8 PM

8 PM
Cuervo 8.

La Gualdra 387 / Aniversario 8 Gualdreño

¿Has pensado en eso que te dije? Musitó mientras se acercaba la taza a los labios. Bebía un café cargado y levemente le temblaban los dedos. Tan finos como ella misma. No haremos nada por ahora, le dijo el hombre que había llegado esa mañana al departamento. La sala apestaba. De hecho, toda la casa olía terrible. Pero justo en la sala había pasado aquello, en la madrugada. ¿Quieres tomar algo? Preguntó ella con una voz que podría quebrarse en cualquier momento. Él la miró con violencia y no dijo nada. Cerraron las cortinas, desconectaron el teléfono, se lavaron por cuarta vez las manos y los antebrazos. Era un edificio viejo y casi olvidado, pero la ansiedad les secaba la boca. Repasaban mil cosas en el pensamiento y parecía que nada conducía a un buen sitio, como un camión que perdiera los frenos en plena carretera. Ellos llevaban años saliendo. Se separaban por breves lapsos porque ella siempre lo aceptaba después de cada pelea. Un desastre. Hace unos días habían discutido tan fuerte que ella se encerró en el baño hasta que él se fuera. Durante ese tiempo un primo se encontraba en la ciudad y fue a visitarla. Y como suele ocurrir en su vida eso sólo provocó más tragedia. Conozco a un tipo que nos puede llevar lejos de aquí, dijo sin mirarla. Tira todo lo que esté sucio y espérame. A las 8 tocaré el claxon y bajarás sin hacer ruido, me estacionaré en la otra esquina. Ella asintió clavando sus ojos azules en él, como si esas palabras representaran la salvación. Se levantó bruscamente, dio unos pasos y la tomó por el brazo: no hables con nadie o… No terminó la frase y se fue. Cuando llegó la hora pactada ningún coche había dado pistas de sí. Ella temblaba por dentro, castañeaba los dientes. Esperaría una hora, dos, tres más, las que hicieran falta. Pero eso nunca iba a ocurrir: él ya estaba muy lejos. En el departamento aquel olor ya era insoportable, no pasaría mucho para que alguien abriera esa puerta. Ella seguiría allí sentada en la sala con una taza entre las manos. La noche fría inundaba todo con su oscuridad y al parecer lo único que brillaba en ese departamento era su primo que yacía en el piso, la mancha circunscrita a él y los ojos dilatados de ella que no podía dejar de verlo.

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