Midsommar de Ari Aster: el horror de lo ajeno

Midsommar de Ari Aster: el horror de lo ajeno

La Gualdra 403 / Cine

 

 

Dani (Florence Pugh) y Christian (Jack Reynor) son una pareja con problemas constantes debido a la falta de comunicación; ella todo el tiempo encuentra nuevas maneras de culparse a sí misma para justificar el mal comportamiento de su novio, mientras que él lleva intentado ponerle fin a la relación desde hace casi un año. Es como si ambos estuvieran atrapados en un sitio donde no quieren estar y del cual no logran escapar. Después de que Dani sufre una terrible tragedia relacionada con su familia, un Christian no muy convencido decide invitarla a un viaje organizado con sus amigos de la universidad Josh (William Jackson Harper), Mark (Will Poutler) y Pelle (Wilhelm Blomgren), en el que visitarán la aldea de este último ubicada en el norte de Suecia. El motivo de este viaje es asistir a un festival que toma lugar cada 90 años y que marca el inicio del verano. Una vez ahí, los viajantes notan que el evento es bastante peculiar, y lo que en un inicio parece una celebración inofensiva poco a poco se torna en una experiencia extrema, violenta y terrorífica en la que ninguno desea participar.

En Midsommar (2019), el director Ari Aster retoma los temas que elaboró en la perturbadora Hereditary (2018) -su ópera prima- y que también fungen como el subtexto de su segundo filme: el duelo no resuelto, las patologías intrafamiliares y las dinámicas enfermizas en una relación. Alejándose de las convenciones del género de horror y del susto fácil, el realizador busca contagiar la sensación de incomodidad, desesperación y ansiedad de su protagonista, al ser testigo de una celebración donde cada acto es más macabro que el anterior. En la incredulidad y el pánico de Dani, así como en su afán de convencerse de que todo lo que ocurre frente a sus ojos está bien, al tratarse de prácticas de una cultura ajena a la suya, el director hace una clara alegoría a la relación amorosa de su protagonista, así como a las justificaciones hacia los comportamientos distantes y las rutinas tóxicas que la definen. Generando un efecto desconcertante, el director se aleja también de las convenciones visuales de este tipo de cine (y que incluso se encuentran presentes en su primera cinta) donde, en lugar de haber pasillos y habitaciones en penumbra, la historia toma sitio en espacios abiertos a plena luz del día, con paisajes verdes y cielos azules. Lejos de sólo jugar con el estilo fílmico y los sentidos opuestos, Aster propone que los lugares vistosos y alegres también albergan los mismos secretos inquietantes y macabros que una casa oscura en medio del bosque.

Es claro que el director entiende cuáles son las partes que conforman el engranaje del género de horror, es capaz de mantener el suspenso y la sensación de pesadilla bajo la luz del sol, donde de manera progresiva todos sus elementos terminan por encajar hasta llegar a su delirante desenlace. En ese sentido, Midsommar no es una película que busque provocar sustos o un temor inmediato en el espectador; es a todas luces una experiencia inquietante que a fuego lento provoca un intenso efecto psicológico, donde la sangre, los cuerpos mutilados y desnudos no son tan perturbadores como la infiltración del horror en la vida de cualquier persona por grietas que pueden ser provocadas debido a la muerte de un familiar, así como por la sensación de que una persona amada en realidad es un completo desconocido.

 

 

 

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