Los valores y las familias homoparentales: respuesta al P. Aurelio Ponce

Los valores y las familias homoparentales: respuesta al P. Aurelio Ponce

Estimado Aurelio, en tu columna afirmas que debemos atenernos a lo objetivo, y eso lo entiendes como lo verificable, al estilo del positivismo lógico; eso no es una buena estrategia argumental, sobre todo si vas a defender valores de origen confesional. Tampoco el naturalismo de corte estoico ni la apelación a la biología como criterio moral; esto último de hecho, me puso la piel de gallina: es la estrategia argumental de la versión más eugenésica del fascismo. Pensemos un poco el tema de los valores y la mejor manera de enfocar el surgimiento de las familias homoparentales.

Ahora bien, el naturalismo que defiendes es la muy antigua retórica que fue hecha para una sociedad homogénea y que se construía desde la uniformidad de los valores. Ahora que se trata de dar cuenta de valores que hagan posible la sociedad plural queda descalificada la ruta de la ética de la obediencia. Ética estrecha que no nos deja ver lo importante: el valor central de las personas por encima de sus filias sexuales. ¿Cómo se construyó esa ética de la obediencia sobre una idea de uniformidad de los valores que descalifica la existencia de las familias homoparentales? Veamos.

Para la mentalidad conservadora la homosexualidad (y con ello las familias homoparentales) es un problema ya sea de tipo moral o de tipo psicológico porque se contrapone a su idea de ‘normalidad’ humana. Pero cuando la psiquiatría sacó a la homosexualidad del listado de patologías y empezó la conciencia social a pensar que la moral no se funda en la biología, esa idea de normalidad se difuminó en una parte de la sociedad, y con ello, la homosexualidad dejó de constituir un problema. Todo lo que acontece y nos aparece es filtrado o pintado por los valores. Con los valores no sólo juzgamos, sino actuamos. Son el motor mismo de nuestras acciones.

Valorar es algo que necesariamente cruza toda actividad humana. Toda. No podemos pensar sin valorar. Lo que hace la ética es convertir los valores en deberes. La disciplina propia del conocimiento de los valores es la axiología. Y se ha pensado, durante mucho tiempo (casi 2 mil años) que los valores son algo que está ahí objetivamente en-sí, como esencias puras. Un largo platonismo domina la historia de occidente. Y lo que se hace (en el platonismo) es intuir intelectivamente esos objetos esenciales que provocarían nuestra valoración de las cosas. El que no ‘los ve’ no los ejerce, y por tanto actúa mal, y lo hace así o por ignorancia o por enfermedad (los griegos le decían Manía, locura). El cristianismo combinó el esencialismo platónico con el estoicismo y provocó la idea de los ‘comportamientos naturales’ en los hombres. Es decir, lo que por naturaleza somos y, por tanto, a lo que debemos necesariamente adecuar nuestras acciones. Y también convierte las ideas platónicas en las ideas con las cuales Dios implementó la creación. Por ello, fallar a ciertos valores es al mismo tiempo a la ley natural y a Dios: es pecado y anti-natura simultáneamente. Lo que se debe hacer es lo que realmente ya es, se identifica el carácter ontológico y deontológico de los valores. Si el matrimonio es naturalmente nuclear y heterosexual, cualquier otra forma de familia se convierte en anti-natural. No es casual que la iglesia católica se oponga a los matrimonios homoparentales porque “violan la ley natural”. Así las cosas, el esencialismo o naturalismo dan lugar a sociedades-que-no-pueden-ser-pluralistas. Ante la idea de ‘Valores Verdaderos’ no hay opciones variantes posibles. Y tampoco son objetos de deliberación, únicamente de obediencia. Por ello, tampoco es casual que Tomás de Aquino haya puesto a la obediencia como la mayor de las virtudes, porque justo a través de la obediencia se adquieren todas las demás virtudes por adecuación del comportamiento a los valores verdaderos. La sociedad que supone el esencialismo axiológico es homogénea. Los hombres que actúan fuera de los valores verdaderos deben ser ‘reconducidos’, porque lo hacen por ignorancia o por enfermedad o por maldad ingénita. La autoridad los debe reeducar y, si no hay remedio por vía de la reeducación, pues se convierten en un cáncer que debe ser extirpado. Los valores bajo la forma de la verdad propia del esencialismo, dan lugar a sociedades de regulación absoluta: intolerantes.

Si aspiramos a vivir en una sociedad pluralista y tolerante, lo primero es desmontar esta ética. Para dar lugar a la coexistencia. De otra manera lo que hacemos es cultivar la inquisición. La teología cristiana contemporánea tiene muy avanzados los caminos de una axiología constructivista que permite armonizar al cristianismo con las necesidades de la sociedad plural, lo cual además, rescata la esencia misma del cristianismo liberándolo de los moldes en que lo aprisionaron la metafísica griega y las herencias del imperio romano. Apreciado Aurelio, hay que volver a pensar, y no sólo repetir viejos y derruidos filosofemas, sobre todo ahora que la virtud primaria dejó de ser la obediencia y pasó a ser la libertad. Una ética de la tolerancia y la responsabilidad debe sustituir al mohoso esencialismo de la verdad imperial. (AMDG) ■

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