Dulce Navidad

Dulce Navidad

La Navidad es una época que desborda recuerdos, y muchos de ellos tienen que ver con nuestra infancia, con el niño que soñaba crecer y alcanzar su estrella. Para esas personas que todavía tienen guardado en su corazón ese sueño, esa estrella, van mis palabras. ¿Por qué para ellos?, porque en esta época hacemos muchas cosas, pensamos en mucha gente, pero dígame con sinceridad ¿Se ha sentado alguna vez, tan sólo un momento, a pensar en usted? Preguntarse ¿Estoy haciendo lo que me gusta? ¿Soy una persona feliz? ¿He alcanzado mi estrella? No importa si no eres famoso, si no tienes el carro del año, la casa más linda de la colonia o la mujer más elegante. Al final de cuentas de eso no se trata ni el éxito ni la felicidad.

Sí, me gusta la Navidad, por el aroma a dulzura que hay en cada villancico, por el ser que nacerá, pleno de amor y nos legó mensajes que todavía nos cuesta entender y más que nada vivir. Porque detrás de toda la parafernalia de compras y otros tantos, suelo disfrutar el amor que las personas colocan en sus árboles. Entonces recuerdo lo que cierta vez escuché al maestro Ramtha. Cada esfera representa tus sueños, tus deseos que entregas al creador para su materialización. Ahí están, como partículas en el vasto campo de todas las posibilidades, a punto de convertirse en maravillosa manifestación. Es sentir, en cada parpadeo de luz el instante del milagro que muchas veces no vemos, porque sólo viviendo en el ahora, se puede apreciar el goce de vivir y ser parte de todo. Ser mensajeros y destinatarios del amor, la abundancia infinita y la alegría sin límites. Es sentir la continuidad de la vida como un río fluyendo interminable.

Muchas veces me he preguntado ¿Qué seríamos sin los sueños? Hablo de esa pasión  que nos impulsa a seguir esa pequeña luz en la distancia que a medida que avanzamos se va haciendo más grande, más luminosa y más claro el camino. Soñar, buscar, hallar, confiar, creer, amar, son verbos que bien podemos poner en nuestros diccionarios mentales, o mejor, en nuestro corazón  como una ruta por donde ir, con los ojos alborozados, con las palabras mudas, porque no hacen falta.

Navidad, dulce Navidad, me gusta y me recuerda a un amigo periodista y poeta español que piensa que la felicidad no es para etiquetarse en fechas, que no hace falta esperar la Navidad para dar un regalo, para abrazar a un amigo, para regalarse un poco de dulzura. Porque la vida está pasando, siempre está siendo independiente de nosotros y no hay que esperar para decirse me quiero o enamorarse. Sentarse en un parque a ver los niños rodar por la resbaladilla con la cara más divertida de este mundo. Creer que todo es posible y reír sin motivos aparentes. Pedir a Dios, “dame fuerzas, ayúdame”

Esta Navidad olvida la imagen, los prejuicios y disfruta. Complácete en eso que siempre has querido hacer, conversa contigo, bríndate un abrazo, sonríe a la imagen del espejo y dile que la amas. Haz una travesura, búrlate de tus poses y busca esa paz interior que tanto hace falta. Recuerda que tu ego siempre te hará creer que no vale la pena intentarlo. Pero tú, el ser que en verdad eres, sabes que sí vale la pena. Sabes que eres un ser divino y que todo lo que te rodea es una expresión maravillosa y extraordinaria de esa divinidad. Y sólo, reconociendo tu propia divinidad, puedes verla en los otros. Brinda amor, entrégalo sin condicionamientos y no importa si la persona que está frente a ti sabe de su divinidad. Basta que tú lo sepas para que le honres.

Esta Navidad si tienes mucho o poco, da gracias y sueña sin límites. La vida puede ser todo lo dulce que tú quieras. Confía en Dios, siempre tiene algo que darte y seguramente será bueno.

La Navidad hay que disfrutarla, no te impongas nada, escapa de toda victimización del ego: la apariencia, la imagen perfecta, las etiquetas. En verdad, eres tan hermoso, que te asombrarías. No necesitas buscar nada afuera. Sólo acéptate, así como eres ahora, y permítete brillar y todo será luz a tu alrededor. Permite que esta Navidad, su dulzura conquiste tu corazón y cuando nadie te vea, entra a ese silencio que es sólo tuyo, allí en el centro de tu pecho, y amorosamente, suavemente susúrrate cuanto te amas y da gracias a Dios, por el mayor de todos los milagros: tu vida. Bendiciones. ■

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