Nacer, Crecer, Metallica, Morir

Nacer, Crecer, Metallica, Morir

Pongan lo que más les guste de su repertorio. Los primeros discos tal vez (yo lo hice ). Este primer tomo de la biografía de Metallica llega hasta el “The Black Album” (Metallica), aquel que causo tanta polémica y de la que se aclaran muchos puntos en cuanto a cómo fue que se les ocurrió semejante disparate, tanto que consiguió dividir a los fanáticos. Suban el volumen. Como buen adicto a cualquier madre, todo buen metalero sabe cuál es el volumen adecuado para cada disco. Enciendan el taladro en sus oídos frente a los imponentes riffs (cuestión de gustos: yo prefiero a Dave Mustaine que a Kirk Hammett, aunque sé que esto daría seguramente para otro libro). Déjense seducir. En música es lo que cuenta: traspasar el tiempo, alcanzar a discernir respecto al imponente sonido de cada uno de los instrumentos involucrados (como si se tratase de una novela policiaca), mientras permaneces inmóvil, con una sonrisa en el rostro, manteniendo el compás musical o haciendo guitarras en el aire, mientras cada una de las notas tras de una aventura que se llama trash metal te revelan porque la vida sin música (y hablo de cualquier género musical) no sería vida. Y qué se joda Nietzsche y sus citas.

Poco a poco, a cuentagotas, canción tras canción, página tras página, descubran por qué Metallica es una de las bandas más populares de todos los tiempos. Y comiencen la lectura de “Nacer, Crecer, Metallica, Morir” (Malpaso Ediciones 2018). Ya está. Ha finalizado la primera canción: “Hit the Lights”. Esperemos unos segundos antes de dar vuelta a la página. Libros de este tipo se disfrutan con música de fondo, no hay que olvidarlo. Y se trata de todo un agasajo tanto literario como musical.

Y Metallica te puede gustar o no. Ahora repite su nombre entre dientes si eres uno de los tantos que durante la década de los ochenta o los noventa tuvo una playera con el estampado de alguna de las portadas de su discografía bajo un viejo chaleco de mezclilla tapizado con parches de grupos de la época. Tal fenómeno en la vestimenta se volvió tan insoportable y fastidioso que hoy en día es prácticamente imposible ver a un metalero con una playera de Metallica: el apogeo de la marca (porque Metallica se volvió una marca registrada y con ello todo un negocio), junto con otras como las de Iron Maiden o Judas Priest, hace que cualquier infeliz se ponga la playera sin saber realmente lo que porta: un estandarte para la historia del heavy metal. Por eso es que los heavies reales se sienten ofendidos. En el fondo son como los infantiles fanáticos de “La Guerra de las Galaxias” que no conciben que uno no sepa los nombres de sus jodidos personajes principales.

Y esto, el fenómeno Metallica, es parte de un movimiento que no sólo comprende la parte musical sino a una cultura, la subterránea, como lo fue el heavy metal en sus inicios, cuando los conciertos (algún nombre hay que darle a la reunión de ebrios melenudos agitando la cabeza como poseídos por el mismísimo Satán) se daban a conocer de boca en boca, antes del Internet y las descargas musicales en segundos (¡jódete, Lars!), cuando acceder a la música, a tu música, era misión imposible y debías importar tus discos favoritos de Amazon de Estados Unidos, y pagar precios elevadísimos por un pinche disco con tal de llegar a tu casa y abrirlo, admirarte frente al diseño de los interiores y de las fotografías. ¿Recuerdan los tiempos en que en lugar de balas las bandas metaleras recurrían a pilas usadas con tal de verse tan malo como el más malo de los malos?, ¿se acuerdan de la portada de uno de los primeros discos de Sepultura?

De esto da cuenta “Nacer, Crecer, Metallica, Morir”, de los tiempos de las primeras feroces guitarras, de los aciertos y desaciertos de una banda que comenzó con un puñado de seguidores (uno de sus primeros conciertos contó con apenas 50 asistentes) y de la suerte de estar en el día, la hora y el momento adecuado, sumado a un ambicioso Lars Ulrich, quien al inicio del libro, cuando la banda apenas comienza sus primeros rasgueos, no duda en vaticinar que Metallica será la mejor banda de todos los tiempos. Si se cumple o no el vaticinio es algo que el lector puede concluir luego de finalizar la lectura.

Se nos da cuenta de los primeros seguidores de la banda, aquellos veinteañeros que se sentían identificados no sólo musical sino socialmente (incluso con el acné y la ridícula timidez de un James Hetfield que consigue posicionarse como dueño absoluto de los escenarios una vez que se maquilla el acné y se corta el cabello a lo Christian Castro, claro), fans que se sentían tan cercanos al fenómeno del punk de la década de los setenta y tan lejanos del glamour de las pelucas de colores y el maquillaje de a payasito de esquina en el rostro.

Es Metallica: hemos llegado a la región de “Motorbreath”.
Dos historias son las que confluyen en el libro y las dos corren veloz y paralelamente. Por una parte Ian Winwood y Paul Brannigan (los autores) nos cuentan la historia de cada uno de los miembros del grupo, incluidas las de aquellos cuyos alcohólicos traseros recibieron una patada (¿me estás oyendo, Dave?) o la de los difuntos, aquellos cuya perdida significaron tanto para la historia del grupo (RIP, Cliff, RIP). Sin embargo, si nos quedamos en este punto, “Nacer, Crecer, Metallica, Morir” sería un simple anecdotario más, uno de esos libros que a falta de furia y sapiencia metalera no alcanza a llegar a la televisión, una mera forma ñoña de esquivar un “Behind the Music” donde se nos puede contar la historia de Metallica mil y una veces mejor y con comerciales para ir al baño, para cambiar de disco o para fumarse un buen porro. No. El libro tiene una prosa ágil (tan cercana a los mejores riffs de Metallica) que evita detalles inútiles y va directo a los hechos, en concreto, con referencias tanto musicales, como nombres, lugares, circunstancias, asociaciones, y suerte, mucha perra suerte, como sociales, lo cual es importante para el contexto en que surge Metallica, cuando la pobreza hacía de las suyas en una inclemente Europa y el “no future” de Johnny Rotten no sólo se transpiraba en los sobacos de los obreros británicos sino que llevaba a jóvenes a recurrir a la música o morir de sobredosis en cualquier banqueta, mientras a Estados Unidos llegaban los discos de las primeras bandas de un nuevo y poderoso sonido, ese que anunciaba que algo grande, muy grande estaba por llegar: las bandas de la primera oleada metalera inglesa, y con ello una nueva concepción musical y cultural en cientos de jóvenes estadounidenses que, a su vez, veían en la música el escape a familias disfuncionales, padres alcohólicos y golpeadores (el caso del padre de Kirk Hammett y sus primeros rasgueos en Exodus), sombríos episodios de trastornos de personalidad (el caso de James Hetfield) y juniors europeos que se las dan de limosneros y que con trabajos mantienen el tiempo en la batería (no lo digo yo, lo dice “Nacer, Crecer, Metallica, Morir” respecto a Lars Ulrich).

Con Metallica ocurre que o los amas o los odias. Sin medias tintas. Y si ni siquiera sabes quiénes son seguramente que en más de una fiesta moviste la cabeza como idiota de arriba hacia abajo con una de sus canciones y ni siquiera te percataste de ello. Sí, seguro fue con la de “One” o con la de “Master of puppets”. O aquella que cantaste en la madrugada y con ese desafinado inglés de escuelita: una de sus tantas baladas tan pegajosas como cinta canela.

Muchos de los grandes conocedores de heavy metal que conozco son renuentes a la lectura, se entiende que lo de ellos es coleccionar discos, playeras, boletos de conciertos, fotografías con las bandas y no cargar bajo el sobaco un libro que les cuente detalladamente la historia de Metallica; no obstante, el mercado editorial ya tiene bastante material publicado (pienso por ejemplo en la autobiografía betsellera de Dave Mustaine) porque se preocupa por un público que aún permanece cautivo. Quizás para ellos está dirigido “Nacer, Crecer, Metallica, Morir”, pero también para los que se interesan en los fenómenos sociales y musicales, aquellos que buscan las claves de cómo es que se forjan las auténticas leyendas, y sin duda alguna, nos guste o no, Metallica lo es.

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