Las campañas negras y la necesidad de la verdad

Las campañas negras y la necesidad de la verdad

¿Por qué se desatan las campañas sucias? El ataque intenta manchar la solvencia moral de los candidatos para generar la impresión de que harán un uso inadecuado de los recursos públicos. El asunto es que se descuida toda la dimensión programática en las campañas. Las mutuas acusaciones implican temas que serían objeto de investigación judicial, porque el contenido de las diatribas, de ser cierto, constituye delitos. Pero no observamos la aportación de pruebas, ni tampoco la respuesta de demandas por calumnia. Todo se convierte en un circo mediático donde los mensajes viajan en las redes como meros supuestos. Sin duda se tienen, en algunos casos, dudas razonables sobre su veracidad, pero los equipos de campaña deberían tomarse la molestia de realizar verdaderas investigaciones que recaben pruebas de los dichos. Sin duda es importante ‘saber’ si algún candidato tiene o no calidad moral, pero saberlo, no sólo ‘creerlo’ o ‘suponerlo’. Los partidos políticos no hacen tareas metódicas, ni en las jugadas negras que emprenden, menos las tienen en los planteamientos de política pública que pretenden proponer.

Los rumores son posibles porque previamente hay una situación opaca que los hace posible. Y también huecos legales que no impiden a los actores políticos actuar impunemente. La falta de regulación en materia de guerras negras es absoluta. Obligar a demostrar las acusaciones provocará que los equipos de campaña investiguen con seriedad y suban a las redes versiones cercanas a la verdad, o se abstengan de difundir mensajes que sólo exasperan la especulación pública.

El exceso de propaganda negra causa que el conjunto de las campañas se conviertan en espectáculos grotescos lo que, sin duda, es una regresión democrática. Para evitar que la información sobre la forma de vida privada de los candidatos que sea de interés público, como el caso de sus propiedades, su estado de pago de impuestos, y sus conexiones familiares, se realicen no sólo por obligación, sino en formas transparentes y verificables.

En estas últimas dos semanas hemos presenciado los productos de campañas sucias, como las filtraciones de llamadas telefónicas que muestran a personajes de la vida pública mostrando sus negociaciones, acusaciones de narcotráfico, de enriquecimiento ilícito, corrupción en general, apoyos ilegales, trampas o teatros montados, acarreos y, las más famosas: las despensas con manejos meramente publicitarios.

Los ciudadanos debemos exigir que las campañas eleven su calidad. Las actuales dejan mucho que desear. Pero eso pasa por una enorme reforma de la ley electoral con el objetivo de obligar a que los actores político-partidarios construyan sus propuestas a partir de estudios y conocimientos estrictamente justificados, y si tienen algo que decir que involucre la moralidad de otros contendientes, también deben estar previstos los procedimientos expeditos para presentar y resolver quejas de los afectado. Lo que queremos los ciudadanos es la verdad, no invectivas de dudosa verosimilitud. En una palabra grave: queremos la verdad.

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