El canto del Fénix

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Alerta sanitaria: Discursitis obtusa

Como un servicio social, alerto sobre la avasalladora difusión de la epidemia de discursitis obtusa. Se propaga más recientemente en ceremonias oficiales, informes de gobierno, entrevistas, brindis, premiaciones, verbenas, congresos, exposiciones de diapositivas, graduaciones, bodas civiles, inauguraciones, nochebuenas y otra que otra petición de mano. El número de oradores inscritos y sus afanes por hablar durante más tiempo “para quedar bien” lo confirman.

La discursitis (del griego discurrere: correr a través de, entendido como recorrer o tratar diversos temas; y del sufijo –itis: inflamación) consiste en un ensanchamiento inútil de la intervención oral pública. Se habla por hablar, y abusando de palabras y expresiones mal llamadas “domingueras”. Como síntomas iniciales se identifican expresiones como “En esta íntima ternura del ocaso”, “Me permito agradecer la deferencia”, “Me felicito en verdad por la grata realización de…”, “Ciertamente procedemos ahora…”, “La cúspide de todo anhelo”.

Tengan cuidado con accesos de expresiones yoyoístas que aquejan a esos enfermos: “Yo siempre he dicho”, “Yo he pensado”, “Fíjense que yo”, “A mí siempre me ha parecido”, “Les doy a decir cuál es mi opinión personal muy subjetiva”.

A la más reciente mutación de la discursitis se le ha calificado como obtusa por carecer de toda genialidad y originalidad. Se recurre a frases célebres de Einstein o Gandhi. Se extraen jaladas como ésa de que “El que no vive para servir no sirve para vivir” o de plano se citan frases de eso que llaman motivadores personales.

La discursitis obtusa es un padecimiento que no afecta al portador sino a quienes se colocan frente a éste. Maestros de ceremonias y locutores pueden contraerla cuando faltan a su obligación de ser breves y caen en digresiones. Presentar a una persona o canción es tal, no más.

Tras presenciar algunos desplantes, diversos portadores de este mal han llegado a decir que es una falta de educación que los demás se salgan a la mitad (o tercia parte) del discurso que ellos emiten. Lo que debe dejarse en claro es que más falta de educación constituye tener sentados (o parados) a los demás y aburrirlos con dieciocho o veinte o treinta y siete minutos de sus pend… tonterías.

Por lo general, una ceremonia no debería tener más de tres oradores. Los tres deben ser breves en sus intervenciones. A quien se le asigna “dar la bienvenida” sólo debe… dar la bienvenida, no platicar a los asistentes qué pensaba anoche mientras acariciaba a su gato llamado Eustaquio, a quien le gusta sólo leche deslactosada, o cuál es su sabor de jugo favorito (de él, no del minino).

Quien se coloca frente al público para hablar debería evitar hacerlo con siete u ocho cuartillas entre sus manos. Debe aplicársele pamba si se pone a leerlas. Si además las lee sin mirar una sola vez a sus oyentes, debe ser bañado cuidadosamente con ácido clorhídrico. En este caso, el escarmiento sería eficaz y daríamos un paso más para una mejor sociedad.

Lo anterior aplica también para la presentación de diapositivas. Los asistentes tienen la obligación de  someter al exquisito ritual de “calzón chino” a quien llegue con diapositivas llenas de textos. Lo máximo deberían ser cuatro renglones en cada una, y sintéticos. Se recomienda a quienes conforman el auditorio que propinen puntapiés a quien presente diapositivas y se limite a leer lo que contienen.

La discursitis obtusa también puede encontrarse en artículos periodísticos. Para evitar contraerla, termino la redacción de éste. ■

 

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