El rayo en la pestaña

El rayo en la pestaña
Sin título. Autor: Juan Carlos Villegas.

La Gualdra 480 / Elucubraciones

 

 

A la distancia, uno siempre ve las cosas de manera imprecisa. Es una evidencia óptica que casi no merece ser debatida. Al mismo tiempo, alejarse de lo observado permite, a veces, descubrir detalles que solo el holismo es capaz de revelar. Si bien nunca dejé de contemplar a México desde la lejanía, no cesa de ser, para mí, una inagotable fuente de perplejidad. De niño, yo admiraba la épica revolucionaria mexicana, las virtudes democráticas y pedagógicas del muralismo, y una suerte de orgullo indigenista (por lo menos así lo percibía yo a través de su arte mural) del que carecía mi propio país. Más adelante, supe que México había sido gobernado, durante 70 años, por un solo partido; y las tres palabras que lo nombran constituyen, a mi entender, un puro oxímoron, agravado cínicamente por la duración de su reinado. A miles de kilómetros de distancia, hago esta afirmación, no por dar una opinión política, sino como una razonable observación semántica.

Mi perplejidad creció drásticamente hace unas semanas, cuando se difundió en Francia una investigación sobre el asesinato de la periodista mexicana Regina Martínez (Projet Cartel), realizada por un equipo internacional de periodistas encargado de llevar a cabo, hasta el fin, las investigaciones impedidas por la muerte violenta de periodistas del mundo entero. En este reportaje me enteré, con absoluto estupor, que dos ex gobernadores de Veracruz (cuyos nombres prefiero callar), implicados en una tétrica trama de corrupción, invocaron el improbable pretexto de haber ganado, cada uno, dos veces la lotería, a modo de justificación de su opulenta y repentina fortuna. Primero, esto me dejó atónito, por el descaro del dispositivo retórico, que equivale a declarar que el rayo cayó cuatro veces sobre la misma pestaña, y luego me hizo reflexionar.

Más allá de la desfachatez, e incluso de la culpabilidad o inocencia de los susodichos, ¿qué nos enseña su soberbio artilugio sobre el azar? Yo, por prudencia y por cobardía, siempre adopté en toda circunstancia una postura ultra pesimista. Considero que, sobre cualquier tema, basta con sentarse a esperar un poco para que las cosas acaben mal. Y en definitiva, la Parca termina ineluctablemente dándome la razón. Pero como, habitualmente, no siempre sucede lo peor (no de entrada, por lo menos), voy recorriendo la existencia prácticamente a resguardo de la decepción. En este sentido, el pesimismo a ultranza me protege y, casi diría, me procura cierta felicidad (bueno, estas son palabras mayores, que merecerían una crónica entera). Alguien decía que el optimista es un imbécil feliz, y el pesimista un imbécil infeliz. A mí me consta que el pesimismo me da la impresión de ser yo tremendamente suertudo. Quizás no tanto como los dos gobernadores, pero eso está por verse.

En más de una ocasión, me tocó vivir episodios tan improbables que serían descartados, sin miramientos, de cualquier relato de ficción o película fantástica. Y sin embargo, sucedieron. El primer rayo me cayó un día en que fui a visitar, por primera vez, a unos nuevos conocidos. Cuando llego a un hogar, siempre me atrae mirar la biblioteca (cuando las hay). Es algo que me informa, inmediatamente, sobre posibles afinidades o desencuentros. En este caso, mi mano agarró, casi al azar, un libro que se distinguía de los demás porque parecía más desprolijo o, por lo menos, menos rutilante. Lo tomé distraídamente, prácticamente sin mirar el título, y lo abrí en una página cualquiera. Ahí leí, y juro por el dios de los ateos que es verdad: “Guillermo Nemirovsky opina que la lengua no debe ser objeto de analogías biológicas”. Durante un instante, breve pero infinito, me quedé como levitando en una nube de desconcierto. Sentí que ingresaba en una especie de realidad paralela en la cual un libro, un libro cualquiera abierto en cualquier página, tenía la facultad de explicarme a mí lo que yo pensaba. Confieso sin tapujos que se me aflojaron las rodillas, y que me puse a tartamudear algo ininteligible, como para alertar a mis huéspedes de la inminencia del desmoronamiento del universo. La explicación era, en cambio, asaz prosaica pero no menos improbable. Se trataba de un ejemplar, del que yo desconocía hasta la existencia, de las actas de un coloquio sobre la alteridad al que había asistido muchos años atrás, en el que me había empecinado en contradecir a un ponente, creo que por mera animadversión. Mi anfitriona lo había comprado, siendo tal vez la única compradora, lo había colocado en el estante y, acto seguido, lo había olvidado por completo. Esta fue, para decirlo en términos veracruzanos, la primera vez que me gané la lotería.

Estoy convencido de que, si uno examina su pasado, siempre encontrará episodios en los que el azar parece someter a la realidad, desmenuzando bajo su imperio el universo entero. Pero, a la diferencia de los dos gobernadores, en nuestras vidas, la casualidad no suele monetizarse. La realidad ya es, de por sí, un accidente de lo más improbable. Se mire donde se mire, toda la materia que la vista abarca fue forjada en el corazón de alguna estrella muerta. Saber que las partículas que componen cualquier objeto, por nimio que parezca, proceden de esos cataclismos cósmicos, me hace verlo como un prodigio de la historia universal. Cada átomo es una pestaña, y cada instante un rayo. ¿Habrán pensado en esto los insignes gobernadores? ¿O solamente confiaban en nuestro candor?

 

 

*Traductor, profesor de la Universidad d’Evry-Universidad Paris-Saclay.

 

 

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