Únete a los optimistas

Únete a los optimistas

Para Simitrio Quezada

Tenga. Tenemos un país que se va a la mierda. Repito: únete a los optimistas. Pienso en los que con trabajos alcanzan a leer bien unas cuantas líneas cuando se les pide que lo hagan en voz alta. La primera pregunta: ¿importa? Más allá de alimentar a una clase intelectual voraz y mamona que se ha vendido al mejor postor y que procura por todos los medios, y mientras la beca gubernamental dure, justificar una vida inútil con el pretexto de que escribe algo que muy pocos leerán, ¿importa? Repito: únete a los optimistas.

Los procesos de lectura han sido mutilados. Actualmente no se lee por placer sino por obligación: la lectura te traerá un beneficio inmediato, llámese un punto extra sobre tu calificación final, llámese un conocimiento empaquetado y concreto (como comida congelada), de esos conocimientos que te puedes aprender sin recurrir a mucha memoria (la técnica ahorcó lo más hermoso de la memoria) y luego repetir y repetir para quedar bien a la hora de una presuntuosa cena intelectual, en esos escasos minutos en que los comensales que se encuentran a tu alrededor, todos ellos, ¡horror!, escritores, todos ellos, ¡horror!, intelectuales que viven de los impuestos, pero que no hacen nada por destruir y construir un país cuyo gobierno los contiene como perritos, dejan boca abajo el jodido celular. Y cuando el adolescente dice qué hueva yo lo comprendo, yo haría lo mismo: ya no se lee por placer y dentro de algunos años, a como van las cosas, la lectura quedará enterrada como un noble recuerdo de lo mejor que un día tuvo la raza humana.

Tartamudean. Se comen las palabras. Quién sabe que es lo que entienden. O lo que tratan de entender. Hijos bastardos de un modelo educativo que los entrena para ser los futuros obreros de esos cuantos que acumulan la riqueza en el país. Resignados. Podrían haber hecho mucho más pero el sistema los ha amaestrado. Lo que es peor: nos burlamos de nosotros mismos en fotografías que luego reproducimos como idiotas en Facebook. Eso: la burla y el escarnio.

Uno se pone a pensar en cosas peores. Por ejemplo, cómo es la concepción que tienen ellos del mundo. Y uno se pregunta si también vendrá fragmentada. Poblada de tartamudeos. Si así es cómo ven el mundo uno entiende por qué las cosas están como están. Pero vienen las elecciones. Seguro habrá un candidato que nos convenga y que salve a la embarcación, no así a la tripulación. ¿Se entiende? Repito: únete a los optimistas.

Nos ahorraron el trabajo de pensar por cuenta propia y hoy en día todo pensamiento pasa por cualquier serie de televisión, aplicación para celular o red social. Si no entiendes de ello estás tan muerto como el venado que atropellan en la carretera. Aplastada su cabeza. Ensangrentado su hocico. Al fin: ellos, los de siempre, lo han conseguido. Ya ni siquiera tienen que preocuparse por las manifestaciones porque éstas también están controladas por los mismos “líderes” de siempre. Y entonces leen en voz alta. Ya ni siquiera se disfruta la pausa de una coma, de un punto y seguido, de un punto y aparte. Apresurados por un tiempo que ni siquiera nos pertenece procuramos terminar la lectura lo más pronto posible. E inmediatamente sacamos nuestro celular. He visto a mentes inteligentes extraviarse en las banalidades de una era donde los avances tecnológicos han superado nuestras capacidades para hacer uso de ellas a favor de la inteligencia. En promedio suben más de diez fotografías al día. Sus falsas posturas resultan ridículas. Nunca nos atrevimos a pensar que llegaría un momento donde toda vida se construiría desde un texto o una imagen a través de una red social y está ocurriendo. Nos justificamos porque si no puedes contra el enemigo… Repito: únete a los optimistas.

Pero somos tan libres como para criticar cualquier forma de autoritarismo fuera de nuestras fronteras. Nos escandalizamos sin saber que a nosotros nos han amaestrado desde hace décadas. Criticamos lo políticamente correcto porque de lo contrario pasarás por mal mexicano. Cuando en el escenario apareció un gorila de la talla de Donald Trump nos causó repugnancia no por lo que él era en sí, sino porque representa un espejo donde cualquier mexicano de a pie se puede admirar. Su odio es nuestro odio. Sus mentiras nuestras mentiras. Pero hay quien tiene la valentía de defender su discurso con todas las complejidades éticas que implique, y hay quien tiene la cobardía para agachar la cabeza, exigir sin mover un dedo, y esperar a que encuentren otra fosa común como la recién encontrada en Zacatecas. Una simple pregunta: ¿cuánto nos llevará entender que estamos sobre una fosa común conformada por 32 estados de un país cuyo segundo nombre es cementerio? Toleramos los cadáveres. Toleramos una clase política capaz de aparecer a cuadro en el noticiero de las dos y reírse de nosotros. Porque en realidad eso somos: una gran burla. Repito: únete a los optimistas.

Nuestra memoria ha sido finamente diseccionada y sólo recordamos lo que ellos quieren que recordemos. Por eso no importan los desaparecidos. Por eso no importa la pobreza ni los altos índices de criminalidad. Importan los candidatos y las elecciones. Las declaraciones pomposas donde aún se nos promete lo mismo que en la década de los cincuenta. Alguien debería poner orden a esta mierda. No se confundan, los mesías, por lección histórica, nos han demostrado que son los peores a la hora en que llegan al poder tan sólo para transformarse en chacales. De entre el barullo saldrá un candidato independiente: sonrisa honesta, acciones y no palabras, y volveremos a creer en una democracia cuyos mecanismos son los de una dictadura (en el sentido de que gobiernan siempre los mismos) hasta que llegue nuevamente la hora de salir a la calle. Repito: únete a los optimistas.

Eso es todo. Los tantos y tantos hombres y mujeres que han hecho algo por fomentar la lectura entre niños y jóvenes merecerían gobernar este país. Pero ellos están preocupados por otros asuntos. Por ejemplo, sobrevivir. Por ejemplo, pagar la hipoteca a cincuenta años del departamento. En fin. Como señala José María Álvarez: nunca en la historia de la humanidad nos habían tenido tan bien controlados. Ahí terminó todo. Cuando aprendimos a obedecer. Eso: obedecer. Y tolerar el ejercicio de la impunidad como un suplemento alimenticio de ilusiones. Es tarde ya. Repito: únete a los optimistas.

 

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