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La pobreza y los factores de la delincuencia: reconstruir el jardín

La pobreza y los factores de la delincuencia: reconstruir el jardín

La pobreza no es sin más causa de la delincuencia, por lo cual no se puede culpar a los pobres de la inseguridad pública. En otras palabras: no por ser pobre ya se es un delincuente en potencia. Pero sin duda, el sólo dato de que 90 por ciento de los jóvenes caídos en enfrentamientos entre bandas es de origen pobre (y pobre-extremo), es un indicio de que la pobreza forma parte de los factores que, junto a otros, constituyen un coctel social que termina en actividades delictivas.

La pregunta esencial es, ¿por qué un joven toma la decisión de reclutarse en un grupo criminal? Una razón inicial de peso es la búsqueda de dinero, pero el mecanismo de cómo se involucró en una organización que tiene como objetivo actividades ilegales tiene que ver con la falta de expectativas en otro orden. Es decir, un joven que tiene la expectativa fuerte de ser un deportista o un científico o un artista no se involucra en acciones que pueden (con muy alta probabilidad) cercenar sus expectativas. Hace un par de  décadas todavía, los roles sociales eran tan fuertes que guiaban las expectativas juveniles sin incertidumbres. Ahora ya no es así. Los roles y las funciones sociales se han diluido. Los faros ya no están a simple vista. Las instituciones que marcaban los horizontes éticos, como las iglesias o la escuela, ya no tienen legitimidad ante los jóvenes. Así que el acto de tener una expectativa de vida no es mecánico ni espontáneo. Es como que antes había calles, y ahora no: sólo campo llano que desorienta. Lograr que a un adolescente le nazca una expectativa es producto de un trabajo que no se está haciendo.

Otro factor es la cohesión social. Esto explica, por ejemplo, que una sociedad como la nicaragüense, más pobre que la salvadoreña, no produce bandas juveniles como las maras salvatruchas que existen en El Salvador. Es por la cohesión del pueblo nicaragüense, producto de la organización comunitaria de valores tradicionales que se dio en la estructura social del sandinismo. La comunidad es como un hogar o cobijo que protege a los jóvenes del vendaval criminal. Los mareros son expulsados de hogares disfuncionales hacia las bandas que los reciben y les dan identidad, pero dichas bandas han encontrado ‘la oportunidad’ del narco-reclutamiento. Donde hay reclutas es porque el tejido comunitario ha desaparecido. Y sin esos tejidos, las familias son islas que, al interior, construyen sus relaciones de poder muy violentas. Lo que sí causa el estallamiento de la cohesión es la desigualdad, en sus diferentes escalas. Es cuando la desigualdad se hace sólida y forma compartimentos estancos sociales que se observan en las divisiones entre colonias de pobres y clases medias: muros las separan. Pero los muros son únicamente la expresión arquitectónica de divisiones sociales profundas.

Un programa de prevención del delito es aquel que reconstruye los lazos e identidades comunitarias, interviene las relaciones de poder al interior de los hogares, produce empleos decentes, cuida la escolaridad de los adolescentes, y crea un horizonte ético donde los chicos generan expectativas de vida. No es un asunto sólo de hacer canchas, poner luces en las colonias y ofrecer talleres a jóvenes. Ese es el trabajo: reconstruir el jardín.

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