Misoginia: de lo normal a lo incorrecto

Misoginia: de lo normal a lo incorrecto

Igual que los sueños, los lapsus y los actos fallidos, los chistes son una de las maneras en las que brota el inconsciente, según decía Sigmund Freud.

Es el humor unos de los lugares donde podemos hurgar en nuestros miedos, anhelos, y también en nuestra parte más oscura, la homofobia, el racismo, el machismo, etc.

No queremos decir con esto que reírse de las situaciones más trágicas de nuestra vida sea condenable, al contrario. Es una forma sana de lidiar con eso; pero también es verdad que en ocasiones esto puede significar abonar al escarnio de situaciones que lastiman a alguien o quitar la pesada carga de la responsabilidad en otras. Por eso la línea entre el humor negro y el mal gusto puede ser tan delgada y confusa.

En este tenor, los patéticos comentarios de Marcelino Perelló poca gracia pueden generar. El supuesto líder estudiantil de 1968 que tenía un programa en Radio UNAM, consideró exageradas las protestas por el amparo que recibió uno de los porkys, bajo el argumento de que introducir dedos en la vagina de Daphne, contra la voluntad de esta joven de entonces 17 años, no constituía una violación.

Entre risas, en su programa de radio Contra Sentido, Perelló dijo que era necesario que hubiera pene para poder hablar de violación y dijo que eso había pasado porque la víctima estaba “muy buena y metible”. Por estas declaraciones, su programa fue cancelado inmediatamente.

Luego de este escándalo, quedó al descubierto que la conducta de Perelló no era nueva. Desde el 2011 tuiteaba comentarios dignos de ser revisado por un psiquiatra, tales como: “hoy mi hija Aina es una doctora respetable y muy respetada por pacientes y colegas. Ni se ha de acordar de cuando yo le agarraba las nalgas” o “¡De qué manera me faje yo a mi hija cuando tenía cuatro o cinco años! ¡Cómo reía!”; o “Yo he sido un violador compulsivo. Y todas las violadas me lo agradecieron”

Además de estos que parecen ser las confesiones de un pederasta, Perelló escribía comentarios misóginos como: “el amor (definición 1) es lo que las mujeres hacen mientras uno se las coge” o “Me gustaría ir a la manifestación de las putas @rosefem1 el problema es que estoy a favor del acoso sexual (ejercerlo y sufrirlo)”

Sus comentarios, frecuentemente sexistas, habían pasado desapercibidos hasta ahora, pese a ser parte de Radio UNAM, y a escribir en el Excélsior, debido a que podrían considerarse “normales” si entendemos esta palabra como sinónimo de frecuentes.

Y es que apenas ahora, gracias al tesón y la terquedad de muchos luchadores sociales, el lenguaje misógino, la violencia contra la mujer se han convertido en lo “políticamente incorrecto” y se está empezando a ver con gravedad lo que antes nos parecía mera picardía.

Es innegable que esto tiene sus bemoles. Hay excesos en los juicios, protagonismos a la caza de banderas por las cuales rasgarse las vestiduras y pólvoras gastadas en infiernitos.

Pese a esto, no puede dejar de valorarse que poco a poco y paso a paso, se construye un mundo mejor para la mitad de la población que siempre ha sido sometida, que padece violencia por pertenecer a un género, y vive condenada a ganar menos por igual trabajo simplemente por ser mujer.

Sin que nadie se los pidiera, hoy el grupo Café Tacuba se plantea dejar de cantar la icónica canción de “Ingrata” en la que habla de meterle un par de balazos, a esa a la que ya no le cree nada, por considerar que tiene un enfoque misógino del cual no eran conscientes anteriormente.

Aunque con polémica, hoy se discute si el video del cantante Gerardo Ortiz, en donde asesina a la mujer que le fue infiel es una incitación al feminicidio; y atrás quedó la normalidad con la que hombres y mujeres coreamos “La Planta” (del grupo Kaos) esa canción en la que con una analogía jardinera se habla de la promiscuidad de una mujer.

Estos parecen muy malos tiempos para ser mujer, porque a la salida de Michelle Bachelet solo habrá hombres en los primeros cargos de occidente, porque a Dilma Roussef aún se le critica con adjetivos que no se le dirían a los hombres, porque aún tenemos muchas Daphnes que no reciben justicia, o muchas Karlas que “mueren por putas”, por haber salido de noche con amigos y sin sus novios. Pero también hay buenas noticias.

También nos ha tocado vivir la transición de la misógina “normal” e inadvertida, al temor permanente de rayar en lo políticamente incorrecto a veces incluso exagerado.

No hemos encontrado el equilibrio y quizá nunca lo haremos, pero estamos un paso más cerca de ese estado de equidad, y para llegar ahí, sigue siendo necesario denunciar a los Marcelinos Perelló que topemos en el camino. ■

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