Yo, Mestizo

Yo, Mestizo

Siempre que se piensa en el análisis de esta situación no sólo racial, sino de múltiples aristas que puede ser lo social, lo racional, lo económico y donde se manejan infinidad de valores que tienen que ver con el mestizaje, cae uno en cuenta que es como subirse a navegar en un remolino de dimensiones interminables, donde todos los criterios conducen inefablemente a prejuicios que no tienen fundamentos. Empezando, en el caso del país que nos cobija que fue un fenómeno que surgió de una relación forzada. La falta de consenso entre las partes que dieron origen a esta raza naciente es crucial para la aceptación de pertenencia a este resultado. Ha habido grandes tratados al respecto, donde sin duda sobresalen los de dos de los grandes pensadores mexicanos de todos los tiempos: Octavio Paz y Eduardo del Río, Rius.

No existe la pretensión de este breve escrito y de su autor de compararse a los antes mencionados, sino aportar un punto de vista que tiene que ver con uno de los fenómenos más degradantes de los que nos ostentamos como mexicanos, la muy vigente Maldición de Malinche que consiste en la permanente disposición por  favorecer todo lo que venga del extranjero, de preferencia de Europa, Estados Unidos o países o compañías de tal ascendencia, aunque a últimas fechas este fenómeno se ha volteado también hacia oriente, con los “inversionistas” de origen árabe, especialmente los libaneses y aquellos que provienen de Japón, China y Corea, principalmente.

Es escandalosa la forma en que el país se abre ante la gente de estos países en forma por demás fácil y complaciente en detrimento de los nacidos en estos lares, sean del origen étnico que sean, aunque esta furia de descrédito va dirigida a las culturas originarias que mantienen aún cierta pureza étnica y contra los que llevan la sangre española y la nativa en sus venas. Incluso, muchos olvidan que la dominación árabe en la península ibérica dejó herencias no sólo culturales, sino de estirpe. Y además de todo lo anterior, existe la aportación de la raza negra en muchos ámbitos de la República Mexicana en esta mezcla infinita, que no permite, en muchos casos, encontrar coincidencias en lo que se pretende sea una identidad nacional.

Este fenómeno parece ser que opera en forma de remolino exógeno. En lugar de permitir el hallazgo de afinidades, conduce a diferencias irreconciliables. Hay estados de la República que amalgaman diferentes manifestaciones culturales que conducen a la existencia de castas y sus formas brutales de dominio y sometimiento con el permiso, complacencia y hasta liderazgo de los diferentes niveles de gobierno. Aunque existan en el país formas de auto gobierno y autodeterminación, éstas siempre estarán bajo la tutela del gobierno federal y éste a su vez sujeto a los valores universales de la supremacía blanca. Sería imposible negar este fenómeno pretendiendo tapar con un dedo el brillo fulgurante de la discriminación universal.

Se puede decir que la gran masa de la población está conformada por los que son denominados como mestizos, desde la época Colonial esta especie de “hijos no deseados” ha sido la que se ha multiplicado superando en número a los de sus progenitores, el conquistador español y la parte femenina de los conquistados, la mujer nativa, que fue violentada salvajemente de muchas formas y sin posibilidades de defenderse aunque fuera tímidamente. Quizá esto explique uno de los fenómenos criminales más degradantes de los últimos tiempos en México y el resto del mundo: el feminicidio. La emancipación de la mujer no se ha consolidado y esta evidencia lo constata.

Otro indicativo es la permanente discriminación que existe hacia los que en su piel y su escencia exhiben su mestizaje, las fuentes de empleo se distribuyen proporcionalmente al color de la piel: mientras más güeritos mayores y mejores posibilidades de empleo y al revés, mientras se exhiba un color más serio en la piel, las oportunidades se reducen. Quizá la televisión y el cine nacional sean el mejor ejemplo de esta circunstancia, los de color serio son empleados para representar, por regla general, a los que se exhiben bajo la maldad, la ignorancia y los bajos instintos.

Los que no tienen apariencia caucásica por regla general deben redoblar esfuerzos para lograr lo que sin despeinarse logran los de tez clara, y es lamentable, aunque la falsa moral que detentamos la mayoría, nos obligue a negarlo. Quizá también esta circunstancia ayude a explicar el otro fenómeno que hoy día agobia con crueldad extrema a nuestra población, que es el asesinato masivo de la población joven y su inclusión en las filas de las malas artes y costumbres que tienen que ver con el crimen.

Hay mucho que hablar sobre este asunto y probablemente en el futuro se vuelva a este tema, pero es creencia de este mini tratado sobre el mestizaje de que, el día que entendamos claramente que somos lo que somos, mestizos, y valga la perogrullada de que aceptemos que no se es lo que malamente se pretende, se seguirá dando pasos en el vacío de la incomprensión de una identidad nacional que no se ha forjado en ya casi quinientos años.

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