Caza-futboleros

Caza-futboleros

“El buen ciudadano no es pambolero, al menos no el que se considere de izquierda”, parece ser el mandamiento de los últimos días a partir del inicio del mundial de futbol. Menos aun cuando se dio a conocer el calendario para la discusión de las leyes secundarias de la Reforma Energética, que, cosas del destino, casualmente coincide con todas las fechas importantes del camino de la Selección Nacional en el torneo mundialista.

El rechazo de una parte de la izquierda al fútbol, en honor a la verdad, no es gratuito. Es habitual que este espectáculo sea la cortina de humo ideal para las reformas impopulares, y hasta para las torturas, como sucedió en el Mundial de Argentina 1978 bajo el gobierno de Videla.

Sin embargo el Mundial ha sido también, en otras ocasiones, la oportunidad para hacer llegar un mensaje político. Como en el mismo mundial argentino, cuando se negaron a jugar el holandés Johan Cruyff, el alemán Paul Breitner y el capitán histórico argentino Jorge Carrascosa por la situación política en la que se encontraba aquel país. O bien, cuando los jugadores de los Países Bajos rechazaron saludar a la comitiva de militares en el palco en la final de dicho mundial.

El fútbol ha sido incluso, el escenario de revanchas a atropellos geopolíticos que no pueden responderse con la misma moneda. Los ingleses que arrebataron las Islas Malvinas a Argentina, tuvieron que tragarse el coraje de ser derrotados por la selección albiceleste con un gol fraudulento de Maradona, que el argentino explicó diciendo que lo había metido “poquito con la cabeza, y poquito con la mano de Dios”. Nunca podrá compararse un robo con otro, pero al menos en el terreno de juego se brindó una satisfacción a los argentinos que no habrían tenido de otra manera.

Pero nada de ello convence a una parte de la izquierda de des-satanizar el fútbol; a una parte solamente, a la que acusa de debilidad mental a todo aficionado del balompié, pasando por alto que el autor de uno de los mejores libros para entender la desigualdad en el mundo y la pobreza de nuestro continente a través del libro Las venas abiertas de América Latina, es el mismo que escribió El fútbol a sol y a sombra, el maravilloso escritor Eduardo Galeano, capaz de interesar al más indiferente con sus análisis futboleros. Tampoco lo ha logrado el escritor Juan Villoro, aficionado al fútbol e invitado frecuente en televisión para hablar del tema, sin que ello signifique que deje de manifestar una posición política frente a los grandes asuntos del país.

Y si ni Galeano, ni Villoro lo han logrado, tampoco Maradona con su tatuaje del Ché y de Fidel y su eterna crítica a las mafias futboleras, menos podré hacer yo, y no faltará quien piense que hablar de fútbol en los tiempos en que se discuten las leyes secundarias a la Reforma Energética, el permiso de despojo de tierras que se acaba de aprobar en el senado a trasnacionales, o la ley de telecomunicaciones, es cuando menos una negligencia.

Es verdad, la atención de la gente no está en esos temas por el momento. Sin embargo tampoco estoy muy segura de que sería diferente si no estuviera en curso el mundial de fútbol. La gente estaría entonces viendo la telenovela, en el cine, o preocupado por vivir el día a día. En todo antes de estar viendo el Canal del Congreso que de por sí llega a pocos hogares en nuestro país, y en el que además, se sostienen unas discusiones técnicas y jurídicas frecuentemente incomprensibles para quienes no están especializados en el tema, y que esperan al día siguiente a que las notas periodísticas, y los análisis políticos les traduzcan la infamia del día anterior.

No podría caerse tampoco en la ingenuidad de pensar que la agenda legislativa no se ajustó a la mundialista intencionalmente. Tampoco podría creerse que el mundial no tiene para nada un efecto distractor, al menos de la atención mediática. El asunto más bien es admitir que poco se logra con la actitud caza-pamboleros que pretende hacer responsable de todos los males del país a quienes celebran los goles durante las dos horas que durar un partido.

Con ello, lejos de sumar, restamos, insultamos y no explicamos, tratamos de vencer y no convencemos. El fútbol, el nuevo opio del pueblo, genera la misma alergia que durante años generó la religión, y por tanto la misma consecuencia: el alejamiento de un sector de la población que se siente juzgado.

No se trata de ser el hipócrita que aparenta disfrutar el fútbol (de la misma forma que otras veces finge disfrutar la charrería, el beisbol, la ópera o lo que se ofrezca). Si no de entender que en él mucha gente satisface necesidades de identidad, de pertenencia, de sentirse parte de un grupo social y tener una causa común, una razón para festejar al unísono ante el triunfo, y para llorar simultáneamente en el fracaso. La misma necesidad que otros satisfacen en su participación política. ■

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