Tierra baldía: círculo mórbido entre des-confianza y corrupción

Tierra baldía: círculo mórbido entre des-confianza y corrupción

Los estudios dados a conocer estos días sobre la percepción social en materia de corrupción y confianza, implican consecuencias importantes. La percepción social se corresponde con la corrupción existente, y la correspondiente a la confianza nos habla del estado real del tejido social. En la sociedad funciona el mecanismo que Merton llamó de Profecía Autocumplida: la percepción determina una serie de conductas que, a su vez, condicionan el problema mismo que se percibe. Ubicar poca confianza entre los ciudadanos significa que las redes  para resolver problemas sociales son débiles, o en otras palabras, refiere a un muy bajo capital social, lo que a su vez, tendrá como consecuencia la poca disposición en participar en acciones colectivas para mejorar el funcionamiento de la sociedad. El alejamiento de los demás, genera también distanciamiento de las instituciones, lo que repercute en poca vigilancia y control social y, como consecuencia, en  mayor pérdida de confianza en ellas. Y la ausencia de control social hace posible la generalización de la corrupción, lo que tiene como efecto que aumente el nivel de desconfianza, y se reproduzca un círculo vicioso del que es muy difícil salir. Estamos atrapados en un círculo de profecía autocumplida entre confianza interpersonal, participación social y corrupción.

Las cifras que arrojan los estudios son alarmantes por ser tan altas: 7 de cada 10 no confía en los otros, y 9 de cada 10 consideran frecuente la corrupción. Estos números revelan que el círculo es mórbido, habla de una sociedad en decadencia, porque el escepticismo social se convierte en causa de la poca disposición de intervenir para resolver la corrupción existente. Es un escepticismo que cae en la tierra baldía del cinismo. El escepticismo no es decadente cuando es esperanzado, cuando se observa la posibilidad de que las cosas pueden cambiar, y por ello, existe la disposición de participar en el cambio. Pero el círculo mórbido del que hablamos genera la creencia de que nada puede cambiar, y la impotencia que genera la sensación de aislamiento provocada por la fragmentación social propia del bajo capital social, consolida la desesperanza. Y la actitud cínica conduce a adaptarse a la circunstancia que se percibe en vez de organizarse para solucionar el problema. Es lo propio de las sociedades decadentes: perciben que hay mucha corrupción y la reacción es adaptarse a la misma, con lo cual, el resultado final es más corrupción.

La pregunta en este caso es, ¿cómo romper el círculo reproductivo de la decadencia? A nuestro juicio, sólo creando procesos que generen la percepción de que el cambio es posible; es decir, el antídoto es la esperanza de que sí se puede cambiar el estado de cosas, la que surge  cuando se rompe alguno de los eslabones de la cadena circular: el del capital social, y/o el de la arquitectura institucional del Estado. Pero esto mismo supone que ha emergido un sujeto social que puede propiciar la creación de capital social y/o los cambios de la arquitectura del Estado que brinden mejores expectativas sociales. Y ese sujeto no lo vemos; sólo se observa tierra baldía en el horizonte zacatecano.

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