Campos de Juan Aldama, Zacatecas

Campos de Juan Aldama, Zacatecas
Iglesia de San Juan Bautista, en el municipio de Juan Aldama ■ FOTO: CORTESÍA

Cuando en Oklahoma City o en otro sito me preguntan el lugar de mi nacimiento, en reportajes periodísticos o en cualquier parte, yo digo que nací en Juan Aldama, Zacatecas. Que la gloria y la buena fama caiga sobre el fresco, acuoso y generoso lugar. En todo el estado no hay pueblo tan sublime y resplandeciente como este, sin agraviar a los otros que son hermosos también. No quiero que mis palabras parezcan exageradas, pero dónde nací y crecí es un sitio agraciado por sus sembradíos inmensos de frijol, maíz, chile y alfalfa, pero sobre todo, por tener gente trabajadora y amable. Tiene espaciosas huertas de perón, peras y membrillo que regocijan el paladar y la vista. Goza de nopaleras y magueyeras que permite el usufructo cotidiano de aguamiel, quiote, tunas y nopales tiernos, que de haber probado López Velarde hubiera muerto otra vez, por su exquisitez. Posee varios manantiales como El Ojo de Agua y El Pozo de la Pila que hacen que el agua corra ruidosamente por el sistema de acequias. En la privacidad de los hogares la gente hierve el deleite y desnuda la lengua cuando ponen al fogón los platos típicos de asado de boda, menudo, pozole, birria, espinazo de puerco, pipián con papas del monte y gorditas de maíz. En ese pueblo ubicado al norte de Zacatecas miles de corazones han conocido el júbilo dentro de sí porque la tierra, el agua, el aire y el fuego han inventado la alegría y la dejan revolotear en el ambiente para ser sentida, olida, escuchada y vista.

Los campos utilizados para la siembra como La Laja, El Cielo Prieto, El Salto, La Cañada, El Cerro Mota, La Antena, El Palmar, El Palo Blanco y La Loma del Yeso se abren al son de los truenos y al tenor de la buena lluvia que cae sobre ellos. Los golpecillos de las gotas del temporal barren soledades, pobrezas y pesadumbres de jornaleros, ejidatarios, posesionarios (que son más de 3,003 y cuyas tierras se dividen en parcelas y tierras de uso común). Al terminar los aguaceros, las azules estrellas sonríen y hace guiños a sus habitantes que se inundan de ilusión. Después de la lluvia, los encharcados campos reflejan alegres huizaches, mezquites, chaparrales y gobernadoras. Es como si el Espíritu Santo bajara en forma de gotas de agua porque aún las ardillas, coyotes, conejos, tlacuaches despiertan mansos ante el tierno beso que recibe la tierra. Y si llueve en la tibia noche, los grillos estridulan con vigor. No importa que la neblina borre El Cerro Pelón porque cuando llega la claridad, los juanaldamenses disfrutan del fresco zacate verde. Cabe aclarar que los campos mojados de Miguel Auza, el pueblo vecino, tienen cara de llamarse Juan Aldama.

Además, el erguido pueblo está lleno de tradiciones que se han mantenido de generación en generación. Por ejemplo, los juanaldamenses se distinguen por ser buenos nadadores, es como si su almas habitaran en el agua. La mayoría de sus habitantes aprende a nadar desde la niñez. La natación es inculcada porque las familias acuden a menudo al balneario-manantial, El Ojo de Agua. Van con regularidad a sus orillas porque las mansas aguas producen tenues sonidos que revelan secretos mágicos de cómo encontrar la felicidad momentánea. Por eso, en ese lugar, las familias tiene la oportunidad de regodearse al nadar. Es como si recordaran repentinamente que Cristo caminó y apaciguó las aguas tempestuosas. No obstante, a veces los mensajes de las olas altaneras son ilegibles para algunos y lo único que consiguen es mojar las costras agrietadas de los pies. Eso sí, al unisón, los lisiados corazones suspiran al tocar el agua fría de El Ojo de Agua y al ver a los peces bipolares moverse con discordancia. Otra tradición que se ha mantenido a través de los años es la manera de esparcimiento entre las muchachas y los muchachos. Ellos salen los domingos a pasear a la plaza principal y a la alameda. Los jóvenes pueden verse, sonreír o piropear de cuando en cuando sin ocasionar molestias. Mientras tanto, los padres esperan sosegados la llegada de sus hijos porque es ordinario pasear e ir a bailar.

Desde otra perspectiva, las celebraciones religiosas y las seculares se han perpetuado y concertado con ostentaciones. Por ejemplo, la novena a San José que culmina el 19 marzo es conmemorada con la Danza de la Pluma y procesiones religiosas. Un mínimo de 48 hombres danzan durante el novenario portando máscaras rosadas, vestiduras floreadas, coronas hechas de flores de mixiote de maguey, sonajas y palmetas de plumas. Familias de todo el pueblo acuden a rezar, a ver las danzas y a comer antojos típicos. El festejo dura muchas horas por la combinación de actividades religiosas y mundanas, pero sobre todo porque el sito de su realización es una enorme escuadra de tierra enmarcada con enormes álamos y árboles de membrillos que contienen flores aromáticas. Otra celebración es el día de muertos, el 2 de noviembre. Las familias acuden al camposanto, celebran misa, limpian las lápidas y las adornan con arreglos florarles. Esos actos se realizan con gran ánimo y a veces pereciera que las familias compitieran para ver quien arrela mejor las lápidas. No hay premios para los más creativos, pero ganan la admiración de los demás. Con todo, esa celebración es moderada dado que son pocas las familias que ponen altares de muertos en sus espacios domésticos. No obstante, por la noche, algunas personas continúan con gran contento y alboroto. Por lo tanto, el día de muertos en Juan Aldama se compara hasta cierto punto a las fiestas que describió Octavio Paz: “La Fiesta es una Revuelta… Todo se comunica; se mezcla el bien con el mal, el día con la noche, lo santo con lo maldito”. Es decir, en la mañana se reza pero en la noche se baila, se come y se bebe alcohol. La gente tiene la posibilidad de bailar, comer y beber porque ese mismo día se celebra la Feria Patronal del pueblo que ofrece un gran número de eventos como programaciones artísticas, actividades culturales, ventas de artesanías, bebidas, juegos mecánicos y coronación de la reina de las fiestas.

Evidentemente, no todo es fiesta y alegría, el pueblo tiene aspectos que varían de lo blanco a lo oscuro. Una tonalidad apagada es la alta migración de sus habitantes, específicamente cuando tiene tintes de destierro. En efecto, migrar no es malo, pero en momentos puede ser una actividad sombría. Ejemplo de ello es la vida de Olga. Ella nació a mediados de los 70s. Solamente tuvo la oportunidad de percibir estudios primarios. Por ende, su campo de empelo fue limitado y mal pagado. Además, tenía la difícil tarea de mantener a sus dos hijos dado que era madre soltera desde la adolescencia. Un día se le subió el azúcar de las tunas a la cabeza y decidió migrar a los Estados Unidos. Era un martes cuando comió tunas, no obstante, para el domingo cuando nadaba por el Río Bravo todavía sentía transitar el azúcar en sus venas y arterías. Parecía que la fruta le había dado energía y destreza para cruzar con rapidez y cautela la frontera. La patrulla fronteriza no la interceptó. 15 años después, ella seguía en el país norteño enviando remesas para que sus hijos pudieran recibir una educación y llevar una vida normal en su querido Juan Aldama. Repentinamente enfermó, fue desahuciada y murió. No tuvo la oportunidad de ver a sus hijos de nuevo ni de regresar a su pueblo. Su cuerpo fue sepultado en un país extraño para ella. Entonces, las situaciones en que vivió, pueden ser vistas como consecuencias de nacer en un pueblo que a veces desnaturaliza de manera indirecta a sus habitantes.

Obviamente, el pueblo ama a todos sus residentes, pero hay quienes huyen de sus lares por considerar que reciben infecundo y escaso amor de parte de él. Tales fueron los casos de las hermanas Carola y Simona. Ellas crecieron, amaron y se educaron en el encantador pueblo, pero en plena juventud decidieron migrar a Kansas en busca del sueño americano. Actualmente, han realizado sus sueños a medias, aún así han recibido más de lo que algún día les ofreció su amado terruño. Viven en casas decentes, tienen trabajos decentes. Sus hijos nacieron en el corazón de los Estados Unidos. Sus salarios les alcanza para darse pequeños paseos, para cuidar sus figuras en gimnasios y para pagar tratamientos para el cuidado de la piel. Desafortunadamente, también viven apesadumbradas porque no pueden regresar a su pueblo, no pueden ver a sus padres ni amigos, no pueden salir del país que las acogió, no pueden comer panes-cemitas o atole en la plaza Zaragoza. Desde el primer día que llegaron a las Grandes Llanuras pusieron sus esperanzas en cada administración presidencial estadounidense, para recibir una amnistía migratoria y así volver de cuando en cuando a Juan Aldama. Han anhelado recibir sus Green Cards a través de Bill Clinton, de George W. Bush, de Barak Obama, de Donald Trump y de Joe Biden. Ahora más que nunca, sus zozobras se han incrementado a causa de la pandemia, pero pareciese que su tierra natal fraguó un embrujo en contra de ellas para evitar sus retornos.

Más allá de los problemas migratorios, mi pueblo es un lugar donde muchos de sus habitantes han podido experimentar altos grados de felicidad, especialmente entre los años, 70s, 80s, 90s y principios del siglo en curso. En aquellos años había bajísimos índices de criminalidad y en consecuencia todo era más encantador. Casi todos los habitantes se conocían, por lo menos de vista. Así que era común caminar por sus calles y saludar a todos los transeúntes. Con frecuencia, se veían casas con puertas abiertas de par en par porque todo era tranquilidad. En la actualidad, el pueblo sufre de un incremento de actos delictivos. Pese a eso, conserva encantos escondidos porque por las noches algunos padres salen a los patios traseros a bendecir y a orar por sus hijos que han migrado al norte. Y si las madres suspiran o lloran por sus descendientes, las estrellas del firmamento brillan más para consolarlas. Allí no importa que los pechos de las madres viejas ya no sean bastiones protectores porque todos ellos producen calostros de alegría que, de una manera u otra, maman los hijos ausentes y presentes.

Je suis née là!

*Luvia Estrella Morales Rodríguez (USA) también conocida como Luvia Estrella Rodríguez Mendieta (MEX) es doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Oklahoma y licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma de Zacatecas.

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