Un fantasma recorre México

Un fantasma recorre México

Para el 25 de diciembre de 1991 la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) estaba liquidada. Ya desde abril de ese año I. Wallerstein había explicado su papel de “potencia subimperialista” de Estados Unidos (Veáse “Después del liberalismo” (1998) Siglo XXI, México), con lo que también quedó derrotada desde el punto de vista político: fue un títere de Washington funcional a la estabilidad internacional. Cuarenta años antes, en 1951, Hanna Arendt incluyó al régimen de la URSS en su tratado “Orígenes del totalitarismo” (Harcourt Brace & Co., Nueva York), con lo que inició la posibilidad que algunos intelectuales dejarán de apoyarla incondicionalmente (un poco después del libro de Arendt aparece “The captive mind” de Milosz, en 1953). Por supuesto, los que nunca podrían abandonarla eran sus Estados cliente y los adictos a la ideología. Esta última es lo más difícil de alterar porque constituye tanto un andamiaje para vérselas con el mundo como medio de evitar el pensamiento propio y recetario de soluciones fáciles que se implanta a nivel emocional. Perry Anderson (“Los fines de la historia” (1996) Anagrama, Barcelona) menciona que al final de la segunda guerra mundial, tras el desastre europeo y la destrucción de todos los ideales de transformación social alimentados por derechas e izquierdas, toda una pléyade de intelectuales asumió la actitud crepuscular, el sentimiento de “fin de la historia”, su frustración fue enorme. Pero entre estos no se contaban los que veían en la URSS un faro que apuntaba a la realización de la sociedad comunista. Por supuesto, incluso a ellos los alcanzó el destino en 1991 y muy a regañadientes aceptaron la realidad: el idealismo vive de imaginaciones desbordadas que suelen chocar con la dureza de los hechos que suele negar (véase Daniel Bell (1996) “Marxian Socialism in the United States” Cornell University Press, primera edición de 1956). Pues bien, en una serie de seis artículos (“Socialismo para el siglo XXI” La Jornada 2/01/2020-7/01/2020) Enrique Semo nos demuestra que la nostalgia nunca muere, y que para ella cualquier eventoconveniente es signo de un vigoroso renacimiento del comunismo. Indica que por “comunismo” entiende tres cosas: una tendencia histórica, un movimiento social y una “prefiguración basada en un análisis del capitalismo de una sociedad poscapitalista”, también señala que “una virulenta propaganda identificó y sigue manchando los ensayos socialistas de todas las grandes revoluciones del siglo XX…con imágenes de dictaduras totalitarias y campos de concentración, guerras civiles interminables y modelos económicos inoperantes”. Con un reglón liquida la documentación del libro citado de Arendt, y con otro lanza el último libro de Thomas Piketty al averno de las utopías: “El comunismo no es una utopía más para la reforma del actual sistema. Hay infinidad de proyectos, rutas y propuestas para superar los problemas de la sociedad contemporánea, entre ellos están el libro más reciente de Thomas Piketty, de más de mil páginas, “Capital e ideología”…a diferencia de las nuevas utopías el comunismo surge de las contradicciones internas del capitalismo, que engendra su propia negación”. Con esta última frase se condensa lo que entiende Semo por “tendencia”: el comunismo es resultado de un proceso operante, objetivo, que porta en sí el desarrollo del sistema capitalista por lo que este no es reformable, y su fin es una ley de evolución social.En lo que respecta al comunismo como movimiento Semo es igual de enfático: reconoce que ya no existe el “sujeto social” postulado por el marxismo para hacer la revolución: “los rebeldes son los precarizados, humillados, ofendidos…”, sostiene no apostarle al partido único y al líder pero cree en la “necesidad absoluta de un movimiento revolucionario coherente y poderoso” que asuma el mando.Para decirlo de otra manera: esa dispersión, contingencia y limitación de los movimientos deberá suprimirse paso a una organización única, por lo que Semo no renuncia a la concepción de un “sujeto histórico” unitario. Respecto al futuro “Marx no fue muy prolijo”, así que mejor guardar silencio o resignarse al utopismo enmascarado de una forma de democracia cualitativamente superior a la presente. Parece que Semo no ha notado que el fenecido neoliberalismo resurgió bajo la forma de un fantasma que recorre México. Los zapatistas ya declararon que se opondrán a los macroproyectos modernizadores de la 4T (La Jornada 2/01/2020) y por ello son “conservadores” (La Jornada 6/01/2020) aunque Semo los haya bautizado de los únicos comunistas, socialistas, altermundistas, poscapitalistas presentes en el país. Ahora bien, el capitalismo de despojo no se ceba sólo en los indígenas, también en los derechos conquistados en los 1970 por algunos sindicatos. El gobernador de Nayarit reformó la ley orgánica de la Universidad local para evitar los problemas de insolvencia financiera debidos a malos manejos y prestaciones no soportadas (La Jornada 6/01/2020), mientras que en la universidad michoacana se condiciona el pago de salarios y prestaciones a reformas equivalentes a perdida de derechos (“Universidad michoacana: el salario botín” Eduardo Nava Hernández, La Jornada 4/01/2020), por lo que si bien se asume un gobierno “posneoliberal”, el fantasma de las políticas neoliberales no ha sido exorcizado. Quizá, por hacer una analogía, los intelectuales de izquierda han vivido tan pasmados desde 1991, que cualquier fuego fatuo los deslumbra.

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