Puros cuentos

Puros cuentos

Dignidad y Necesidad.

Ellas convivían desde siempre, sin embargo, en los tiempos recientes ambas cohabitaban de manera particularmente estrecha.

Dignidad, vestida impecable y sobriamente con su único traje, el sastre gris, y Necesidad, andrajosa, decidiendo su precario guardarropa bajo el nada complicado criterio de usar lo que estuviera a su alcance, eran francas enemigas, lo que, como sucede en algunos matrimonios, era más vínculo para vivir juntas que motivo para separar sus existencias.

Como resulta claro suponer, mientras Dignidad pretendía actuar guiada por ideales, por aquello que creía debía ser, Necesidad obedecía hasta a la ilusión que pensaba podía satisfacerla.

Esa tan inmemorial como estrecha convivencia tenía como escenario principal el sitio de un empleo de quinta, en una ciudad de cuarta en un país de tercera.

Aunque para algunos sería eterno el connubio de estos personajes, cuyo quizá única coincidencia era compartir al amante Frustración, un día someter el deber ser de Dignidad al hambre de Necesidad, trajo por fin las consecuencias esperadas…

¿Emprendieron una última encarnizada lucha hasta su mutua aniquilación? ¿Dignidad logró instaurar un nuevo sistema económico y político sometido sólo a ella, que hizo posible la satisfacción de Necesidad?

El desenlace fue lógico, sencillo, predecible: firmaron un convenio y luego se echaron un partidito.

 

¿Acto criminal o mediático?

Un nuevo asesinato producto de una vieja práctica. Nuevamente a juicio el tema, no los autores materiales de otra esperanza menor de edad muerta.

¿Quiénes pueden oponerse a la diversión de los muchachos, a la broma, a la selección natural del más fuerte como modo de perpetuar la dinámica de la exitosa y muy sana sociedad actual?

¿Quiénes, aun teniendo la razón, se inclinan por considerar delito a la violencia entre estudiantes y fincar responsabilidades por éste a maestros y padres, antes que por una conferencia de prensa vestida de humanismo e inacción para hablar de la glamorosa mediocridad de programas para prevenir el delito?

Claro, únicamente se oponen los dañados, los ofendidos, los padres de los muertos. Pero ellos no tienen el poder, que ni es de ellos ni para ellos.

¡Faltaba más! Caso juzgado.

 

Por qué el jefe es el jefe

En obscuro y maloliente callejón cuchicheaban un par de individuos, de difícil descripción en esas condiciones.

Mil palabras cruzaban acerca de lo que creían eran errores cometidos por su jefe.

Acusaciones respaldadas por gran variedad de fuentes, rumores, chismes y cifras iban y venían, acompañadas del desenfado ruidoso de una “callejoneada”, práctica a veces violenta, frecuentemente molesta para los vecinos y casi siempre etílica para los participantes.

En la turbiedad propia de la hora y de la clandestinidad, así como en lo aromático de una media noche sin baños públicos, ningún pecado capital quedaba sin atribuírsele a su mandamás.

De pronto el jefe apareció acompañado, primero, con aplausos y, luego, con sus palabras de agradecimiento a los agradecimientos que atento en la obscuridad había escuchado. Quienes hasta hacía muy poco denostaban a su amo, quedaron sin habla.

Ahí quedó demostrado que manda quien somete la razón de los demás a la fantasía de uno. ■

 

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