José Emilio Pacheco: su naufragio infinito

José Emilio Pacheco: su naufragio infinito

Disfruten. Tanto si son primerizos como si no. Hay dos posibles opciones: regresar al camino de la obra de José Emilio Pacheco es regresar a un camino lleno de luz literaria. No por nada es uno de nuestros mejores autores. Uno más: si se camina por primera vez la senda se descubrirán los sencillos artilugios de una prosa excelsa. De cualquier manera uno siempre vuelve a José Emilio Pacheco. Y por eso se agradece esta generosa antología general: “El infinito naufragio” (Océano 2019), cuya selección y prólogo lo realiza Laura Emilia Pacheco.

En lo personal, “El infinito naufragio” me parece justa y equilibrada en su contenido, aunque, como bien advierte Laura, en esto de las antologías nadie queda satisfecho. “El infinito naufragio” abarca parte de lo mejor de la producción en los distintos géneros literarios en los que JEP se desenvolvió con total soltura.

Al inicio se pide disculpas por una omisión: no se incluyen “Las batallas en el desierto”. Me parece muy acertado el gesto. “Las batallas…” es una novela emblemática de la literatura mexicana de principios de la década de los ochenta, que apareció por primera vez en el suplemento cultural ‘Sábado’, dirigido por el grandísimo Huberto Batis, en el periódico “Unomásuno” y que desde ese momento, hasta la fecha, se ha convertido en todo un best seller de la literatura mexicana sin que deje de aparecer, mes con mes, como el libro más vendido en las librerías. Por eso se tenía que dejar aparte.

La obra de JEP es importante en cuanto a su estructura en sí. Por ejemplo su obra poética: el autor se expresa empleando un lenguaje sencillo en la mayoría de las ocasiones porque en realidad le habla al lector de pie, a la ama de casa, al hombre que trabaja ocho horas diarias, al taxista, al padre de familia, etc.

JEP pertenece a ese grupo de poetas mexicanos que rechazan a toda costa la altanería académica en su poesía, el lenguaje incomprensible y erudito extraído de ruinosos diccionarios, lo suntuoso de acartonados poemas que se caen en cuanto se cierra el libro, lo presuntuoso de una profesión tan noble y hermosa como la de poeta, la cual, lamentablemente, hoy en día está por los suelos gracias a las nuevas generaciones (los que tienen veinte, treinta años), las cuales antes que aprender humildad y oficio, aprenden a sobaquear sus poemas en busca de algún tipo de poder: el editorial, el monetario, el popular, el institucional, el académico, porque todo, hasta lo literario, gira en torno al poder.

Antologías como “El infinito naufragio” deberían publicarse con más frecuencia, más allá de celebrar algún acontecimiento en torno al autor, y abarcar a más autores a los que aún como lectores agradecidos les debemos tanto. Creo que JEP merecería muchas antologías más, y seguro las tendrá. Sin embargo, a mí, por ejemplo, y desde mi particular juicio de lector, me gustaría ver antologías bien preparadas de los siguientes autores: Jorge Arturo Ojeda, Severino Salazar, Izrael Trujillo, Eduardo Cerecedo, Eusebio Ruvalcaba, Josefina Estrada, Jorge Ibargüengoitia, Ana Clavel, David Martín del Campo, Eduardo Antonio Parra, David Toscana, Ignacio Trejo Fuentes (con todas sus reseñas literarias), no sé, son los primeros autores que se me vienen en este momento a la mente.

A mí JEP siempre se me hizo como un niño. Quiero decir en su rostro, en sus gestos. Quiero decir, una buena persona, lo que sea que eso signifique. Sé que “El infinito naufragio” se vende por sí sola, ni siquiera necesitaría de una reseña, así que para acercarme más a JEP me di una vuelta por YouTube.

Es increíble como Internet consigue revivir a los muertos más queridos, como les da aliento, como nos regresa su voz. Bien, pues ahora, mientras escribo, escucho de fondo a JEP. Fue el primer video que abrí. El que me llamó la atención. Antes de darle play, miro la fecha: 27 de enero de 2014. Inmediatamente una nota: “El escritor mexicano José Emilio Pacheco (el video fue tomado en el año 2009) falleció ayer domingo a los 74 años, en México. Poeta, novelista, ensayista y traductor, era una de las grandes figuras vivas de las letras en español”.

Lo primero que hace JEP en cuanto le abren el micrófono es agradecer “infinitamente” a las personas que ahí se encuentran; pide perdón por la espera, intuye que debe leer unos poemas, puesto que se trata de una lectura de poesía, pero mira al presentador y le dice, con ese tono tan humorístico que lo emparentaba en ocasiones con Carlos Monsiváis, que “no, no sé cuáles; tú dime”.

Van a la página 92 de “El reposo del fuego” (1966) porque así se lo dice quien antes lo ha presentado y JEP aclara: “creo que no traje los de ver de cerca”, en referencia a los anteojos. Intentan prestarle unos, nada. Los deja. Intentan prestarle otros y asegura que son cosas muy infantiles para él que ya padece de astigmatismo y miopía.

En esos momentos es un enorme jorobado de Notre Dame que se hunde en las páginas del libro abierto. Esta es una de las imágenes más hermosas y emblemáticas de JEP en el video. Una que al menos a mí me da las dimensiones de quién se trataba JEP.

En ese momento JEP no habla al micrófono. Ni siquiera habla para sí mismo. Vamos, ni siquiera habla con el presentador, al cual procura ignorar pues desde el inicio no hace sino mostrar una sonrisa no nerviosa sino idiota. No. JEP está frente a lo que parece una sala con más de cien personas. Pero tampoco eso le importa. Y si regresamos a la historia de los anteojos es muy probable que quizás ni los vea o los vea borrosos.

JEP se hunde. Nada le impide sumergirse en ese libro. En “El reposo del fuego”. Página 92. Puede ser cualquier otro libro porque a fin de cuentas es un hombre que vive para la palabra escrita: entreteje los códigos con los que descifra al mundo desde su biblioteca, una de las más grandes, por cierto.

JEP es un jorobado. Nada le importa en ese momento. Tan sólo el verso. El primer verso. Cuando lo pronuncia ni siquiera lo hace frente al micrófono. Está claro: no lee para los demás, lee para entender un mundo que desde un inicio le resultó inaprensible. Es una bella imagen. Junto con “El infinito naufragio” yo me la llevo al altarcito. Cuántos libros carga ese jorobado sobre la espalda. O quizás siguen siendo versos. ■

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