Sobre el genocidio y los crímenes de lesa humanidad

Sobre el genocidio y los crímenes de lesa humanidad

[Reseñas y reflexiones]

Sexta y última parte

¿Qué otros significados tienen los tres modelos narrativos: guerra, genocidio, crímenes de lesa humanidad, que hemos venido analizando?

Se trata de un debate jurídico, moral y político, que  atraviesa históricamente, una gama muy diversa de acciones judiciales [y no-judiciales], donde estos tres tipos penales,  clasifican -legalmente- delitos gravísimos, producen  consecuencias en relación a las exigencias de justicia expresadas -y asumidas- por múltiples actores sociales: contra una  impunidad que busca encubrir los  crímenes de Estado, y continuar con la discrecionalidad y arbitrariedad en el ejercicio del poder.

En el caso de nuestro país,  este debate no es especulativo, forma parte de nuestro presente: lo constatamos (ver cuarta parte) en las comunicaciones a la Corte Penal Internacional, sobre presuntos crímenes de lesa humanidad, tanto para Baja California (2012 y 2014), como para el Estado de Coahuila (junio del 2017).  Así como, en el otro país Argentina, que nos ha servido  de referente -empírico y teórico- para elaborar  estas reseñas y reflexiones,  ahí, este debate es muy visible, en lo que hemos reseñado hasta ahora,  basándome en los estudios de Feierstein, cuando analiza los 110 juicios (2006-2011) emprendidos contra responsables del genocidio durante la dictadura militar de 1974 a 1983. (2015; pp. 197-247)

Quizás valga una advertencia previa, no se trata en absoluto de perdernos en el dédalo  de las clasificaciones penales, ni en disquisiciones académicas, o puramente especulativas,  sino, como escribe Feierstein, lo que verdaderamente [nos] importa es… “comprender  algo mejor, qué es lo que verdaderamente se está  discutiendo, y cuáles son sus efectos en nosotros, en nuestros padres y en nuestros hijos” (Feierstein 2012; p. 178)

En lo que sigue, buscaré terminar la síntesis de un conjunto de hipótesis que el autor formula sobre  dimensiones de los tres modelos, guerra, genocidio crímenes contra la humanidad. Son una  parte muy importante  de sus estudios sobre  el genocidio, que me interesa plantear aquí.

Comencé [ver la tercera parte] a revisar  las dimensiones analizadas  [entre otras posibles] por Feierstein, para  cada uno de los tres  “modelos narrativos”. Solamente, toqué la primera  dimensión, el modo en que  cada relato modificaría la definición de las propias  “víctimas”, brevemente: 1).- Reducidos a adversarios en el modelo de la guerra, las victimas solo serían los inocentes; 2).- En el caso del genocidio, la destrucción de un grupo nacional, permite -paradójicamente- construir un “nosotros” de afectados “-víctimas”- políticamente mucho más amplio e incluyente, y 3).- En el de crímenes contra la humanidad, las víctimas -considerados individualmente-, son quienes padecen las más graves violaciones a sus derechos humanos, – modelo enmarcado dentro de la concepción liberal  individuo/Estado- etc. (ibid; pp. 148-155).

La segunda dimensión, en torno al sentido o la “causalidad”, donde -de nuevo- cada modelo construye “visiones diferentes”: 1).- Guerra: lógica binaria, victoria-derrota,; 2).-  Genocidio, se trata de comprender los modos en que el grupo nacional argentino han sido afectados. Hay “irreversibilidad”, imposibilidad de volver a… “Como si no hubieran ocurrido”… los hechos. Es muy importante, desentrañar como se interioriza el terror después de la dictadura, o sea… la “realización simbólica de genocidio”  3) Para el modelo de  crímenes  contra la humanidad, o “Estado terrorista”, se arrasan los derechos individuales [derechos humanos], por una maquinaria opresiva que busca construir individuos subordinados, incapacitados o disminuidos para el ejercicio de su individualidad. (ibid; pp.155-157).

La tercera dimensión: La  cuestión de las analogías [el uso del pasado en el presente]. Aquí el autor, menciona lo siguiente: 1).- Los relatos de la guerra civil o revolucionaria, vinculan lo ocurrido con revoluciones como la rusa, o la cubana, etc., [no mencionaré las diferencias señaladas por el autor entre esas experiencias], lo central es que reducen  el aniquilamiento a la guerra, y ésta a la disputa por el proyecto revolucionario, impidiendo elaborar críticamente los resultados del terror estatal. 2).- Genocidio: en Argentina sea recurrido a la analogía  con el nazismo. Su desventaja, el énfasis en lo racial, no es problemático en Argentina, pero si puede oscurecer la intencionalidad política  del proceso, por ejemplo  en  Guatemala. En positivo, la clasificación como genocidio,  “destrucción parcial del grupo nacional”,  quiebra la cosificación  ligada l racismo,  permitiendo incluir conjuntos de poblaciones afectadas por la violencia estatal, y  abre la posibilidad de una interpelación colectiva sobre las responsabilidades y las consecuencias. Otro aspecto positivo de la analogía con el nazismo -en Argentina-,  fueron las  representaciones sociales que se generaron  sobre la imprescriptibilidad  y la inviabilidad de la impunidad, visible en la consigna popular… “como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar”. 3) En el de crímenes de lesa humanidad, donde remite a muchos otros tipos de violaciones de los derechos humanos,  apunta más que  al pasado, al futuro, a la creación de más y más normativas internacionales y  cuerpos institucionales, Tribunales, Corte Penal Internacional, Convenciones, etc. Implica riesgos, cada vez más visibles, su empleo -paradójicamente- en nombre de la “responsabilidad de proteger”, estaría terminando en casos cada vez más frecuentes,  produciendo  más víctimas que las que se iban a salvar,  y legitimando acciones intervencionistas. (ibid; pp. 157-160).

Una cuarta dimensión, relativa a las “consecuencias” de la clasificación del delito penal: 1).- Modelo narrativo de la guerra: se enfatiza la correlación de fuerzas, los resultados favorables o desfavorables, según quien analice; inclinándose hacia el bloque hegemónico, o hacia el polo contestatario, en el caso de derrota concentrándose  en las lecciones, y en la preparación para el nuevo ciclo, etc. 2).- Genocidio:   las consecuencias son profundas y multidimensionales, familia, religión, empleo, política, etc., consideradas como condiciones para imponer los cambios económicos diseñados. Profunda transformación del lazo social, deriva hacia el apoliticismo, indiferencia e individualismo. El núcleo de esta operatoria es el terror generalizado y sus dispositivos, los campos concentracionarios, la tortura, vuelos de la muerte, etc. Asimismo, iría ligado a la geopolítica, el fin de la guerra fría -en esos años-, y al surgimiento de una generación “huérfana”. 3).-  Modelo narrativo de Crímenes contra la humanidad: la ruptura no sería tan desfavorable, dictadura-democracia, descalificación de la dictadura, emergencia de los derechos humanos y de la democracia representativa. Un eje en estas narrativas es el de abjurar de la violencia previa, pero esto bloquea el trabajo de elaboración del trauma. (ibid; pp. 160-163).

Como quinta dimensión, tenemos la elaboración [de los acontecimientos] y la prevención, aquí también  cada narrativa conduce a ciertos tipos de acciones, por lo que se trata de una dimensión  “eminentemente política”: 1).-  Para el caso de la guerra: del lado de los defensores de la “guerra sucia”, se trata del rearme político cultural [contra los juicios a los responsables],  reescribiendo  la historia,  atribuyendo una “complicidad compartida” donde la violencia fue ejercida por igual entre ambos lados, etc.; mientras que del lado revolucionario,  reagrupación, nueva ofensiva, necesidad de procesar los efectos de la derrota, poco comprensible para las nuevas generaciones. Y de nuevo, abjurar de la violencia, una insistencia sin sentido, porque nadie plantea -ahora- esa vía.  2).- Para el genocidio: se trata de procesar los efectos del terror sobre el conjunto nacional argentino. Aquí, entran todos los efectos del terror “anclados en el subsuelo del inconsciente”,  visible en la “compulsión a la repetición”, los pactos denegativos, la desensibilización, mecanismos de defensa psíquicos,  que indican la necesidad de un profundo trabajo de elaboración. Una visión que a pesar de que ha sido rechazada por muchos, que no aceptan esa interpretación, para el autor, sería una tarea que produce efectos  “eminentemente políticos”. 3).- En los crímenes contra la humanidad, (o el terrorismo de Estado), anida una actitud denegatoria que impide la elaboración profunda de los efectos del terror; abjurar de la violencia, supone negar en bloque todo el pasado. No funcionan aquí, ni las correlaciones de fuerzas [de la guerra], ni  el trabajo de elaboración de las reorganizaciones sociales producidas en el grupo nacional [del genocidio], la justicia sería la herramienta que permitiría cerrar esa etapa. Se pretende haber dejado atrás el periodo donde los “grupos políticos” operaban recurriendo a la “violencia” (remisión a una abstracta gestión de la agresión  y  conflictividad). Con lo que se reinstituye el esquema que  iguala la violencia entre los dos lados [teoría de los “dos demonios”, o la lógica de acción-reacción]. Ocultando, de ese modo,  que el terror estatal operó de manera independiente a  la adhesión de los grupos políticos a la violencia insurgente, porque no tenía a dichos grupos políticos  como único ni principal objetivo, sino que estaba dirigida a una profunda reorganización  social de la identidad nacional.  (ibid; pp.163-168).

Este último punto, estaría –también- ligado al empleo  de la expresión de… “terrorismo”,  falsa en el caso de Argentina (no en algunos otros casos),  pero, más allá de eso,  se trata de una interpretación que  reemerge una y otra vez,  debido a que su fuerza de adhesión -o pregnancia-,  se debe a que se conecta con profundos mecanismos psíquicos –denegación, etc.- que permiten a “todo aquél que no participó, que no fue un torturador o una víctima”, formas más  “adaptativas” para evadir las complejas implicaciones sobre los efectos provocados en toda la sociedad por las prácticas sociales genocidas. Todo un conjunto de argumentos que Feierstein agrupa con el término de “ideologías del sinsentido”. (ibid; pp 167-168).

Finalmente, la sexta y última dimensión abordada por este autor, es la de los distintos modos de trabajar el duelo, así como  los efectos de los tres modelos narrativos -y sus representaciones- en la transmisión generacional: 1).- En cuanto a la guerra, esta se centraría en una “lectura heroica de los ausentes  que tiende a articularse con el duelo melancólico” y por ello negaría “toda novedad a los sucesores”.  2).- En el caso de los crímenes contra la humanidad, su carácter denegatorio,  impide apropiarse de algún tipo de legado, a lo que se suman, en este modelo, la condena abstracta y por igual de la violencia, sin establecer ninguna diferencia [teoría de los “dos demonios”]. Lo que deriva en una “construcción de desapego”, entendida -de acuerdo con John Bowlby- como “imposibilidad de elaborar la ausencia”.

En estas dos narrativas, se trata de  discursos en los que ya no se reconocen  las nuevas generaciones,  en la medida en que se trata de miradas que ya no pueden ser apropiadas desde el tiempo presente, el de las nuevas generaciones, lo que generaría un “cierto extrañamiento” frente a ambos tipos de discursos, que no tienen capacidad de ofrecer sentidos significativos sobre ese periodo de la historia de los padres, que no es la suya,  ni de articularla, por lo tanto,  “con el acontecer vivencial de los más jóvenes”. Lo que desemboca en dos generaciones, la del sentido y la del sinsentido, sin dialogo posible entre ellas (ibid; pp.168-178).

3).- Después de abordar algunos aspectos del complejo debate transgeneracional en Argentina, donde se juega la elaboración del sentido de la experiencia  traumática  provocada mediante la planificación del terror estatal durante la dictadura militar (1974-1983), y durante la post-dictadura con  la “realización simbólica del genocidio” [lo que estaría permitido decir, y lo que no; los marcos sociales de la memoria, la amnesia social, etc.],  realiza un mapeo de las reflexiones  sobre esa transmisión tanto en el registro literario -poesía  y narrativa-, como en el ámbito de la política [escraches, presentaciones ante la justicia de otros países, “juicios por la verdad”, marchas e innumerables acciones públicas, etc.],  para terminar  defendiendo su tesis central sobre las potencialidades del modelo narrativo del tipo penal del  genocidio. (ibid; pp. 168-178)

Para ir cerrando, y lejos aún de resumir las obras más vastas y complejas de este autor, con lo que hemos revisado hasta aquí, quizás podamos comprender mejor la posición de Daniel Feierstein sobre la conveniencia de utilizar en la “escena judicial”  el concepto de genocidio,  [frente al modelo de la guerra, y al de los crímenes de lesa humanidad], para aquellos  casos donde los elementos estructurales indiquen -con exactitud- la pertinencia de su empleo, como sucede con Argentina, como hemos visto a lo largo de ésta serie de artículos,  donde recurriendo a una sólida  base empírica, traza  una robusta teorización creativa, penetrante e innovadora,  que permite construir  una perspectiva donde prioriza la elucidación  de la “reorganización social producida por la catástrofe”, abriendo asimismo, como él lo escribe, la necesidad de reconocer  la crucial importancia del esencial e indispensable… “diálogo intergeneracional  que enfrentando descarnadamente el dolor, la vergüenza y la culpa, pueda abrir una puerta para construir un legado posible, capaz de incluir los sueños, los aciertos y las dudas de una generación que soñando un mundo mejor fue atravesada por terror y sus consecuencias”. (ibid; p. 178)

Para concluir. México, se ha convertido  en el campo de una guerra… “extremadamente ambigua y confusa”, donde  existen -también-  crímenes de Estado, junto a la mayoría de los crímenes cometidos por la delincuencia organizada. Así lo demuestran las comunicaciones de organizaciones de la sociedad civil, sobre Baja California, y Coahuila, presentadas  a la fiscalía de la Corte Penal Internacional, y podríamos agregar más entidades, Tamaulipas, Guerrero, Veracruz, Michoacán, entre otras. Pero lo que realmente importa, para nuestra exposición, es que tales crímenes (estatales y no estatales)  no corresponden a la clasificación de genocidio, al no contar con los elementos estructurales que configuran ese tipo penal.

Lo cierto es que  nos  enfrentamos  a “otras modalidades de violencia (estatal y no estatal) que ameritan la utilización de otras herramientas conceptuales”(Feierstein, 2016; pp 467)  y, sin duda, es aquí, donde la teorización de Feierstein [que esperamos pronto se ampliará con el tercer volumen de su trilogía, dedicada al tema de Responsabilidades],  puede servirnos  para pensar juntos, mediante ese diálogo intergeneracional al que apunta, cómo podemos realizar ese profundo e indispensable trabajo de elaboración de todo este dolor, indignación, vergüenza, culpa,  generadas por las experiencias traumáticas vividas por la sociedad que somos, atravesada, también,  de otra manera, por el impacto de una criminalidad “cuasi-institucionalizada”, con todas sus atroces  consecuencias para nuestro dolor/país. ■

 

Lo evidente: la investigación/elucidación individual y colectiva  continúa abierta.

Referencias:

2012, Feierstein Daniel, “Memorias y representaciones. Sobre la elaboración del genocidio I”, FCE-Argentina, Vol I.

2015, Feierstein Daniel, “Juicio. Sobre la elaboración del genocidio II”, FCE-Argentina, Vol II.

2016, Feierstein, Daniel. Introducción a los estudios sobre genocidio”   FCE-Argentina.

Para la comunicación a la CPI sobre Coahuila de Zaragoza (FID-México-Coahuila):   https://www.fidh.org/IMG/pdf/rapport-mexique-num-5-3.pdf

 

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