Primer apunte: la cosa pública en tiempos líquidos

Primer apunte: la cosa pública en tiempos líquidos

Quizá para nadie es una declaración novedosa el decir que vivimos tiempos de profundas transformaciones históricas, a un ritmo acelerado, que apenas y nos permite percatarnos de algunas de ellas, cuando ya impactaron en nuestra vida cotidiana, en la forma en que nos comunicamos, trabajamos y nos entendemos. Los paradigmas están cambiando a un ritmo nunca antes visto y lo están haciendo de manera más o menos paralela, lo que, a su vez, contribuye como en un efecto dominó a que una pieza impacte en otra, hasta generar una cadena de cambios. Lo había advertido con lucidez Zygmunt Bauman, y también lo hizo hace ya varios años Umberto Eco. Como ha sucedido en otras transformaciones, la primera en advertirlo ha sido la economía: un día sí y otro también la economía se ajusta para producir de acuerdo a los nuevos tiempos. La innovación se ha vuelto la dinámica más socorrida y el capital se apresura a captar más calidad, sustituyendo el factor cantidad.

En cambio, como suele suceder, lo relativo al Estado, camina lento hacia allá, movido más por la inercia que por la consciencia. Dado que el Estado es un ente mucho menos dinámico y por naturaleza, conservador, ha venido atendiendo a los tiempos de transformación de forma reactiva y no propositiva. No es tampoco una novedad. Más que en otro sector, en el público, el cambio siempre es recibido con resistencias y fórmulas jurídicas de antaño, como respuesta para evitar siquiera pensar en la transformación. El problema es que la política no solo está cambiando, ya cambió. Las crisis de las ideologías (posiciones de la ultra izquierda, hoy banderas de la ultra derecha y viceversa), nos lo demuestra. Aunque los liberales, lo serán siempre y los conservadores por igual, las líneas características que antes definieron con claridad las posiciones políticas de las personas ya no son fácilmente reconocibles ni atribuibles en masa. La individualidad permea y las mayorías hoy constituyen más bien, una articulada alianza de minorías. O hacía allá vamos. Lo que atinadamente Moisés Naím llamó el fin del poder, es real. La crisis de las ideologías y de las mayorías homogéneas, ha generado a su vez (en el efecto dominó ya mencionado aquí) una crisis de legitimidad, que a su vez corre en paralelo con la de eficacia, ésta última ocasionada por la resistencia de los actores estatales al cambio y la insistencia en aplicar viejas recetas a nuevos síntomas, muchos de ellos que anuncian la muerte del Estado nacional, tal como lo conocimos y el nacimiento de un nuevo paradigma de organización estatal, cada vez más (con todo y el nacimiento de nuevos nacionalismos retrogradas) hacia lo supranacional.

Entre menos se entienda que estamos en el ojo de un huracán que lo está cambiando todo, más larga será esta agonía de lo viejo por lo que viene. Lo que vivimos es apenas comparable con las grandes revoluciones que cambiaron la historia… y el mundo.

En esta coyuntura quiénes encabezan el Estado, sus operadores e instituciones, deben sensibilizarse de la época de cambios, algunos radicales, otros de forma y unos más que refuerzan concepciones del deber ser, que vive la sociedad para mantenerse al ritmo de ella, de lo contrario, el Estado y todo lo que significa, quedarán atrás, con las consecuencias de ello: ser superado por una ciudadanía cada vez más exigente, moderna, cosmopolita en algunos casos o temerosa del mundo en otros. El miedo que genera el cambio no es para nada (nunca lo ha sido) un buen consejero de la democracia, y parece ser que la lleva a un suicidio, en el que la política, será la primera en caer. No augura nada positivo las demostraciones de antipolítica, apolíticas y antiliberales y aliberales, que hoy empiezan a reproducirse. Al sector público le llegó el tiempo de enterarse: el tiempo, la sociedad y la política, se han vuelto líquidas.

@CarlosETorres_

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