El movimiento cultural mexicano: años veinte a cuarenta [Primer parte]

El movimiento cultural mexicano: años veinte a cuarenta [Primer parte]
Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco.1947. Archivo Cenidiap, CDMX.

La Gualdra 478 / Libros / Op. Cit.

 

Lejos se encuentra la Revolución Mexicana. Ese gran acontecimiento histórico, que junto a la insurrección que hizo posible el establecimiento del primer régimen socialista del mundo moderno, marcó la ruta del siglo XX. Aunque con el tiempo, dicho por el gran escritor y pensador mexicano José Revueltas (1914-1976), la centuria no terminaría signada por la esperanza y el cambio sino por la descomposición de sus mejores impulsos, ejemplificados en los llamados procesos de Moscú y la Caída del Muro, pese que esta última no sería vista ya por el -siempre rebelde- autor de Los muros de agua.

Hasta hace poco unos años invocada por unos y otros, la Revolución Mexicana fue sin duda parteaguas del México del nuevo siglo, construido asimismo con los esfuerzos que le antecedieron, los de la Independencia y la Reforma. A partir de la Revolución, de lo sucedido entre 1910 y 1917, fechas que la mayoría de los historiadores establecen como “el periodo”, el país prosiguió con nuevos y acelerados ritmos en la conformación de una cultura nacional. Pincelando, cincelando, imaginando una cauda de expresiones artísticas y creatividades de diverso cuño.

Desde 1910 y hasta llegados los años 40, la literatura, la pintura, la música, el pensamiento… tuvieron en la Revolución su matriz, el punto de partida hacia realidades inexploradas -bellas nuevas realidades- que permanecen aún vigentes y alentando otras.

Sirvan las siguientes líneas como una evocación, nunca dictada ni rigurosa, a la cultura de esos años.

 

Revolución

Desde la práctica de la más fina ironía, el novelista Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) reflexionó así sobre nuestra Revolución Mexicana:

“Cuesta trabajo recordar que nació como un impulso arrollador para arrancar de su pedestal a un figurón monolítico, que sus primeros veinte años son, en realidad, una sucesión no interrumpida de acusaciones de traición y de actos de desconocimiento, que al alcanzar su mayoría de edad pasó por un periodo francamente socialista, y que al llegar a su madurez tuvo necesidad de reconocer la existencia de ciertos problemas fundamentales de supervivencia y que se vio obligada a claudicar en muchos terrenos”.[i]

Sería al influjo de la Revolución Mexicana, lo mismo desde sus legítimos impulsos sociales como de sus políticas e instituciones, que en el país comenzó a conformarse una cultura nacional moderna (si bien no exenta de algunas de las particularidades de los movimientos decimonónicos: la Independencia y la Reforma). Lo que no excluyó los esfuerzos individuales de artistas e intelectuales, ubicables en su mayoría en los espacios de la izquierda (partidista o no).

Completado el calendario revolucionario más crítico, los años veinte comenzaron con un magnicidio y terminan con un fraude electoral. “El 21 de mayo de 1920 muere asesinado en Tlaxcalantongo el presidente constitucional Venustiano Carranza -recuerda el crítico literario Emmanuel Carballo (1929-2014)-. Las balas que lo acribillan las disparan (o las mandan disparar) hombres que hasta hace unos meses lo consideraban el Primer Jefe de la Revolución. Terco, vanidoso y utópico don Venustiano paga con su vida el no haber entendido el momento histórico por el que atraviesa el país”.

“Civilista apresurado trata de imponer como sucesor en la presidencia al ingeniero Ignacio Bonillas, políticamente un desconocido, e ignora las legítimas aspiraciones de dos militares que, junto con Villa, le dieron el triunfo sobre el huertismo: Álvaro Obregón y Pablo González. (Los civiles llegarán al poder muchos años más tarde, el 1 de diciembre de 1946, con Miguel Alemán.) Carranza muere con un candor y austeridad que en muchos aspectos se confunden con la grandeza”.[ii]

Considerado durante años como “el niño terrible” de la crítica literaria mexicana, Carballo acierta en la identificación de los aspectos “más revolucionarios” del gobierno obregonista: la cultura y el arte, como del protagonismo de una de las figuras más importantes de la cultura nacional de aquellos años. Escribe:

“Primero en la Universidad Nacional, a la que encauza y programa, y luego en la Secretaría de Educación, que existe gracias a él, José Vasconcelos fija las líneas más auténticas y perdurables de lo que fuimos y ya no somos en uno y otro aspectos. Vasconcelos es el gran hallazgo de Obregón, y sin Obregón, Vasconcelos no hubiera llegado a ser Vasconcelos. En ocasiones, como en este caso, los generales tienen una visión más amplia que los políticos civiles, urbanos, instruidos y, quién lo pensara, menos afectos a la cultura”.[iii]

José Vasconcelos (1882-1959) tuvo la confianza del presidente en turno. Y la aprovechó. Surgido del pensamiento más avanzado de las postrimerías del porfiriato, y perteneciente como Alfonso Reyes, Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña y Martín Luis Guzmán al Ateneo de la Juventud, se abrazó a la política y la administración públicas con audacia. Los planteamientos económicos y sociales son sustituidos en su actuar por los éticos y estéticos, acota Carballo.

Prefigurada por el propio Vasconcelos como un “organismo flexible, ilustrado y poderoso que haga sentir su acción donde quiera, jamás entorpecedora, siempre vivificante”, la Secretaría de Educación Pública (SEP) nace el 5 de septiembre de 1921. La semilla para el nacimiento de un nuevo magisterio, artistas plásticos, músicos y compositores, la divulgación del libro, la alfabetización, la educación indígena… quedó sembrada.[iv]

 

Muralismo

1922 fue un año crucial para la cultura y el arte nacionales. Mientras que Mussolini toma el poder en Italia y James Joyce publica Ulises en Irlanda, los pintores David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco, entre más, se lanzan a la aventura de expresarse en los muros de los edificios públicos más representativos de entonces. El proyecto es más que palpable.

Será el Antiguo Colegio de San Ildefonso donde la fuerza del después llamado muralismo mexicano mostrará sus grandes virtudes. Una, tal vez la más significativa, plasmar mediante su arte la historia del país, los mitos y el pasado prehispánicos y la lucha de emancipación de sus pueblos.

De acuerdo a Octavio Paz (1914-1998), los tres grandes del muralismo mexicano trajeron al escenario del presente hombres y mujeres hasta entonces ausentes de toda manifestación artística. Joven preparatoriano, quien a la postre sería Premio Nobel de Literatura (1990), Paz recuerda así esos espacios y muros:

“Era espaciosa [la Escuela Nacional Preparatoria] y sus columnas, arcos y corredores tenían nobleza. Otra atracción: las pinturas murales de Orozco, Rivera, Siqueiros, Jean Charlot y otros. El primer fresco de verdad fue obra de Jean Charlot, pero usó cemento y otros ingredientes que dañaron los colores. Ramón Alva de la Canal tuvo el buen sentido de escuchar a uno de los albañiles que trabajaban con él y se sirvió de la técnica popular con que se pintaban las pulquerías. Rivera aprovechó más tarde, con talento, esta técnica; el primer mural que pintó estaba en mi escuela”.[v]

En resumen de Lelia Driben, la novedad de los muralistas consistió “en rescatar una parte de la sociedad mexicana, la indígena, campesina, marginal, para darle el lugar dignificado que el sistema político le había negado. Es decir, recogen, en sus pinturas, a los mismos sectores que protagonizaron la Revolución Mexicana”.

Lo pincelado por los artistas difiere sustancialmente con lo hecho hasta entonces en el país y llega a tener “puntos de coincidencia” con el realismo socialista, que para entonces comenzaba a entronarse en muchas áreas de influencia planetaria.

“En sus relaciones con el poder político o con el sistema imperante -detalla Driben-, Diego realizaba una pintura que se mueve entre el civismo y la crítica al mismo. Siqueiros fue más frontal, incluso en su compromiso concreto con los procesos revolucionarios. Al involucrarse llegó a cometer errores gravísimos (como el intento fallido de atentado a León Trotski) y excesos que pagó con años de cárcel. Pintor de imágenes desmesuradas y hombre de acción -como pocos creadores llegan a serlo en este segundo aspecto-, conoció y se introdujo a fondo en las contradicciones -con sus momentos lumínicos y sus tenebrosidades- de un ideal que en sus comienzos buscó sustentar un modelo social y humanista justo que nunca se cumplió. José Clemente Orozco fue el más anárquico de los tres”.[vi]

Concluye Driben: “en su mayor momento el muralismo conformó una singular y controvertida vanguardia en México, al compás de una sociedad que afloraba de la gesta revolucionaria y comenzaba a difundir cambios en la sociedad y en el estado-nación”.[vii]

La presencia inobjetable de los muralistas, también eje de lo que se denomina Escuela Mexicana de Pintura, derivaría más adelante en la conformación de colectivos de mayor compromiso político y social como el grupo 30-30, la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios y el Taller de Gráfica Popular.

 

[Continuará]

 

* El presente texto forma parte del Libro 2. Movimientos sociales, de La izquierda mexicana del siglo XX, coordinado por Arturo Martínez Nateras, edición del FCE / UNAM, donde el autor da cuenta de la fortaleza de la izquierda en la vida del país entre las décadas de los 20 y 40, reflejada en el movimiento cultural.

 

[i] Jorge Ibargüengoitia, “Sesenta años de gloria. Si Villa hubiera ganado”, en: Instrucciones para vivir en México, Joaquín Mortiz, México, 1990, p. 51.

[ii] Emmanuel Carballo, Párrafos para un libro que no publicaré nunca, Conaculta, México, 2014, p. 127.

[iii] Ibid, p. 129.

[iv] “El impulso a las bibliotecas y escuelas implicó también el impulso a la imprenta. Los tirajes de libros impresos fueron muy importantes durante esa época. Los Talleres Gráficos de la Nación, creados en 1923, cumplieron una labor medular en lo que se refiera a los libros y textos escolares. Se publicó literatura, economía, sociología, historia del arte, traducciones y versiones accesibles de obras fundamentales a través de la colección Lecturas Clásicas para Niños. El anhelo de Vasconcelos por “inundar de libros al país” se convirtió en un desafío. Asimismo, advirtió la importancia de desarrollar un ámbito editorial para los niños, fuera del criterio globalizador de los libros de texto. Se promovió, en consecuencia, la necesidad de efectuar ediciones con grandes tirajes para apoyar las campañas nacionales de alfabetización y el fomento al gusto por la lectura. El gran proyecto vasconcelista sentaría las bases de una concepción educativa nacional que, en el proceso de reconstrucción nacional, adquirió dimensiones insospechadas”. En: Rafael Tovar y de Teresa, Modernización y política cultural. Una visión de la Modernización de México, México, FCE, 1994, p. 37.

[v] También soy escritura. Octavio Paz cuenta de sí, Edición de Julio Hubard, FCE, México, 2014, p. 33.

[vi] Jorge Ibargüengoitia, “Sesenta años de gloria. Si Villa hubiera ganado”, en: Instrucciones para vivir en México, Joaquín Mortiz, México, 1990, p. 51.

[vi] Emmanuel Carballo, Párrafos para un libro que no publicaré nunca, Conaculta, México, 2014, p. 127.

[vii] Lelia Driben, La Generación de la Ruptura y sus antecedentes, FCE, México, 2012, p. 16.

 

 

 

 

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