Subjetivaciones rockeras / Arte, rock y transformación

Subjetivaciones rockeras / Arte, rock y transformación

Leí hace unos días una nota referente al Guitar Town, un proyecto artístico en el que se conjugan las artes plásticas y el rock. Quizá no tenga nada de novedoso el hecho de que el rock dé motivo para la creación de otras expresiones artísticas o viceversa; el detalle en esta ocasión es la monumentalidad de la obra, así como algunas de las figuras que participan, entre las que encontramos a uno de los más importantes maestros de la plástica mexicana: Sebastián, así como diversos e importantes rockeros convocados. La citada exposición se exhibirá hasta el próximo 30 de noviembre en el trayecto que va del monumento a la Independencia a la glorieta de la Diana.

Sin duda, la muestra dará una vista diferente a este paseo de la ya de por sí cosmopolita ciudad. Qué bueno que en una urbe de esta magnitud, si bien poseedora de una importante cantidad de problemas, también de proyectos que la ubican como una de las más vanguardistas del planeta, se dé esta apertura a movimientos culturales y artísticos que en otras latitudes, a estas alturas del partido, sean ninguneados debido a prejuicios que se vienen arrastrando desde hace varias décadas y que, lamentablemente, no se han podido superar. Sería genial que este tipo de ejercicios artísticos multidisciplinarios fueran cada vez más frecuentes y que salieran de las grandes ciudades, es decir, que se replicaran en el mayor número de lugares, claro, en la medida de las posibilidades.

No obstante, creo que para que eso suceda, hace falta, más que uno o varios proyectos geniales, la suma de voluntades de actores, organizaciones e instituciones. Aterrizar ese tipo de ideas no es cosa que se dé de la noche a la mañana, no se trata de ocurrencias o caprichos de algunos pudientes; es cierto que es necesario el apoyo en todos los sentidos, pero creo que en estos casos vale más la visión, la inventiva, la imaginación, la creatividad, la iniciativa e, insisto, la suma de voluntades. De poco sirven las intenciones cuando no se aterrizan. Imaginemos una ciudad como la nuestra, con toda su belleza sirviendo de escenario para un proyecto de esa naturaleza (y ya no digo en el que el rock esté involucrado necesariamente), en el que el arte irrumpiera por cada esquina, sacando a los transeúntes de su cotidianidad, de lo rutinario de sus vidas.

Recuerdo que hace varios años se comenzó a desarrollar aquí un festival de arte urbano, en el que se involucró una importante cantidad de artistas pertenecientes a diversas disciplinas creativas; dicha fiesta se desarrolló, si la memoria no me falla, por tres ocasiones; las propuestas que se presentaron, que en un principio iban de lo transgresor e ingenioso a lo ocurrente, poco a poco comenzaron a adquirir un concepto mejor definido, invitaban al marchante a detenerse y a admirar o interactuar con la propuesta; honestamente, desconozco qué motivos fueron los que propiciaron su desaparición, no abogo porque se vuelva a realizar, ya que pienso que si bien, debe haber proyectos y planes previos para llevar a cabo una “intervención” artística en la vía pública, ésta debe contener siempre una buena dosis de espontaneidad, de irrupción.

Por otro lado, creo que las posibilidades de ese tipo de proyectos multidisciplinarios pueden ir más allá de la sorpresa, del mero rompimiento de la rutina; pienso que también nos puede llevar, quiéranlo o no, a la reflexión, al ejercicio de la conciencia. He insistido en otras ocasiones que si bien, el arte no tiene ninguna función o utilidad, no ha dejado desde sus albores de cuestionar la realidad en la que se produce, de poner énfasis en los vicios y virtudes de la sociedad, de demostrarnos aquello que nos resistimos a ver, en pocas palabras, de movernos al acto reflexivo, y el rock desde luego, no ha sido, ni en lo más mínimo, la excepción.

El arte (incluido, desde luego, el rock), a través de los tiempos, ha sabido captar con mayor precisión y honestidad el estado de cosas prevalecientes, poniendo consciente o inconscientemente el dedo sobre la llaga. El rock, en un momento de su historia, jugó un papel determinante al darle voz a una juventud que parecía inexistente o, en el mejor de los casos, muda. Este género musical fue uno de los principales promotores en abolir una gran cantidad de prejuicios enraizados en una sociedad anquilosada, en la que los tabúes, los fetichismos y los dogmas eran el pan nuestro de cada día, y en la que el pensar distinto y defender una postura que chocara con las normas morales establecidas, era condenado severamente por los no pocos guardianes de la más chata y miope de las moralinas.

Me refiero a aquella sociedad que vivía en una permanente doble moral, misma que permeaba todos los ámbitos de la sociedad, y que de facto concebía a los jóvenes y a los adolescentes como meros delincuentes; ¿quién no ha escuchado sobre los acosos autoritarios a los que eran sometidos los jóvenes cuando, por la razón que se quiera, portaban alguna imagen del “Che” Guevara, por poner un ejemplo? El rock, en la medida de sus posibilidades, luchó contra todas esas manifestaciones dictatoriales y de tiranía, con lo mejor que sabe hacer: música. Insisto, veo en el arte un verdadero motor de cambio, generador de conciencia (ejercicio intelectual hoy de alto riesgo). Creo que hubo cambios, algunos se siguen viendo, sin embargo, vale preguntarse: ¿Habrán quedado atrás esos tiempos? ¿Realmente se ve en la actualidad a los jóvenes con la dignidad que merecen? ¿Dejó de ser “delito” ser joven? La respuesta, diría Dylan, sigue “flotando en el viento”.

Por último: ¡Vivos se los llevaron, y vivos los queremos!

 

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