Editorial Gualdreño 473

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Leía el fin de semana a Eric Feigl-Ding, un epidemiólogo y economista sanitario considerado como uno de los mejores científicos del mundo, quien hablaba en su Twitter sobre los últimos hechos relacionados con un aumento de contagios en Chile, pese a que este país es un ejemplo en el mundo -junto con Estados Unidos e Israel- en cuanto al número de vacunas aplicadas a su población: “lo he dicho muchas veces antes, que este era mi mayor temor, incluso más que las mutaciones. Que en el momento en que comenzáramos a vacunar, los líderes políticos serían presionados para reabrir inmediatamente antes de que se vacune a suficientes personas. Y la presión política aumentará cada vez más…”,[i] decía en un hilo de conversación en la que manifestaba ese que era su mayor temor, el hecho de que las actividades económicas, sociales, culturales y cotidianas retomaran su curso como si la pandemia hubiera terminado sin que eso esté más alejado de la realidad.

Mientras lo leía, recordaba que unas horas antes había recorrido la ciudad en mi auto y había visto con sorpresa -pese a que mucha gente daba cuenta de esto en las redes sociales- cómo una gran cantidad de personas circulaba caminando por las calles del centro histórico, sin que nada -quizá en apariencia- les perturbara. Familias completas paseaban comprando alimentos; muchos de ellos incluso comían mientras seguían su camino, sorteando un gran número de personas que hacían fila y se aglomeraban sin precaución alguna para subir a los camiones turísticos –en los que, una fila sí y una fila no, lucían llenos-. Mientras avanzaba en el coche, por la Avenida Hidalgo, el estruendo de la música a decibeles altísimos anunciaba que estaba cerca del Portal de Rosales: arriba de este emblemático edificio había una banda en vivo, los balcones del portal y los de en frente estaban atestados: música a todo volumen y euforia a todo volumen también podía observarse en quienes, mientras platicaban a gritos -porque el ruido no permite escuchar con claridad en esos lugares- olvidaban las medidas de sana distancia para poder ser entendidos.

Eric Feigl-Ding, dice también en sus comentarios que “Básicamente, esta euforia y una falsa sensación de éxito harán que las personas se vuelvan aún más impedidas y más arrogantes en sus comportamientos personales, lo que puede llevar a que las personas propaguen más el virus entre los no vacunados y recién vacunados con una protección incompleta todavía”. El hecho de que en nuestra ciudad y en varias otras del país se haya comenzado con la vacunación nos dio, como en Chile -cuyos hospitales están al borde del colapso-, una falsa certeza de que la normalidad tenía que retomarse así, rápido, como si los más de 200 mil muertos no hubieran ocurrido, como si el tedio acumulado por el encierro fuera a borrarse con olvidar momentáneamente que el covid-19 sigue entre nosotros. Porque aquí sigue y continuará mucho tiempo. Ojalá que nos quedara claro que la vacuna no acaba con el virus, simplemente nos ayudará a que las posibilidades de morir, en caso de que lo contraigamos, sean menores. Ojalá que seamos concientes de esto, porque aquí solo los mayores de 60 años han recibido la primera dosis de vacuna y solo un porcentaje -todavía insuficiente- del personal de salud ha recibido las dos… todos los demás estamos a la espera de ser vacunados.

Y mientras eso pasa, las campañas ya iniciaron. Si la gente ha salido a la calle como si nada pasara en ánimo de “desaburrirse”, me resulta más incomprensible todavía que muchas más personas de las imaginadas ahora se vean participando en aglomeraciones con sus candidatos, se empujan unos a otros para tomarse la foto, algunos con el cubre bocas mal puesto… pero eso sí: con la idea de que traer alcohol puesto en las manos los salvará.

El domingo 4 de abril falleció un escritor muy joven y uno de los más talentosos de México, Francisco Haghenbeck, por complicaciones derivadas de haber contraido el virus. La tristeza inundó las redes sociales; escritores, editores y lectores lamentaron su muerte… tenía apenas 56 años. Me uno a la pena que embarga a la familia y amigos de este escritor que alguna vez preguntara en una presentación qué pasaría si tuviéramos la oportunidad de beber un líquido mágico que al tomarlo pudiera borrar todos nuestros errores, omisiones y culpabilidades… ¿cuántos de nosotros, si existiera esa posibilidad, lo tomaríamos? Seguramente algunos nada más; pero el “brebaje maravilloso” no existe. El Covid-19 sí y llegó para quedarse.

 

[i] Ver hilo de Twitter: https://twitter.com/DrEricDing/status/1377029757578149892

 

 

 

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