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La conducción positiva de la indignación: inundar el infierno

La conducción positiva de la indignación: inundar el infierno

La energía social manifestada ayer, ¿hacia dónde se conducirá? Una posibilidad es que quede en protesta y se diluya. Pero otra posibilidad es que esa energía empuje a una solución verdadera. Si la presión social lleva a que se articulen instituciones alrededor de un programa efectivo, entonces será una energía en positivo. Pero si queda en mera protesta, pues contribuirá a una mayor entropía social: energía que en su desperdicio sirve para generar mayores turbulencias o perturbaciones. Todos deseamos que la inteligencia cultivada en la universidad conduzca este empuje que observamos ayer. En otras palabras: que la participación de los universitarios en actos de protesta, se traduzca (en un segundo momento) en el diseño de soluciones.

Sin embargo, no hay solución efectiva que no pase por el compromiso de todo mundo: gobierno, instituciones educativas y organizaciones de la sociedad civil. Sociedad a través de formas organizativas, la sociedad suelta como arena es estéril. La única manera en que la sociedad se convierte en sujeto de emprendimientos sociales es cuando se conforma en diversas formas de organización. Sin organización no hay acción colectiva. La sociedad no-organizada es sólo arena. Y además, la fuerza del Estado: el conjunto (relativamente unificado) de instituciones y actividades reguladas que son vinculantes para toda la comunidad política. Si todo el entramado de estos actores se articula sobre un programa muy concreto, todo puede cambiar. ¿y qué puede evitar que no se logre la articulación? Pues factores que fragmentan: sectarismos políticos o incapacidad de conciliación de las diferencias entre las diversas organizaciones o instituciones convocadas. Entramos ya a un proceso de competencia política intensa, que estará jugando todo el año que entra. Y ojalá no se convierta en un factor de fragmentación en las iniciativas de la seguridad.

Lo importante de la marcha de ayer es que introdujo la esperanza. Y eso es oro puro: la esperanza es saber que hay posibilidades de resolver el problema de alguna forma, y creer eso empuja a la acción. La desesperanza provoca inacción e infernales círculos viciosos. Ahora hay que pasar de la esperanza a la efectividad: de la posibilidad a la realidad. El ánimo y la decisión parece que va en ascenso, ahora resta que las dirigencias institucionales tengan el talento para afinar su capacidad directiva. Y dicho talento incluye la sensibilidad para centrarse en el problema mismo y no en las ambiciones particulares de su trayectoria política. La ambición en estos casos tiene mecánicas inversas: priorizar sus intereses puede, justamente, llevarlos a perder lo ambicionado. Por ello, por el bien de todos, incluyendo a los actores políticos particulares, es necesario que se genere una conducción de la energía social colectiva y muy articulada. Eso puede hacer la diferencia. Podemos respirar y pensar que es factible inundar al infierno.

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