Entre un déspota ilustrado y un presidente ignorante

Entre un déspota ilustrado y un presidente ignorante

La cultura de un pueblo, además de ser su mayor fuerza de cohesión, es el conjunto de conquistas teóricas dentro de los diferentes campos del conocimiento, que si bien carecen de inmediata practicidad, son el mejor sustrato desde donde el desarrollo material germina hasta alcanzar los más altos grados del bienestar técnico y científico. Es decir que sin cultura por principio no habría ni identidad nacional, ni desarrollo social, lo que nos invita a considerar que las políticas oficiales que promueven comprimir o reducir los fenómenos culturales de un país, buscan por un lado lastimar la conciencia crítica colectiva y por otro, minimizar la capacidad de respuesta del pueblo en contra de las medidas que le son lesivas por parte de la autoridad. En parcas palabras: la cultura es la llave de todos los grilletes, lo que significa que entre menos cultura tenga un pueblo, mayor será la posibilidad de oprimirlo desde su espíritu, y en consecuencia, de someterlo sin dificultad en el ámbito de lo práctico.

La cultura encuentra la fuerza de sus motivos en la voluntad moral y en el desarrollo del espíritu; es el estandarte del pensamiento independiente y el viento bajo las alas de las razones críticas; la cultura es el motivo de la libertad equilibrada y el sustento de la ecuanimidad en la justicia. Es decir que entre menos cultura tenga una nación, mayor será el índice de arbitrariedades que se sucedan al interior de ella; con más éxito prosperará la injusticia en cada segmento de la sociedad que la conforma; y con relativa sencillez se pacificará a los inconformes por las medidas de opresión que se determinen desde las altas cúpulas del poder. 

Aunque nuestro país es un oasis cultural gracias a su historia y a su polifacético perfil social, donde se conjugan los vicios, virtudes y tradiciones de varias razas, ha sido imposible capitalizar efectivamente esos recursos de carácter moral, a fin de condensarlos en un bienestar material colectivo –de manera análoga sucede con nuestros recursos naturales, si consideramos la raquítica industria de la transformación que le han dejado las administraciones de depredadores a nuestro país, aunque ese es otro tema-. El actual presidente de México, un hombre que presentó en su momento un proyecto de nación y fue rechazado por alrededor de dos tercios de los votantes –de aquí también la necesidad de replantear nuestro sistema electoral-, tiene hoy la desafortunada intención de golpear al país directamente en su desarrollo cultural con dos medidas fundamentales: la reducción de un cuarto del presupuesto cultural nacional, y el gravamen de libros a través de la reforma fiscal.

Con el planteamiento de reducir cuatro mil millones de pesos al rubro de la cultura en el país, de un total de 16 mil millones, no queda lugar para dudas al respecto de los verdaderos intereses de nuestro gobierno actual: por un lado no existe una intención cierta de favorecer el desarrollo de la educación nacional; por otro, si se considera que los individuos cultivados son proclives a la civilidad y el urbanismo, tampoco se tiene interés en rescatar la conciencia popular ni combatir el fenómeno de disolución social a través del cultivo de las nuevas generaciones. Desde el otro flanco, una de las medidas que se pretenden tomar a partir de la próxima reforma fiscal consistirá en agregar impuesto a los libros, objetos que históricamente han promovido el desarrollo cultural de la humanidad por resguardar y trasmitir la información extra genética de nuestra especie.

Ahora bien, hagamos un silogismo partiendo del acuerdo de que la cultura libera la conciencia de las personas, y éstas, una vez que se han librado de las ataduras del pensamiento, tienden por necesidad casi natural a romper también las cadenas que los aprisionan en su realidad cotidiana. Así pues, si la cultura promueve la libertad, y el actual gobierno de México trabaja para distanciar la cultura de la población, la conclusión es clara: nuestro gobierno es un gobierno represor. 

Con todo lo anterior podemos decir al menos hoy con certeza, poniendo a la sociedad en la que vivimos y a su gobierno para favorecer el contraste, que se ha dado un mayor bienestar social en los despotismos ilustrados de la historia, que en nuestra actual democracia dirigida por ignorantes. ■

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