Europa y la desmemoria

Europa y la desmemoria

La Gualdra 477 / Elucubraciones

 

 

En algunas costas europeas, o en las excrecencias de Europa como las Islas Canarias, en contadas ocasiones, se pueden ver los improbables esquifes que, con mucha suerte, culminan una arriesgada travesía hacia el “viejo continente”. Llevan nombres pintorescos o exóticos: pateras, cayucos; y arriban atiborrados de personas casi inánimes, corroídas por la sed, y como borrachas de una mezcla absurda de última esperanza y extrema desesperación. Son los que huyen de la locura de su tiempo, la inclemencia de las sociedades en las que les tocó nacer, los rigores de las tiranías, la pobreza prometida o el sometimiento del hambre. Son, sin duda alguna, los seres más vulnerables que nuestra época canalla pueda engendrar. Parias entre los parias, en la tierra y en el mar. A veces, los medios difunden imágenes surrealistas de bañistas estivales, estupefactos de ver llegar un puñado de miserias agolpadas entre fragilísimos maderos, con la muerte en la mirada y el asombro de haber sobrevivido. Estos Ulises de odiseas sin gloria, despojados hasta de su dignidad, tras un brevísimo arrebato de solidaridad playera, van a tener que darse de bruces con una perversa e ingeniosa burocracia que los mantendrá casi siempre en un limbo legal, a la merced de nuevas persecuciones y de las versiones modernas de la esclavitud.

Pero estos son los que llegaron, los que triunfaron de las olas, los que por suerte o por ciencia, supieron orientar sus barcas. Luego están, o más bien ya no están, los miles y miles que no lo consiguieron, los que se perdieron en el oleaje y desaparecieron, con sus sueños, en la vastedad del Mare Nostrum. Ningún radar, ninguna pantalla registra su tragedia, no perturbarán el sosiego de los bañistas ni alterarán el relato de nuestros noticieros. Desaparecieron, y nada más. El Mediterráneo se ha convertido (hasta es banal decirlo, y esta banalidad es de por sí profundamente indignante) en un cementerio de agua. Pero que nadie se confunda, no se trata de fatalidad, ese concepto tan cómodo que se suele convocar cuando de naufragios se habla. Este cementerio fue construido gota a gota, válgame la expresión, no por el empeño de migrar pese a los tremendos peligros que aguardan a los desdichados, sino por los obstáculos que se alzan, ley tras ley, en el camino de la supervivencia. Sólo en Francia, la patria de los Derechos Humanos, como también le gusta nombrarse, desde 1985 se han cambiado las leyes relativas a la inmigración y el asilo en 21 ocasiones, prácticamente una ley cada año y medio. Y cada cambio significó un escollo más, una dificultad suplementaria, una valla cada vez más infranqueable.

En gran parte de Europa, cunde un discurso que deshumaniza al migrante, por razones meramente electoralistas. Se le acusa de querer aprovecharse de la “generosidad” de las leyes sociales que “despilfarran” fortunas en favor de delincuentes. La ultraderecha ha conseguido asentar la figura del vividor que, desde el fondo de su remota aldea, estudia las ventajas y las desventajas de los sistemas sociales vigentes acá y acullá. No es infrecuente oír, en los medios de Francia, a intelectuales autoproclamados que propagan escandalosos improperios sobre los inmigrantes menores, “ladrones y violadores” por naturaleza. El mismo discurso estigmatizante prolifera, actualmente, en las paredes de Madrid, a través de la campaña electoral del partido ultraderechista Vox. Siempre habrá un juez amigo que no considerare estas incitaciones al odio como un delito, sino como una mera opinión, exenta de toda consecuencia. En algunos países europeos, como Hungría, la situación es aun peor, aunque casi no exista en sus tierras la tan temida inmigración.

No quisiera parecer ingrato: debo reconocer que, a mí, Francia me salvó la vida al otorgarme el asilo político en 1976, cuando tuve que huir de mi país en el que arreciaba una de las dictaduras militares más cruentas de la historia reciente. Pero no puedo olvidar que, si en aquella época hubiesen regido las leyes de hoy día, probablemente me habrían sometido a un regreso forzoso, con las consecuencias letales que podemos imaginar. No me corresponde hacer un balance de mi estadía en Francia, pero creo haber participado en su prosperidad y, como cada inmigrante, haber añadido mi valor al crisol de valores de la comunidad. Lo que tampoco puedo olvidar, pero que la desmemoriada Europa calla escrupulosamente, como si se tratara de una ficción sin vínculos con la realidad, es que antes de ser tierra de inmigración, este continente lo fue de emigración, una emigración caudalosa, por no decir desaforada. Entre 1820 y 1920, se calcula que más de 60 millones de europeos buscaron mejor suerte en otros continentes, transformando para siempre sus culturas y su sociología. Después de 1945, otros 15 millones emigraron a su vez.

En casi todos los lugares, principalmente en América Latina y en Norteamérica, el recibimiento fue, cuando menos, generoso (lo digo sin idealizar, sé perfectamente que en muchos países, esa acogida se concibió en detrimento de ciertas poblaciones autóctonas). Aun así, el Chile del Frente Popular (1939), por iniciativa del poeta Pablo Neruda, afretó un barco para llevar a 2200 refugiados republicanos españoles al país andino. El México de Lázaro Cárdenas acogió cerca de 20.000 refugiados (algunas fuentes citan cifras más altas), movilizando los recursos del estado para su recibimiento e integración. Cuando no huían de la guerra, los europeos también huían del hambre, como los irlandeses, o de la miseria, como los italianos. El despotismo también desplazó a millones de ciudadanos. En mayor o menor medida, todos se enfrentaron a las dificultades del exilio, obviamente. Pero el andamiaje cuasi distópico de las leyes actuales, que restringen de manera abrumadora las posibilidades de migrar legalmente a Europa, no se les aplicaba.

Cabe agregar un dato importante: las realidades inclementes de las que huyen hoy los candidatos al naufragio son, en cierta medida, pero no solamente, claro está, productos de la colonización. (Las élites locales africanas llevan, asimismo, una inmensa parte de responsabilidad, por no haber logrado construir un Estado estable y probo). Hace pocas semanas, el presidente francés, Emmanuel Macron, recibió un informe que concluía que el Estado francés no tenía razón alguna para presentar disculpas oficiales a Argelia, con el argumento de que la colonización fue cometida por generaciones anteriores. Se reconocen responsabilidades, pero no la necesidad de presentar disculpas o expresar arrepentimiento. Ahora bien, si Francia y buena parte de Europa son, aún hoy, tierra de prosperidad, esto se debe en parte a los saqueos y los crímenes del colonialismo. La desmemoria y la ingratitud de Europa siegan miles de vidas. De las riquezas robadas siguen viviendo, y para conservarlas, cierran las fronteras y los ojos, a no ser que estén en una playa de canarias, y se topen brutalmente con la realidad.

 

*Traductor, profesor de la Universidad d’Evry-Universidad Paris-Saclay.

 

 

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