La desigualdad extrema: el tronco de la hidra que consume a México

La desigualdad extrema: el tronco de la hidra que consume a México

Los análisis sobre la relación entre desigualdad, crecimiento económico y los patrones de distribución confirman que las políticas impulsadas desde los ochenta han venido a ser una verdadera catástrofe mundial en todos los órdenes. Casi podemos decir que el neoliberalismo ha representado lo mismo que las siete plagas de Egipto juntas para todo el orbe. Urbi et Orbe. Alguien pensaría que los países tradicionalmente centrales, como los que están integrados en la Unión Europea llevan ventajas, sin embargo vemos que la cosa no es así, estos países han tenido dificultades para enfrentar exitosamente los procesos de globalización después de la década de los 80’s. Y sobre todo después de la subida al poder de Thatcher en Inglaterra, Helmut Khol en Alemania (que murió el mes pasado) y Reagan en EE. UU., la situación fue aún más mal.  Los males del neoliberalismo no es cosa de ideología, sino de datos duros y estrictos de la economía.

Las mediciones sobre el crecimiento del empleo y la productividad por trabajador, en relación con los datos sobre desigualdad son altamente reveladores. En los países desiguales super-extremos (como algunos africanos) ni empleo ni productividad ni nada crece. La desigualdad extrema los convierte en desierto económico. La injusticia brutal trae como consecuencia la pobreza perpetua. En el caso de América Latina donde la desigualdad es grande, hay crecimiento del empleo pero sin productividad, y concentrados en los sectores terciarios, lo cual trae como consecuencia empleos muy baratos o precarios y, por tanto, pobreza permanente de la población. Las políticas neoliberales basadas en los salarios bajos propiciaron la baja productividad del trabajo. En países como Corea tenemos que la desigualdad es baja y la productividad de los trabajadores es de las más altas del mundo. Pero en ese país asiático destinaron grandes presupuestos a la educación pública con garantía de calidad y coberturas muy amplias, además de que coordinaron muy bien la educación superior y el aparato productivo. Así las cosas, la mejoría se traduce en un Estado que actúa en beneficio del nivel de vida de su población.

La conclusión de estas lecciones va en dirección de la necesidad de desterrar el neoliberalismo de la conducción de la economía del mundo. Cosa que no se ha conseguido. La miseria de la población es crónica y la injusticia en grado tal lleva a nuestras sociedades a una degradación que poco falta para caracterizarlas con el auto-contradictorio término de ‘apocalipsis perpetuo’. Una manera de acabar con este flagelo es a través de la articulación de la organización popular y su determinación electoral que desemboque en procesos de cambio en las formas de conducción estatal. Cosa nada fácil dado el dominio de las estructuras políticas que representantes del neoliberalismo ejercen en nuestros países. En suma, los estudios especializados recientes apuntalan (con el rigor de las ciencias económicas) la conclusión de la que aquí hablamos. Por ello, la desigualdad es el signo ominoso que debe convertirse en el objeto central de nuestras preocupaciones sociales.

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