, cuando me entero que alguna persona murió sin conocerlo, siento una pesadumbre inaudita igual a la que sufro cuando alguien me dice que no le gusta el mar.

AS: La cocina literaria es el lugar donde cada poeta define sus tiempos y cuece sus libros. ¿Qué elementos considera indispensables para escribir poesía?, ¿hay alguna anécdota que rememore y sea un punto de encuentro con su pasión por las letras?

LR: Un día, en la infancia empecé a escribirle a las manzanas. Quizá por eso caí en la tentación. Escuchar el sonido de los versos me transformó. En alguna reunión, oí leer a mi abuelo a García Lorca y esa sorpresa auditiva me acompañará toda la vida. Tendría unos seis años. Obviamente no entendía nada del poema, pero el ritmo me cambió la vida. Además, unos días después, ante mi interés, me contó que habían matado a ese poeta y me dio varios detalles. Fue una tarde-noche de conmoción. De ahí en adelante, me aprendí muchos poemas de memoria. Mi madre tuvo la delicadeza de enseñarme algunos sencillos y maravillosos, de Darío por ejemplo, y yo era feliz. Una vez, en una sobremesa la escuché decir -yo ya casi adolescente- fragmentos de “Amor condusse noi ad una morte”, de Xavier Villaurrutia, y se me alteraron los días y las palabras. La pasión de mi padre por la narrativa ha sido espectacular. Algunas novelas las gozamos juntos, intercambiamos libros. Después de eso, era imposible no amar la literatura.

AS: ¿Qué opinión tiene sobre los premios literarios, las becas de creación, y la manera sistematizada de generar no sólo obras literarias sino investigación en otras áreas del conocimiento a partir de esos estímulos?

LR: Una obligación del Estado es apoyar a sus creadores, a sus investigadores. La investigación en torno a la literatura es fundamental y no sólo se realiza con becas. En las universidades que se respetan hay proyectos y productos muy interesantes, muy propositivos. Los premios son importantes y no. Hay autores que jamás han concursado en ninguno y tienen una calidad extraordinaria; a veces los han premiado, pero no porque ellos hayan decidido participar en alguno sino por su trayectoria. Hoy en día existen cientos de convocatorias por no decir que miles y algunos de los que participan tienen la calidad para hacerlo y para ganarlos, otros tienen la necedad.

AS: Hay quienes buscan de forma cronológica la obra de cada autor; otros eligen el azar para llegar a algún libro, ¿para leerla a usted qué orden sugiere?; sus libros Rescoldos, En cada cicatriz cabe la vida y Robo calificado se escribieron en un lapso de 16 años, ¿hay hilos que los unen de manera invisible, articulados a una propuesta fija?, ¿o ha modificado su forma de hacer poesía con el transcurso del tiempo y la suma de madurez?

LR: Los dos caminos son válidos. A veces uno llega a la que puede ser considerada la obra cumbre de un autor y a veces uno empieza por el principio. El azar puede ser un buen cómplice. Me parece que es en la poesía donde más se transparenta el estancamiento, la transformación o las obsesiones de los poetas. La lectura, la experiencia y la vivencia colaboran a que el quehacer literario se modifique ligera o sustancialmente. Se dice que los poetas son autores de un solo poema, aunque tengan decenas de libros. Quien me lea seguro advierte que hay comunes denominadores: la cotidianidad, el erotismo, la muerte, la ciudad… Entre mi primer libro y el segundo se puede advertir un cambio en la estructura de todos los poemas y he tratado de que así sea en todos los poemas que han venido después.

AS: Recientemente publicó De culpa y expiación, en Parentalia, colección de la Ciudad de México; el poeta michoacano Rafael Calderón comenta que con este libro ha llegado a la edad que refleja una puntual madurez poética; ¿qué representa esta afirmación para usted?, ¿el presente libro se relaciona con sus libros anteriores?, ¿qué otros proyectos tiene Lucía Rivadeneyra?

LR: Agradezco la apreciación del poeta y ensayista Rafael Calderón. Él es un gran lector de poesía. Conoce casi todo lo que he publicado, como los poemas inéditos que incorporé a la antología Rumor de tiempos y también poemas sueltos que andan por ahí. De culpa y expiación tiene que ver con algunas de mis constantes. Va del placer al duelo y a la liberación. Los peces y la gastronomía aparecen de diversas maneras y obviamente cuidé las formas. No soy yo quien deba evaluar la plaquette. Han salido varias reseñas al respecto. Y guardo gratitud a quien quienes han tenido la benevolencia de atender ésta y mis otras publicaciones.

¿Proyectos? Continuar en la academia a la que le he sido fiel por décadas. La relación con los jóvenes enriquece muchísimo. Sin embargo, con el paso de los años, semestre a semestre, resulta doloroso advertir que los alumnos han crecido ajenos a la poesía, la mayor parte de ellos. No obstante, mi apuesta siempre es contagiarles mi pasión, acercarlos a ella, independientemente de los programas oficiales. Algunas veces, lo digo sin pudor, lo he logrado. En cuando a la escritura, continuar con mis trabajos de investigación y periodísticos. Leer poesía todos los días. Ya alguna vez declaré que no salgo de casa sin leer por lo menos un poema. Hay quienes se persignan, yo leo un poema. Y, por supuesto, escribir. Tengo un par de planes inmediatos. Y debo tener alguna gota de sangre gitana -quizá lorquiana- que me impide hablar de ellos.

Estilos

No todas las mujeres
tomamos amareto.

A mí me gusta el whisky,
la cerveza, el tequila
y, en momentos inciertos, el martini.

También hay mujeres de resonancias conventuales
que confiesan su gusto por rompopes
de almendra o de vainilla, sin canela;
pero dicen que a veces se marean.

Por eso yo prefiero las bebidas
que no se hacen pastosas
en la lengua, bebidas
que no embriagan con trampas
semidulces; bebidas
transparentes, que ayudan
a poner la verdad en nuestros labios.

Mareo
Dan ganas de aplaudir con sólo verte
entrar en las caderas de mis sueños.

Dan ganas de comer algo salado
cuando tu piel absorbe mis deseos.

Dan ganas de tomar, de fuego, un trago
si tu sudor resbala por mis muslos.

Dan ganas de llorar de pura dicha
cuando presienten tus dedos mis antojos.

Dan ganas, muchas ganas, de hacer lumbre
para que no se enfríen las caricias,
para que no se acabe
el mareo de tierra que generas.

[Lucía Rivadeneyra, De culpa y expiación, Parentalia, México, 2017]


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