Corrupción. La fiesta interminable

Corrupción. La fiesta interminable

■ El son del corazón

Estamos fritos. He aquí, en todo su esplendor, el reino de la desesperanza, donde la corrupción es el valor central de todo aquél que aspira a trepar en el escalafón político.

Ya no queda espacio para reclamar honestidad y sensatez a los políticos que se presentan como candidatos para ocupar una posición en las competencias electorales. El ideal de honradez del liberalismo democrático luce muy debilitado; parece un cadáver insepulto que cargamos sin saber en nuestras espaldas, desde hace muchas décadas.

La sociedad mexicana camina como un zombi. El nuestro es un conglomerado que no encuentra ventura, porque una pandilla de truhanes le expropia el presupuesto, su voz y su esperanza, le quita  valor a sus juicios y le impide desplegar con autonomía sus movimientos. El sistema político está dirigido, literalmente, por ladrones de distinto rango que atesoran y mezclan, en guaridas inexpugnables, el dinero que logran con delitos que es sustracción de lo que deberían pagar para la educación, la salud y la infraestructura del país.

Las sensibilidades más patrióticas no pueden rebatir que vivimos bajo la sombra de un Estado fallido.

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La inconsistencia de la prensa mexicana, reunida en coro, se da el gusto de incorporar en sus soporíferas columnas las leyendas más viejas, donde relucen nuevamente las cosas de todos tan sabidas.

A ver, ¿cuál es su cacique predilecto? ¿Cuál es el más pintoresco, guapo y mal hablado? ¿Cuál es el más célebre por su habilidad de seducir féminas, jefes políticos locales y multitudes de votantes? ¿Cuál el más ladrón, inmisericorde y compulsivo a la hora de las venganzas y las balas?

Las comparaciones absurdas son el ardid para incitar la sonrisa de un mexicano ingenuo. Todavía hoy, busca sin éxito cuál es la inspiración que hizo del manejo del dinero público un negocio y transformó a los gobernadores en emperadores de las nopaleras, en pro-cónsules de una ínsula árida, en altezas de opereta que no se rinden ante la burla pública.

Algunos gobernantes de hoy coinciden en que sus garras son los instrumentos más eficaces para manejar la administración pública. Si algunos de ellos transitaron en su juventud  con severas restricciones de recursos económicos, secos los bolsillos, pero con el hambre desatada de tomar escaleras al cielo a toda costa, nomás lograron la victoria se dijeron en la intimidad, no carentes de resentimiento: “Órale, a fondo. Ahora que hay”.

Y en efecto, no sólo ellos, también sus recuas de subordinados fieles, se dedican a acechar las partes más jugosas del presupuesto. Por lo general, los colaboradores no saben observar más allá del monto de las piscachas que les podría tirar de su mesa el gobernador.

No nos lamentemos. Habría que recordar que el sentido moderno de convertirse en político es ese: robar, hacerse ricos, ascender y ser parte del círculo más exclusivo de ladrones que medran en contra de la población. Lo importante es convertirse de pieza del ajedrez en ajedrecista, para mover peones, alfiles, torres y caballos… y triunfar.

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Pero esta nomás es  una parte de la historia. Por una extraña razón, no se hace referencia del asunto principal: el contenido de la ideología neoliberal; no se cuestiona la influencia decisiva del capitalismo del saqueo y el desastre, y sus efectos devastadores sobre los ciudadanos de a pie.

No se describe el acuerdo entre gobiernos y mercados en su continua lucha por sostenerse en el poder, y mantener su riqueza a costa de oprimir y robar a los pobres.

Caminamos dando tumbos, por un sendero de catástrofes económicas. Si hace veinticinco años aparecieron los intelectuales entusiastas de las doctrinas económicas de moda, fanáticos creyentes del enorme giro hacia la abundancia que depararía la libertad de comercio global y la fuerza del mercado, al inicio del nuevo milenio esas teorías ya se desvanecían, sin poder advertirse una autocrítica de los teóricos fallidos que vendían sus embustes en las universidades, cubículos, oficinas de gobierno y salas de redacción.

Sin embargo, no emergió la generación que debería realizar la crítica sistemática del pensamiento neoliberal, y de los circuitos institucionales y comerciales que abrían sus venas a las trasnacionales y monopolios, campeones del robo, la depredación y el cambio climático.

En ausencia de esa crítica, todavía hoy es difícil asimilar que el poder y la dimensión del enemigo hace imposible emprender la lucha liberadora únicamente en los comicios; es imperativa la construcción de organizaciones sociales capaces de destruir las estructuras económicas erigidas en esta fase, acaso la final, la más degenerada de la historia del capitalismo mundial.

Es fundamental recuperar al máximo todas las posibilidades aprendidas por las masas en la larga marcha de sus luchas y combates, sean éstas jurídicas o movilizadoras. El eje centralizador debe componerlo la movilización de todos los beneficiarios de los derechos conseguidos, cualquiera sea su ubicación partidaria o política, si es que la tienen, para participar en la custodia de lo que obtuvieron y les corresponde.

La corrupción es la punta del despojo del neoliberalismo en todo el mundo. En su voracidad de ganancias máximas e inmediatas, encerrado en un planeta sin fronteras a traspasar, el capitalismo ha arremetido ahora contra la Tierra misma, su capa atmosférica, sus aguas de mares, ríos y polos helados, sus capas de humus, sus bosques, sus fuentes de energía no renovables, contra la biodiversidad, el clima y toda la vida misma.

La corrupción comanda la economía mundial y está devastando a los pueblos del mundo.

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Ciertamente, los gobernadores y funcionarios públicos reconocidamente corruptos, se formaron en las entrañas del sistema de partidos políticos. Pero esa es sólo parte de la verdad, porque las instituciones políticas se rigen con la ideología difundida por los organismos financieros internacionales, sublimadas en las fuerzas ciegas del mercado. Esto es, la política ha sido sustituida por decisiones técnicas y la ética por un automatismo del mercado.

Si en nuestro país la corrupción subsiste en la tipología del clientelismo y del abuso de poder, en el modelo neoliberal se inserta en las estructuras morales del modelo económico. Las privatizaciones de empresas y el mundo de los negocios rompieron las antiguas estructuras sociales y morales, y llevaron a una crisis permanente, cultural y política, al país. Las mafias se adueñaron de él y unos pocos magnates se hicieron con todo.

Los técnicos que iniciaron la marcha del neoliberalismo en México, pusieron las bases para que la corrupción se instalara como forma hegemónica. Todo se hizo para que las empresas entraran al país y saquearan cuanto había. En poco tiempo, el alma del pueblo estaba cadavérico.

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El político mexicano trascendió el concepto clásico de su carrera y se insertó, sin oponer una crítica, en la lógica del mercado.

Como tal, el político mexicano es una mercancía que se compra, vende y obtiene ventajas en un mercado constituido por el sistema de partidos. Si la naturaleza del neoliberalismo es la corrupción, el político local adquiere sin chistar esos valores, consciente de que evitarlos lo sacan del mercado o, peor todavía, lo expulsan sin posibilidades de rescatarse como producto estelar reconocido.

La comercialización del producto denominado “político mexicano” adquiere sus propias características, al estar mimetizado en las viejas formas de corrupción de las generaciones posrevolucionarias. El resultado le reditúa clausura de mente y corazón, y lo convierte en un bárbaro configurado para emprender las batallas más inclementes.

Esto lo presenta como mercancía sui generis, con sus propias normas y reglas que hacen muy compleja su extirpación del cuerpo social mexicano. Quienes denuncian la falta de fundamentos jurídicos y leyes para derrotar a la corrupción política, apenas señalan la punta del iceberg, porque estos esfuerzos, planteados sin la acción de las masas y sin el combate hasta el final contra la influencia neoliberal en nuestra vida pública y productiva, serán sólo disparos con balas de salva.

Los mexicanos tendremos aún que caminar largas jornadas antes de lograr un nuevo proyecto de país, en contra del neoliberalismo y sustentado en la voluntad democrática y autogestionaria de las masas en movilización permanente. Sin ello, será imposible recuperar nuestra patria; no tendremos políticos honestos y decentes. ■

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