Las diferencias en las miradas

Las diferencias en las miradas

George Abtahi se sentó frente al computador luego de prepararse una deliciosa taza de cocoa caliente. Ya sabía que su médico le había prohibido las bebidas dulces, pero en algunas ocasiones se tomaba ciertas libertades. Desde niño, bebe cocoa, más cuando el invierno se volvía feroz. Se preguntó en qué momento dejó de disfrutar el frío si cuando joven practicó varios deportes de invierno. Pudo competir en las grandes ligas, pero, ¿por pereza?, no fue así. No le gustaba competir. Extraño. En el periodismo era, por decirlo de algún modo, un lobo. Los deportes no eran lo suyo, razón para no poner el suficiente empeño para destacar.

El viejo Omid, su padre, dueño de por mucho tiempo la única tienda de ultramarinos del pueblo, insistía en que debía aprovechar sus habilidades para ganarse una beca deportiva y estudiar en alguna universidad prestigiosa. En cambio, la señora Abtahi, una ucraniana y sobreviviente del Holodomor, decía que el muchacho debía construir su propio camino. George Abtahi siempre se preguntó por qué su madre se casó con su padre, un hombre a todas luces insípido y aspiracional. Polos opuestos.

Sus padres ya habían muerto hace cinco o seis lustros. Ambos el mismo año, pero bajo circunstancias diferentes. Su madre falleció debido a un derrame cerebral, que la mantuvo meses postrada en una cama. Su padre no murió por tristeza, como muchos pensaron, sino por haberse tragado anguila mal preparada. A pesar de haberla heredada, George entregó la tienda de ultramarinos a su hermana menor, una maga en asuntos de contabilidad y administración. En cambio, él fundó su propio periódico, mientras era profesor en la escuela dominical. Periodista y docente.

En la última década, vio cómo sus competidores caían como moscas. Los periódicos ya no vendían como antes, no tanto por las manifestaciones crecientes de los jóvenes ecologistas del pueblo, sino por las nuevas maneras de leer. George vio cómo el papel se transformó en Kindles, iPads y smartphones. Su competencia caía y no quería que sus ingresos fueran afectados. Por tanto, se trasladó a los medios electrónicos, aunque por mucho tiempo los rechazó. Nostalgia. Sin duda, sostener un libro o un periódico era parte de un ritual.

George abrió su correo electrónico. Tiempo atrás, pedía asesoría a sus sobrinos para navegar por Internet. Había muchos correos, una parte pertenecía a sus empleados y estudiantes, muchos de ellos jóvenes y hambrientos por aprender, otra de empresarios locales que deseaban comprar publicidad y una, un poco más pequeña de sus parientes. A estos últimos ya les había advertido que debían escribirle a su segundo correo, pues al identificarlos los eliminaba al instante, sin abrirlos. Por esta acción, se perdió de muchas fiestas familiares.

Encontró un correo cuyo remitente no conocía. Lo abrió y se dio cuenta de aspectos interesantes. Primero, el autor escribía en un inglés mediano, mas no mediocre. Tenía errores de redacción, como los de sus estudiantes. Entendible en cualquiera de estas circunstancias. Segundo, no era alguien del pueblo, sino de un lector que por coincidencia se encontró con una nota sobre el abogado João Félix, quien organizó sus propias exequias cuando se enteró de su diagnóstico. Cáncer en su cuarta etapa. Y tercero, le intrigó que un desconocido se sintiera interesado por una nota así, pues era una broma para el abogado y su familia. Abril loco.

El artículo causó gracia en sus lectores habituales. Dibujaba a la perfección el carácter hilarante y extrovertido del abogado. Sus vecinos contaban que muchas de sus bromas llegaban a ser molestas. Algunos de sus clientes confesaron que al entrevistarse por primera vez con él no creían que fuera un abogado. Su esposa y sus hijos no dejaba de reír por los chistes de João. Divertidos, a pesar de no ser ofensivos.

George leyó al remitente entusiasmado. Se enteró que esas acciones eran inusuales, más para un país tan católico como el suyo. George ya sabía que los católicos se tomaban muy en serio las exequias, toda la parafernalia y los cánticos de despedida y resignación. En realidad, estos rituales le parecían lúgubres. Luz y sombra, dolor y amor. Curioso.

Cuando murieron sus padres, todo fue rápido y sencillo. Solo familia y pocos amigos. Los asistentes presentaron sus muestras de afecto y recordaron a sus padres. Incluso João platicó sobre la ocasión en el que el viejo Omid pidió asesorías legales y ambos terminaron conversando sobre el vestido anticuado de la esposa del gobernador, a quien la apodaron como la caja fuerte. George odiaba la hipocresía y le daba la impresión de que los católicos evidenciaban su hipocresía en estos rituales. Teniendo tanto tiempo para tomar una pinta y conversar y al final lamentarse de su partida. En fin, la hipocresía.

George leyó el nombre del remitente. Se preguntó si era conveniente responderle y compartir la verdad sobre ese artículo. ¿Habría sido lindo escribirle que todo era un chiste? George tecleó y en el monitor apareció el mensaje, una parte con agradecimientos y la otra con la historia del artículo. ■

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