El violador eres tú

El violador eres tú

La voz fuerte y al unísono de decenas de mujeres realizando el performance “El violador eres tú” en una manifestación en Chile recorrió el mundo a través de las redes sociales.

El vídeo inspiró a miles de mujeres en todo el mundo a unirse, replicándolo en Francia, España, Colombia, Austria, Alemania, Reino Unido, Turquía, República Dominicana, Estados Unidos, y por supuesto México.

Con su viralización y su replicación por todos estos sitios el mensaje se ha fortalecido y enriquecido, porque mientras por un lado las mujeres del mundo han encontrado los vasos comunicantes de la realidad que viven, también cada colectivo ha adaptado ligeramente la letra a su lengua, y también a su situación y contexto.

El mensaje pues ha permanecido por encima de las diferencias y ha encontrado otras vías de ser comunicado, como su difusión (de la letra) a través de imágenes, remix, etc.

El vídeo lo he encontrado en muros (de Facebook) distintos al círculo de feministas en actividad permanente, y he encontrado interés por participar en una actividad como ésta en mujeres que hace apenas unas días lamentaban la destrucción de monumentos en manifestaciones feministas.

En Twitter, y poco a poco en Facebook, ha sido el marco para expresar los abusos sexuales de las que tantas mujeres han sido víctimas, contando intercaladamente con la letra los datos mínimos que dan cuenta de un mundo podrido en el que los peores enemigos con frecuencia están tan cerca que incluso comparten sangre y apellido con la víctima.

Con ello se visibiliza la dimensión del problema, se sensibiliza que historias como esas están más cerca de ser regla que excepción, y están tan cercanas que no parece haber familia que se libre.
Eso ha sido el objetivo de las manifestaciones feministas más fuertes de los últimos meses, que han estado motivadas por la violencia feminicida que se busca visibilizar, pero que ha quedado en segundo plano porque “la nota” termina en la forma y no en el fondo.

Por definición esta lucha -aunque política como todas- es también social y cultural, y es distinta a las muchas que hay en la actividad pública cotidiana.

Esta causa no es corto placista, no se resuelve con una acción gubernamental, con un pliego petitorio satisfecho, o con la reunión de firmas suficientes para que un candidato o gobernante firme un compromiso.

No se trata siquiera, como en otros momentos del feminismo, de una lucha cuya resolución sea tan tangible y concreta como conseguir el voto de la mujer, o aumentar las cuotas de género en las candidaturas, o los términos para acceder a abortos legales, seguros y gratuitos.

Ese contexto no permite seguir la misma estrategia de lucha de otros movimientos, o siquiera de otros tiempos del mismo movimiento.

No puede comparársele con las feministas que pintaban muros en los cincuenta. Su lucha era otra, su solución posible era otra, su tiempo era otro, su método necesariamente es otro.

Tampoco puede compararse con otras luchas actuales, incluso si se tiene a las mismas protagonistas, porque cuando se habla en contra de la violencia que llega incluso al feminicidio no es necesariamente ¿O suficientemente? en contra de un presidente, una fuerza policial, una ley, o un Estado siquiera.

Se marcha contra una forma de pensar tan arraigada, tan interiorizada, que incluso germina eventualmente entre quienes marchan también.

Se marcha y se sale a las calles contra una forma de asumir a la mujer bastante detestable, pero presente entre personas que amamos. En nuestros padres, nuestros hermanos, parejas y entre nosotras mismas.

La expresión y proliferación de esta manera de pensarnos, vernos, tratarnos y “amarnos” por tanto, implica retos tristemente irresolubles en una sola generación, como los presenta también la homofobia o el racismo.

En ese terreno es importante avanzar conscientes de que los pasos serán graduales y no obstante deberán cuidarse de ser constantes; sin retrocesos.

El performance del colectivo Las tesis, como muchos otros esfuerzos, ha dado en el clavo en esa siembra a largo plazo pero también profunda, que de dar frutos será irreversible.

Su gran mérito como estrategia no está (solamente) en el terreno de la legitimidad, en el que la discusión suele enfrascarse. Sino en el terreno de la efectividad que jamás, jamás, por el bien de todos y particularmente de todas, puede menospreciarse.

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