Perros

Perros
Iván Guardado

Tenía 7 años cuando coincidí con mi primer perro. Seguro había visto a muchos por las calles; pero ninguno con el que tuviera esa complicidad. Era un mestizo, callejero. Parecía abandonado y lo recogí sin que nadie se diera cuenta. Se alegró cuando me acerqué, porque movió la cola; pero no sus patas traseras. A esa edad todo parece tan fácil que lo tomé y lo subí a la azotea de la casa de mis papás y ahí le construí un refugio de tablas viejas y algunos ladrillos. Creo que esos días fue feliz, aunque no pudiera moverse por completo.

Esa casa improvisada nos cubría del sol, pero no de la lluvia. Así que durante los días lluviosos lo metía a escondidas al baño y nos quedábamos acostados sobre una toalla extendida en el piso, hasta que dejaba de chispear.

Cuando me iba a la escuela, me pasaba las clases con el miedo de que lo descubrieran mis papás y me corrieran de la casa por haberlo metido sin permiso. Nunca lo descubrieron. Creo que sabía la situación y por eso nunca ladró. Sólo movía la cola cuando me subía a buscarlo y se dormía a mi lado cuando me escondía con él.

Después de un tiempo, lo abandoné.

No recuerdo el por qué. Sólo recuerdo el momento en que lo llevé abrazado, apretándolo contra el pecho y susurrándole cuanto lo quería, hasta dejarlo en un terreno que apenas estaba en construcción. Ahí lo dejé. Quizá porque el miedo al regaño fue más grande que nuestra amistad, o porque no entendía lo que significaba esa palabra: amistad.

Ese momento marcó mi relación con los perros. Porque tuve un amigo real, cuando antes solía inventarlos. Porque me dolió decirle adiós. Y porque hoy entiendo la importancia de los animales en el proceso de sensibilización de los niños.

No sé por qué lo abandoné. No sé por qué es tan sencillo abandonar.

Nunca lo volví a ver. Nadie en mi familia supo que tuvimos un inquilino en la azotea, por varias semanas. Quizá si lo hubiera presentado, lo hubieran adoptado. Pero lo abandoné.

Los siguientes encuentros, antes de salirme de la casa de mis papás, fueron consensuados por la familia. El primero fue con el Negro, un perro labrador pequeño que recibimos de 2 meses y que a los 7 ya era un perro imponente que le gustaba jugar a morder todo lo que encontraba. Fue un lazo importante en la relación con mis hermanos; porque ya teníamos algo en común. Lo bañábamos, lo sacábamos a jugar, lo cuidábamos y él nos protegía con sólo enseñar sus colmillos.

La noche que murió, fue la más trágica que un niño puede vivir: la calle estaba oscura, solían y suelen estar así las calles en Guadalupe. El Negro jugaba a perseguirnos. Aventábamos un pedazo de pan y nosotros corríamos a escondernos. De inmediato nos encontraba. Esa noche, durante el juego, tocaron a la puerta y mi hermana salió corriendo de su escondite a abrir. El Negro la siguió. Cuando la puerta se abrió, el Negro salió corriendo. Sólo alcancé a ver su cola perderse entre el portón y a mi hermana gritarle que se metiera. Tras dar unos pasos, escuché un carro frenar y el grito del Negro. Mi hermana empezó a llorar y mi mamá asustada salió tras ella. Me di cuenta de que lo habían atropellado, y quería salir a buscarlo. Tenía ya 10 años y no quería volver a abandonar a mi amigo. Mamá me detuvo. Metió a mi hermana y nos cerró el portón. El señor que tocó la puerta le decía que fue un accidente y mi papá nos regañaba por andar abriendo sin preguntar quién era. Papá salió y cuando regresó, traía al Negro en sus brazos. El Negro respiraba agitado y su lengua le colgaba. La camisa de mi papá estaba manchada de sangre. En esa época las camisas de mi papá siempre eran blancas y planchadas porque trabajaba en BANCEN. Nos regañaba si lo arrugábamos o lo manchábamos con algo; pero esa noche se manchó mientras cargaba al Negro y le decía a mi mamá que le pasara las llaves del Tsuru.

Fuimos al veterinario; pero ya era mejor dormirlo. El Negro con su respiración agitada y su lengua de fuera nos miraba mientras lo acariciábamos. Le di un beso en la nariz y el alcanzó a dar un lengüetazo. Se estaba despidiendo. Mi papá disimulaba las lágrimas y sacaba fortaleza para calmarnos mientras el veterinario lo inyectaba. El Negro nunca dejó de mirarnos. Su respiración agitada se fue aplacando hasta que murió. Recuerdo el silencio y el dolor de la familia. Recuerdo que nos marcó tanto que mi papá ya no quiso tener otro perro.

A los trece años, coincidí con Coqueta. Una French Poodle mestiza que mi hermana recogió de la calle. A diferencia de mí con aquel primer perro, mi hermana hizo visible a Coqueta desde un principio, y por medio de berrinches logró que la aceptaran. Aunque mi papá no estaba de acuerdo, con los años se volvió su consentida, porque entramos en la adolescencia y Coqueta era quien lo recibía con emoción mientras nosotros estábamos encerrados en nuestros cuartos.

Mi abuela decía que los animales absorben las malas energías para proteger a quien aman, y creo que eso hizo Coqueta. En esa época pasamos por un momento familiar muy difícil. Coqueta se enfermó y ni el veterinario con el medicamento pudo evitar que muriera. Coqueta estuvo en el tránsito hacia la adolescencia. Esa edad es complicada; pero Coqueta fue una fiel acompañante. Fue el último perro de la familia. Mi mamá se negó a tener más y nunca tuvimos otro.

Cuando salí de la casa de mis padres, tampoco tuve perro, me alejé de ellos. Cuando los veía en la calle, siempre los evadía, porque en esa primera casa, lejana a la de mis papás, sólo cabíamos dos.

Asocié la relación de amistad hacia los perros, con la muerte. Con esos momentos trágicos de despedida. Me cerré a la posibilidad de adoptar.

Noé Germán

Noé Germán

Pasaron muchos años, hasta que durante un proceso teatral, un compañero de trabajo y amigo nos regaló a Nancy, un labrador bastante peculiar. Su papá era un labrador muy pequeño y la mamá era un labrador enorme. De esa camada, Nancy salió con un cuerpo enorme y unas patas pequeñas. Le puso así un amigo; a pesar de ser perro y no perra, entendió cuando lo nombramos Nancy. Estábamos jugando y así se le quedó, aunque su segundo nombre es Mingo. Después se sumó Simona. Nos la entregó un ex alumno que la encontró en Plaza de Armas, durante el Festival Internacional de Teatro de Calle. Nos dijo que él ya no vivía en Zacatecas y que si la podríamos llevar a la Centro de Atención Canina y Felina. Yo no sabía qué era eso; pero como favor acepté buscar y llevarla. Simona tiene la cola torcida, su pelo hace que no se vea, pero cuando le tocas la cola te das cuenta de que sufrió maltrato. No la llevé al CACF. Se quedó conviviendo con Nancy/Mingo y se ganó su lugar en la casa al volverse guardián. Todas las tardes Simona se pone frente a la ventana de entrada y vigila que no se acerquen los niños que rebotan las pelotas en la casa. Alerta cuando alguien toca la puerta o cuando hay algún ratón merodeando.

Tras dos años, apareció Salma y se integró. Nos encontró. Viajábamos en un circuito de presentaciones por la región de Río Grande, Zacatecas. Entrabamos al municipio de Nieves (Francisco R. Murguía) cuando una llanta se tronó. Bajamos a cambiarla y en cuestión de segundos nos alcanzó. Salma fue el nombre que le pusimos en grupo. Estaba en un estado evidente de desnutrición, invadida por pulgas y con un lazo que le cortaba la respiración. Después de liberarla del lazo, nos dimos cuenta de que no podíamos dejarla ahí. Ésa no indiferencia, la sumó a nuestra camada. Tardó semanas en emitir algún sonido, llegué a pensar que era muda. Recordé a ese primer encuentro con un perro y su comunicación a través de su cola imparable y no el sonido. Pero Salma ladró cuando se sintió parte de la familia.

No venía sola. Estaba preñada y nos sorprendió cuando tuvo a los dos cachorros, porque nunca se le notó. Uno fue adoptado y la Negra se quedó con nosotros. La Negra es muy territorial. Llora cuando salimos y les tiene miedo a las visitas.

Sin pensarlo, mi casa se llenó de perros. El teatro quizá es el culpable. Un monólogo me hizo volver a mirarlos y a relacionarme nuevamente con ellos. Me dio un golpe de realidad y me concientizó de la situación de los perros en condición de calle.

Noé Germán interpretaba a un perro callejero y su devenir por una sociedad egocentrista, que no sabe convivir con los animales. “Soy Ramón” es un texto de Jorge Alejandro Rangel, que fue dirigido por Martín Solchaga. A medida que iba avanzando la historia yo iba reflexionando sobre mi relación con los perros. Me dolió haber sido indiferente.

Todos

Todos

Estos últimos años he conocido tantos casos de maltrato, indiferencia y repudio a los perros en condición de calle, por cuestiones culturales, que me ha hecho admirar tanto a los rescatistas que han elegido cambiar la vida de los callejeros y crear conciencia social.

Nuestra educación nos ha hecho tan fácil evadir al perro callejero y abandonarlo. Por eso coincidí con Croquetos y con varias asociaciones de rescate animal. Por admiración.

Mi relación con mis perros me ha hecho reencontrarme con mi infancia. Con mi ignorancia y mi ingenuidad al no saber cómo ayudar al perro con sarna, al que se encuentra sin movilidad o en estado de desnutrición. A no pasar de largo cuando hay un perro atropellado en el boulevard y hacer algo para apoyar.

No puedo rescatar a todos los perros callejeros, lo sé, pero puedo apoyar a quien sí lo hace a través de acciones, de proyectos, de no ser indiferente.

Si deseas apoyar, acércate a los rescatistas independientes o al Centro de Atención Canina de Zacatecas (Teléfono del CACF: 01 492-768-1313). En Facebook existen páginas zacatecanas que apoyan en difusión y hasta adopción de perros y gatos en condición de calle. Puedes donar croquetas a los diferentes rescatistas y a CROQUETOS ZACATECAS poniéndote en contacto mediante Facebook (Croquetos Zacatecas) o al teléfono: 044-492-123-6063. También puedes asistir a los diferentes eventos que organizan los rescatistas independientes en nuestro Estado y apoyar para recabar fondos para croquetas y atención veterinaria.

 

 

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