¿Vivo?

¿Vivo?

La Gualdra 404 / Río de palabras

 

Se despertó y le dolía la espalda y la cabeza; se hizo consciente pronto de que en realidad le dolía todo: desde el corazón hasta los recuerdos. No sabía, al menos al principio, por qué yacía postrado en el fondo de aquel agujero. Vio luz arriba, la luz del cielo tal vez o de alguna fuente artificial. Se tardó en calcular la profundidad a la que se encontraba. No era mucha, quizá tres metros o poco menos. No se incorporó de inmediato, quiso pensar. Pensar en su mujer, en su trabajo, en sus hijos, pero al final no tenía ni trabajo ni mujer ni hijos, así que no consiguió nada. Se levantó y se dio cuenta de que era sencillo escalar, a pesar de que tampoco recordaba si lo sabía hacer. Lo hizo. Cuando salió, vio el sol, se atajó los ojos haciendo sombra con la mano, y vio también las nubes. Miró a su alrededor y el escenario lo espantó: decenas o centenas de cuerpos mutilados tirados sobre el campo. Con miedo comenzó a caminar en medio de los restos. Quería correr pero su cuerpo no respondía. Intentó de nuevo recordar cómo había llegado ahí y qué había ocurrido. Estaba a punto de abandonar aquel cementerio a cielo abierto cuando le sobrevino un flashback: se había caído, era de noche y había ruido por todos lados. Siguió sin entender, sólo quería alejarse del mundo. Caminó hasta llegar a un pedazo de bosque. Se internó y mientras avanzaba se fue dando cuenta que haces de silencio acompañaban sus pasos, pero nada más. Se encontró con una laguna y pensó que tenía sed, que tenía que lavarse y refrescarse. Fue un pensamiento, quizá un instinto, porque apenas cogió con sus manos en forma de cuenco un trago de agua, esta no le supo a nada. Se acercó a una parte donde el sol iluminaba el agua y se vio al espejo: la carne de su cara se caía a tiras. Se examinó entonces: la carne del resto de su cuerpo parecía podrido, tenía heridas, mordeduras, parecía que por él había pasado la muerte dejándolo vivo. ¿Vivo?

La oleada de recuerdos finalmente llegó, como una ráfaga de tiros. Como las ráfagas de tiros que habían sitiado a la horda cuando aquella noche iban en busca de comida. A saber cómo, pero había sido infectado, luego muerto, luego revivido hambriento de carne humana. Ahora estaba solo. No sabía si tenía hambre, si tenía que buscar otra horda, si tenía que quedarse en esa laguna hasta que un grupo de cazadores lo encontrara y asesinara. Pensó que en las películas el único objetivo que tenía la vida de un zombie era comer gente. No había más, tenía que seguir las reglas. Rodeó la laguna hasta advertir una cabaña. Se cercioró de que estuviera habitada, se sentó a esperar que oscureciera y llegara la hora de la cena.

 

 

 

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