Incrementar la intensidad ciudadana en México, condición indispensable para lograr la paz

Incrementar la intensidad ciudadana en México, condición indispensable para lograr la paz

De acuerdo con el Programa de Naciones Unidos para el Desarrollo, uno de los factores que explican la descomposición social y la degeneración institucional que sufrimos en México, así como las dificultades para superar ambos procesos, es la ciudadanía de baja intensidad que ejercemos los mexicanos. En el paradigma del desarrollo humano del PNUD, la intensidad de la ciudadanía que existe en un país depende de la cantidad y calidad de la vigencia de los derechos humanos que sus habitantes ejercen realmente. Lamentablemente, el régimen político completo conspira contra el incremento de la intensidad de nuestra acción ciudadana. Son demasiadas las costumbres que alimentan la creencia de que las escuelas, las instituciones de seguridad social, la asistencia social, etc., sólo mejoran cuando así lo decide el titular del Poder Ejecutivo correspondiente. Son muy pocas las personas que conocen todos los derechos humanos, y son menos aún quienes los ejercen a plenitud. Y lo que es peor, la mayoría inconsciente de la importancia de exigir la vigencia real de los derechos considera un despropósito la movilización social para exigirla.

El problema es que ante la indiferencia de la mayoría, las políticas neoliberales aplicadas consistentemente en nuestro país a partir de 1982 fueron excluyendo a millones de familias del grupo de privilegiados que gozan de los derechos fundamentales y, no menos importante para su equilibrio emocional, también fueron excluidos del selecto grupo de los consumidores por la vía de negarles un ingreso suficiente para sentirse parte de esta sociedad donde los máximos valores son el dinero y el consumismo compulsivo, al tiempo que observan la generalización de la corrupción política y la impunidad. Como no podía ser de otra manera, una parte considerable de nuestra sociedad, especialmente jóvenes, acumuló rencor y desesperanza ante su situación y sólo encontró su participación en alguna pandilla o cartel, como puente para formar parte de ese mundo de consumidores compulsivos. Al mismo tiempo, la dinámica neoliberal fue entronizando el egoísmo y la competencia individualista, en lugar de la solidaridad y la acción social. Por toda la red trasnacional de medios de comunicación se afirma todos los días que el comportamiento egoísta es natural en los seres humanos y que su generalización mejoraría permanentemente la vida económica de cada persona y cada país. La crisis mundial del 2008 ha desmentido ese importante dogma neoliberal, pero la élite del poder de muchos países, entre ellos México, sigue ajustando su comportamiento político a ese paradigma, propiciando el incremento de la cantidad de personas suficientemente indignadas con su “suerte” y desesperadas por obtener dinero a costa de lo que sea y obtener los objetos a su disposición en el mercado.

Lo anterior pone ante nosotros la complejidad del problema que padecemos y las dificultades que debemos superar si deseamos iniciar su solución de fondo. Si nos atenemos a lo señalado, es evidente que la estrategia de la guerra estaba condenada desde el principio y que quienes tienen en sus manos las riendas del poder público no piensan cambiarla. La mayoría de los mexicanos está ante la disyuntiva de mantener su indiferencia y seguir en el tobogán de la descomposición, o aprovechar el proceso electoral del 2018 para lograr el cambio de rumbo que requerimos.

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