Ayotzinapa: por la ruta de la autoalteración democrática

Ayotzinapa: por la  ruta de la autoalteración democrática

Las resonancias que continúa provocando la sola evocación de Ayotzinapa en el imaginario social y político de la sociedad mexicana, tiende a decantarse en dos polos: por un lado, el polo de un nuevo imaginario social y político heterototalitario, concepto con el que hago referencia, a la metamorfosis socialhistórica en curso, cuya meta sería la entronización de una situación anómica, con una criminalidad instituida; el imperio del caos al servicio del “establishment”. Un proyecto, que de llegar a su realización plena, nos arrastraría –a todos y a todas- hacia una brutal regresión, que de afirmarse, nos condenaría a un estado de excepción, de guerra social larvada/permanente. En suma, por esta vía el escenario es el de la prolongación sin fin, de la pesadilla en que habitamos, hasta que nos sacudió la crueldad de ese crimen de lesa humanidad, y la digna búsqueda de los familiares y compañeros de estudios, constituyéndose de ese modo, en un parteaguas socialhistórico, en esas encrucijadas nos posicionamos, buscando –con todas nuestras limitaciones, y con aquellas obligadas e impuestas por el tiempo mismo: no existe ninguna ciencia del futuro- ir bordando ideas, para avanzar en la elucidación del mapa o de los mapas) que van emergiendo de las propias creaciones socialhistóricas en curso.

No parece razonable aceptar colectivamente continuar por el camino trazado por el imaginario heterototalitario, se trata literalmente de un camino sin salida, que es al mismo tiempo una línea de fuga suicida/criminal. Más aún, si consideramos en un sereno análisis colectivo, las diversas aristas de la crisis civilizatoria que se extienden a lo largo y ancho del siglo 21 (ecológica –cambio climático, pico del agua-, alimentaria, energética –pico del petróleo-, económico/financiera, militarización armamentista, etc.).

Bajo esas condiciones, mantener el rumbo actual, más y más industrialización, más y más militarización, más y más crecimiento del PIB, más y más privatizaciones, más y más deterioro ambiental,  sería casarnos con las más irracionales decisiones, -y, poco importa que sean tácitas o explícitas-, que guardemos silencio, o que cínicamente las convirtamos en profesiones de fe. Efectivamente, nos seguiríamos hundiendo -poco a poco o aceleradamente, una vez rebasados determinados umbrales- en una fase histórica donde nos avasallaría la locura engendrada por la barbarie, ése es el “autoretrato” que Ayotzinapa nos ha permitido objetivar de nosotros mismos, reventando la “burbuja”, mediáticamente inflada, de un imaginario neoliberal armado, y su deriva heterototalitaria.

Pero, es obvio que cambiar esta demencial hoja de ruta, por otra comprometida con la segunda alternativa, la de la dignidad, la de la exigencia de justicia,  nos exige ir más allá, calar más hondo. Asumirnos como portadores de una verdadera “ruptura democrática”, convirtiéndola en una auténtica “forma de vida”, en una política de autoalteración. Lo que supone, evitar su habitual degradación instrumental, cuando la reducimos al puro cálculo estratégico.

Considerada de este modo, sólo puede convertirse en una alternativa real, si logramos crear nuevas significaciones imaginarias sociales, encarnadas en instituciones, en prácticas que reinventen la vida cotidiana, la amistad, la relación amorosa, las desigualdades de género, las generacionales, la hospitalidad con los extranjeros, las relaciones en el trabajo, el verticalismo entre gobernantes y gobernados, transformando los modos de participación en la toma de decisiones, etc.

Partiendo –siempre- de un nuevo orden de sentido, necesitamos (re)crear una significación central, capaz de organizar todos los elementos en torno a un núcleo potente y radical. La autonomía individual y colectiva (con ambas alas), parece haber formado –históricamente- ese núcleo, erigiendo ese otro polo –antinómico- al dominante, cuyo eje central es el de la autoinstitución lúcida, explícita, permanente de la sociedad que somos (por la vía de una radicalización democrática). Si esta hipótesis es correcta, necesitamos retomar y relanzar ese envión que hunde sus raíces en el humus histórico de las más altas conquistas civilizatorias, o de sus derrotas, desentrañando esas diversas creaciones, sus eclipsamientos, sus posibilidades de nutrir un proyecto, y –sobre todo- su capacidad para volverse -de hecho y de derecho- instítuible, aunque su eventual realización –o su abandono- dependa enteramente de nuestra propia creatividad.

Para realizar esta inmensa tarea política (y ética), psíquica/ intersubjetiva, pedagógica, estética, debemos voltear en múltiples direcciones, necesitamos entender, entre otros puntos, las formas en que podemos articular la autonomía y la solidaridad, la igualdad, la libertad y el amor. En la medida en que el heterototalitarismo, pone en marcha un proceso de destrucción del vínculo común, es decir, establece un proceso de aniquilación de la política.

Qué pasaría si procuramos vincularnos a Ayotzinapa, como Erich Fromm concebía la relación psicoanalítica donde…  “El analista analiza al paciente, pero el paciente también analiza al analista, pues éste al esclarecer el inconsciente del paciente, no deja de esclarecer su propio inconsciente. Por ende, el analista no sólo cura al paciente, sino que es curado por él”. ■

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