Naco o corriente (segunda parte)

Naco o corriente (segunda parte)

“El pinche viejo morbosote y pues que me lo prenso y que nos bajamos prensados de la pecera en marcha y no me zafaban, lechero, ahí me tienes, y el tipo estaba bien pinche torote, una mula, pero caímos cerca de un puesto de chescos y que me acuerdo de los consejos del Vidrios y que lo agarro a botellazos hasta que mis manos quedaron todas rojas, rojas, ya luego llegó la patrulla y vas pal tribilín, y pues ni pex, lechero, la jefa es la jefa”.

Dos señoras pasan y el Pelón las saluda y es de lo más respetuoso, “buenas noches, jefas, cómo va todo, ¿bien?”, me asombro de tanta decencia; luego llega una vendedora de cigarros sueltos, una viejita jorobada, diminuta, tapada con un rebozo viejo; el Pelón me pregunta si quiero un cigarro, lo acepto, tomo un Camel, el toma otro, los encendemos, y el Pelón le da a la viejita un billete de cincuenta pesos por los dos cigarros y le da un beso en la frente, “guárdeselo, madre, y ojalá venda todos”.

Dos bolas más de cerveza afuera y el Pelón le dice al mesero que “se están tardando, ¿verdad?”, y pienso que es una clave: está de acuerdo con él para algo, seguro va a pasar un auto, me van a subir, un secuestro, y todo por no saber cómo quitarme de encima a un cabrón, pero qué tipo de cabrón, uno que no cualquiera se quita de encima y menos si te está abrazando, como ahora lo hace para decirme que la segunda vez que lo metieron al reclusorio fue casi sin que “yo quisiera, ya había prometido llevármela por la recta, me cae, pinche lechero, pero pues ya sabes, las malas amistades te llevan por los caminos torcidos y en una de esas… ¡a ver, cabrón, tráete cacahuates!, no porque estemos en la periquera nos vas a dejar sin botana”, le grita al mesero, quien luego de unos cuantos minutos trae un tazón lleno de cacahuates salados y el Pelón mastica, salpica restos de cacahuates, muestra unos grandes dientes amarillentos, continúa entre cacahuates y palabras rotas, “yo estaba trabajando de viene viene acá, en el mercado de Portales, sacaba poca feria, pero alcanzaba para el chemo, porque en ese entonces le metía macizo al pinche chemo”; tomo un puñado de cacahuates, mastico, pienso en la Chinita, el don de “megustaunchingoPreciado” ya se despertó, llama al mesero, le pide que le vuelva a cambiar otro de doscientos, más Preciado, chingao, y pide ya de plano un vaso lleno de Bacardi blanco, dos cocas, un vaso con hielo y una agua mineral, ha tomado una ebria decisión: él se va a preparar sus cubas.

El Pelón continúa: “hasta que uno de los compas me dice que tienen una chambita de fines de semana y les digo que ya me la quiero llevar por la libre, ¿entienden?, cero chueco, y me dicen, sí, pinche Pelón, es nada más cuidar una casa los sábados y domingos y ya, es que se la acaban de dejar a otro compa su abuelo porque se petateó y vivía allá por los altos de Jalisco, y en lo que la vende, pues ya sabes, pinche desmadre, y pues nosotros le caemos de vez en cuando, pero necesitamos que estés alerta porque por la zona hay un chingo de lacroso y malilla y pues tú te las sabeces, no por nada eres de los chingones de la Mortales alías la Portales, ¿a poco no mi pinche Pelón?”.

“Y pues mi pinche Lechero me hicieron ‘coco wash’ bien bonito y sabroso y la secadora del coco vino con la paga, la lanita es la lanita y dije ya chingue, mi jefa no va a decir que ando nada más guiando cochecitos y recibiendo escupitajos”.

“Ya cuando empecé a cuidar la casa llegaba por las tardes y era una casa medio jodida allá por Iztapalapa, pero dije pues ni pex, este es mi trabajo y acá me toca, y en cuanto entré me recibieron otros dos cabrones y me dijeron, mira, pinche Pelón, es trabajo fácil, pero debes poner toda la atención porque un pinche descuidito y el patrón se va a enojar y nos va a correr a todos, ¿entiendes?, y pues claro que entiendo, chinga, pues ni que fuera idiota, bueno, pues vas a estar en este cuarto y vas a cuidar que nadie, escucha bien, pinche Pelón, que nadie salga por esa puerta, ¿entiendes?, y yo, pues claro que entiendo, si ni que estuviera tarado…”.

“Llegaban varios hombres a la casa y nos poníamos a jugar baraja para pasar la noche, y de repente estos cabrones me dicen, pero, ¿sabes qué, pinche, Pelón?, vamos a apostar como si se tratara de partes del cuerpo humano, y les digo, ¡no mameyes!, ese pinche juego qué significa, y uno de ellos, que le decían el Calavera, me dice, mira, por ejemplo, nos dividimos ciertas partes de un cuerpo humano, a ti te toca la oreja derecha, a mí la izquierda, a este un dedo de la mano, a este otro dedo de la mano, a este un dedo del pie y así, y pues que me gana un chingo la risa, si no somos niños, ¡tan bien idiotas!, pero ya como a la hora estábamos bien subidos de coca y de chupe, bien prendidos, y que me vuelve a decir el Calavera, ¿entonces qué, pinche Pelón, vamos a jugar como te dije?, me empecé a reír de nuevo y que le meto un jalonzote de coca pero de aquellos que hasta sientes que se te va a ir el pinche cerebro, pues va, vamos a jugar a partes a falta de frijolitos”.

“Y ya apenas si veía mis cartas y les dije no mameyes nos va a correr el patrón y el Calavera que me abraza, usted cálmela, pinche Pelón, el patrón está de acuerdo, así que juegue y disfrute, a ver, Macizo, era otro de los que estaban, tráele otro perico al pinche Pelón, y que jugamos y que pierdo yo y entonces la Calavera dice, pues tú eras la oreja derecha, ¿no?, y yo, pues simón, y el Calavera dice: Macizo, perdió la oreja derecha, lánzate a la habitación y ya sabes qué se hace cuando el pinche Pelón pierde la oreja derecha”.

“Seguimos jugando una hora más y les tocó perder, que me acuerdo, porque la neta estaba bien subido, a unos dedos del pie izquierdo y derecho, a la otra oreja y no sé qué otra cosa porque me quedé dormido, hasta que llegó como pinche bestia la policía y nos atoró a todos en medio de un pinche operativo que parecía de película y yo preguntaba qué pasó, señores, qué pasó, y nada, un pinche costal en la cabeza, una madriza que no voy a olvidar en toda mi vida, oscuridad más pinche cerrada que la noche más fea durante no sé cuántas horas y días, y que quiénes eran nuestros cómplices, qué dónde teníamos a la otra niña secuestrada, que éramos unos pinches desalmados sin perdón de Dios y chingadazos tras chingadazos y yo sin saber nada, no, jefecito, a mí me pagaban por cuidar la casa…”.

“¿Te acuerdas de los pinches jueguitos de a orejita y dedito que propuso el Calavera, pinche lechero?, la casa era una casa de seguridad para llevar a secuestrados que tenían en la otra recámara y yo que ni siquiera sabía, me cae, mira, por esta, te la firmo en donde me la pongas, y cada que estábamos jugando ni ruido se oía, me cae, pinche lechero, nada, muerto todo, solo veía que de vez en cuando entraban coches a la casa, pero el Calavera me dijo que yo puro silencioso, sin preguntas, y pues ya sabes, chamba es chamba, nada, y entonces cada que perdía alguien el Calavera decía pos ni pedo, toca dedito, ¿y qué te crees que hacían las pinches bestias?, pues el Calavera le decía al Tuzo, que era otro de los que estaban con nosotros y él se iba tranquilo y regresaba… luego de cortarle un pinche dedo a la niña que tenían secuestrada y luego luego se lo mandaban a la familia como amenaza, y así nos la pasábamos la noche, que si tocaba oreja, pues iba una chingada oreja, que si tocaba otro dedo pues iba otro chingado dedo, y si de plano nos poníamos bien pinches brutos con la coca, la mota y el alcohol y el juego duraba hasta entrada la mañana yo creo que ya de la niña no quedaba ni orejas ni dedos ni hoyito, porque bien que me daba cuenta que el Tuzo luego se tardaba y el Calavera le llamaba la atención y le decía deja de andar de pinche marrana”.

“Es la pinche vida, lechero. Puto infierno para gente como yo. Te juro que yo no sabía que tenían a las niñas, porque había otras dos. Y dentro del reclusorio agarré el vicio de la droga bien cabrón. Y sales y no sabes hacer otra cosa. Ya tienes la pinche mierda al fondo. Por eso le agradezco tanto a tu jefecita todos los favores que me hizo cuando tenía la lechería. Quiso hacer de mí un hombre de bien y ya ves en qué terminé. No le vayas a contar, pinche lechero. Te juro que yo no sabía lo de los secuestros. Ahora solo me dedico a vender perico y mota, pero ya casi no le entro al asalto. Me habló el Calavera para un quite con la hija de un hijo de la chingada. Él salió antes porque tuvo mejor abogado. Es aquí en el metro Ermita donde la vamos a levantar. No le digas a tu jefecita, lechero. Salúdala de mi parte. Quien quita y es la última que nos vemos en esta vida. Las niñas fresitas son por las que más varo sueltan sus papás. Pinches viejas, lecherito, me caga que me digan naco o corriente, me caga, me repinche caga lo de naco y corriente… ¿a ti no te caga que te digan naco o corriente?”.

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