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Ser original es un trabajo de introspección, de llegar a tu origen: Arturo Rivera

Ser original es un trabajo de introspección, de llegar a tu origen: Arturo Rivera
El artista Arturo Rivera foto: andrés sánchez

“Toda mi obra está basada en dos mitologías, la griega y cristiana, pero soy ateo”

 

“Ser original no es ponerte a pensar que vas a hacer lo que no se ha hecho. Ser original es un trabajo de introspección, de llegar a tu origen, y es lo que sale. Y cuando sale tu origen ya eres original, o sea, ya no te pareces a otros. Eres tú”.
La originalidad de Arturo Rivera (Ciudad de México, 1954) es sinceridad pura tanto en el lienzo como en la palabra. En él no hay impostura. Sí, la suya es la visión descarnada del mundo, literalmente descarnada, esa que muestra los huesos y las entrañas de las cosas.
“Toda mi obra está basada en dos mitologías, la griega y cristiana”, aunque aclara que es ateo, un ateo que no niega la cultura de la que proviene y cuya transgresión confronta justo historias como “la de la señora que concibió con una semillita de Dios”.
En una reacción instantánea a la pregunta que se hará sobre el título de la exposición que se inauguró el pasado jueves en el Antiguo Templo de San Agustín, contesta, “no lo puse yo, fueron ellas”.
Se refiere a su asistente Mabel González, y a Adela Bañuelos, subdirectora de la Red Estatal de Museos del Instituto Zacatecano de Cultura; las dos también se encargaron de la curaduría.
“Yo no sé porque le pusieron así, pero se llama Expiación”.
Arturo Rivera ha propuesto para su pintura justo el adjetivo de “transgresora”, podría aplicársele el de perturbadora, y agrega él mismo, pudieran ser otros, los que se quiera. La sintetiza con la expresión: “La belleza de lo terrible”.
“Que además no es nuevo porque ya Jerónimo Bosch, El Bosco, ya había hecho la belleza de lo terrible”.
A ella, Arturo Rivera llega a partir de una idea y una composición básicas, “pero van saliendo cosas que son metáforas que no sé por qué salieron, por ejemplo una cara…”
El pintor va metiéndose y “cuando estás adentro, estás en una relación con tu cuadro y te olvidas de ti, de todos los problemas en los que siempre estamos pensando. Eso es la meditación, repetir un mantra y que se vaya todo lo que está aquí –en la mente- (…) el inconsciente es el que saca las cosas. No estoy pensando“.
Cada cuadro implica un proceso distinto en el que también pueden registrarse épocas, pero no al modo, se le propone el ejemplo, de la azul o rosa de Picasso.
Arturo Rivera habla de una evolución, que precisa, no necesariamente se expresa en “sentido positivo” sino en cambios que el mismo trabajo exige.
Señala a La historia del ojo, donde la hechura fue “mucho, muy meticulosa”, y habla de La mujer con perro, un desnudo, como una obra “delicada”, pero hay otros –cuadros- más libres”.
“Es distinto. Es que hay veces que las crisis siempre vienen en los creadores, en todos (…) crisis del lenguaje. Y cuando entra una crisis uno tiene que reinventarse, ponerse problemas. Es como sigue uno metido, si no, se repite”.
Arturo Rivera suma ya 73 años “pintando”, habla de su propia vida haciéndolo, y su respuesta a si se ha vuelto uno con la pintura, si fluye con ella es que “cuando uno tiene neurosis te pasan la pintura y no haces nada más que deprimirte, entonces si uno pinta se revienta ¿no?, o lo saca por otra forma”.
-¿Es una lucha?
-Muchísima (contesta al instante). Y mientras más pintes, más lucha, porque ves más. O sea el ojo del lenguaje visual se va afinando cada año si pintas y si te dedicas a esto, se va afinando, afinando hasta a un punto en que tú quieres lo más perfecto que se pueda. No en el sentido lineal o dibujístico sino en la idea que traes textural por ejemplo, que yo tengo ahorita. Yo estoy trabajando hoy con la textura”.
Al último la pintura fluye, sentimiento, técnica y ese ejercicio meditativo del que habla porque “yo sigo pintando”.
Busca con ello conmover y trascender, luego aclara sobre este último punto que eso está más allá de su voluntad, “porque yo me muero”.
Habla de las épocas en el arte, de cómo la obra de Johannes Vermeer tuvo que esperar para ser apreciada hasta que Gustave Courbet en el siglo 19 “la sacó”, y expresa su crítica al arte “contemporáneo” que actualmente impulsa el mercado, y del que duda permanezca en esa clasificación al paso de los años.
Pero en caso de que así fuera, agrega, el suyo tal vez sería embodegado como sucedió con el del artista holandés del siglo 16.
“A lo mejor llega otro movimiento, otra vez realista, realista en el sentido de que otra vez exista el hombre”, una cualidad, lo humanístico, que no le atribuye al arte contemporáneo o conceptual.
Sostiene a la par, que la pintura es un oficio y no una profesión, “ya quitaron la Escuela Nacional de Artes Plásticas y fundaron la Facultad de Artes y Diseño, por favor (…) ¿entonces van a pintar mejor los doctores pintores? Pueden sacar triple doctorado…el pintor es el que ha visto mucho y el que ha trabajado mucho y tiene talento”.
Desea que los jóvenes no se “maleduquen” creyendo “ese rollo de que eso es arte, y menciona el caso de alguno de primer grado en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, cuyo examen final “fue escribir algo en papel o en una libreta ponerla en el piso y orinarla, y pasó…”
Habla también de una reacción “ante todas las porquerías que se están haciendo” y que encabezan jóvenes que están pintando y dibujando “increíblemente bien” y cuyas obras ha visto en Querétaro y Durango, “en varias partes de la República; es un fenómeno del realismo”.
Dijo que muchos todavía no tienen un lenguaje personal bien definido pero hay una búsqueda de él y que llegará de repente, y agrega a este advenimiento un consejo, “que los jóvenes se pongan abusados y que no se crean de esas cosas. Eso que llaman contemporáneo conceptual o no sé qué, no puede haber un concepto sin forma”.
Mira hacia la botella de agua en su mano y agrega, “aquí hay un concepto y forma, son juntos, es como el agua de esta botella y la botella. Y explica, el agua está tomando la forma de la botella, no puede contenerse sin ella, se evaporaría, y la botella sola tampoco tendría sentido, “¿porque para qué va a servir?”.
De súbito trae a colación que en Zacatecas también hay buenos pintores y menciona el nombre de Francisco Goitia, su comentario a que el autor de Tata Dios también era un creador de intensas imágenes perturbadoras como ladrillazos, es aplicarles otro calificativo más ilustrativo, el de “chingadazos”.
Arturo Rivera estudió en la Real Academia de San Carlos (1963-1968) y, serigrafía y fotoserigrafía en The City Lit Art School de Londres. En 1979 Max Zimmerman lo invita a trabajar con él un año luego de ver su obra en el Instituto Latinoamericano de la calle Madison de Nueva York. A su regreso a México expone por primera vez en el Museo de Arte Moderno.
A partir de entonces su obra ha sido vista en muestras colectivas en Nueva York, Puerto Rico, La Habana, Münich, Medellín, Roma, Berlín, París, Tokio, Londres y algunas ciudades polonesas y nórdicas, “donde su obra es sumamente apreciada”.
Individualmente ha expuesto en Chicago, Nueva York y México, en el último caso en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (Marco), el Palacio de Bellas Artes y el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, y en entidades como Querétaro, Michoacán, Hidalgo, Aguascalientes, Durango, Guanajuato, y actualmente en Zacatecas.
Su obra ha merecido reconocimiento patente en su adquisición por museos en el mundo, y coleccionistas privados.
El año 2005, Arturo Rivera fue reconocido en China con el primer Premio de la Segunda Bienal Internacional de Arte de Pekín, “según distintos críticos, representa una renovación dentro de la pintura mexicana”.

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