¿Tenemos que hablar de Federico?

¿Tenemos que hablar de Federico?
Caravaggio. 'Medusa'. Óleo sobre tela. 60 x 55 cm. 1597. Galería Uffizi, Florencia, Italia.

La Gualdra 277 / Notas al margen

 

Hoy me desperté con la terrible noticia de que Federico, un adolescente de apenas 12 años, había disparado a varios de sus compañeros y a su maestra en una escuela de Monterrey. Horrible, haya sido en este país, donde jamás había pasado algo semejante, o en Estados Unidos, un lugar “cinematográfico” donde estos casos no sólo son más comunes sino que se han vuelto motivo de películas, libros y series. La noticia no asusta, no conmueve por el lugar donde sucede, sino por otras muchas razones que deberían resumirse en una: la violencia es inmune a la educación.

Obviamente, para el medio día del 18 de enero, día del suceso (y mientras escribo esto), las redes sociales ya estaban llenas con información al respecto. También, claro, atestadas de comentarios y “estados” que iban desde la llana condolencia hasta la crítica a ese sistema invisible y monstruoso que obligó al menor a realizar tan despreciable acción.

La dicotomía que nace con un hecho así: una balacera en el interior de una institución educativa, a manos de uno de los alumnos, es sin duda una crítica -por sí misma- a la sociedad en la que vivimos. La violencia entra a las aulas y pisotea los valores que se supone se están fomentando ahí dentro. Destruye no sólo el presente, sino el futuro, y se carcajea frente a la sociedad que no para de levantarse el cuello como progresista y humanitaria. Nos dice una y otra vez que no existen ideales que puedan contra la violencia.

Sí, lo que sucedió con Federico es terrible, triste, significativo. Pero no se trata sólo de compartir las notas “periodísticas” en las redes sociales y decir que México está podrido, que todo es culpa de un sistema enfermo –lo que es cierto-. También deberíamos tomarnos unas horas al día para reflexionar, para dialogar con nuestros seres queridos (familia, amigos) acerca de la violencia y de lo que todos hacemos para que un país podrido como éste se siga pudriendo todos los días. ¿Por qué un niño de 12 años tenía acceso a una pistola?, ¿por qué si subió una foto con el arma a sus redes sociales sus padres no lo sabían, y por qué nadie hizo nada? ¿Por qué los medios dicen que “tenía problemas sicológicos” como si eso fuera una justificación?

Como siempre, y aunque parezca un comentario inhumano para las buenas conciencias, lo importante no es tanto el acto -lo sucedido-, sino lo que el acto significa -lo que a partir del acto puede suceder.

Ahora apenas comienza a circular el rumor de que un par de compañeros de Federico sabían lo que éste iba a hacer; en el video puede apreciarse cómo uno de ellos parece hacerle, con la mano simulando una pistola, una seña que lo invitaría a disparar. Se habla de un grupo virtual donde varios jóvenes se impulsan a sí mismos a cometer actos violentos contra ellos mismos y contra los demás. Si suponemos que estos rumores son ciertos –nada descabellado-, entonces también tendríamos que empezar a pensar sobre qué es lo que nos lleva a construir una Sociedad del Miedo, ¿por qué nuestros jóvenes temen tanto a sus coetáneos, y por qué, también, le temen tanto a vivir? Pareciera que para ellos la vida es ya una forma caduca, una estructura que no sabe –o no puede- contenerlos, y de la cual prefieren no formar parte. Quien desprecia una vida se desprecia a sí mismo. Por eso es importante hablar del miedo, hablar de la violencia, porque sólo así podemos reconocerlos.

El miedo lleva al odio y el odio a la violencia. Vivimos en una sociedad aterrada y por tanto terriblemente violenta. En las redes sociales la mayoría no entramos a compartir buenos deseos y sentimientos empáticos; más bien las usamos como la ventana del odio. Pensamos siempre en qué publicar para molestar a los demás. Somos incendiarios y amamos el caos, pero cuando pasa algo como lo que hoy pasó nos alarmamos y preguntamos ¿qué estamos haciendo mal? Y es que no está mal confrontar al otro; incomodar es también una forma de impulsar el diálogo crítico; pero cuando la confrontación sólo tiene como finalidad dañar al otro; perjudicarlo sólo para disfrutar cómo sufre, entonces no estamos promoviendo más que el desprecio a nuestros semejantes.

Este niño con “problemas sicológicos” es un reflejo de cada uno de nosotros; cuando él empuña una pistola todos estamos fallando como sociedad, y cuando él dispara todos morimos un poco. El país está podrido porque está lleno de gusanos.

La indiferencia es también una forma de violencia. Si nos alarmamos por sucesos como éste pero nos mantenemos impávidos ante otras formas más “pequeñas” de la agresión, estamos poniéndonos una venda de autosatisfacción sobre los ojos. No creo que las cosas puedan cambiar sólo por hablar de la violencia, pero al menos podemos, al hablar del miedo, empezar a conjurarlo. Si escuchamos los disparos del chico de 12 años como voces de auxilio de este mundo, tal vez podamos empezar a entender que no hay mucha diferencia entre lo que Federico hizo y los feminicidios que se cometen a diario, o entre las “insignificantes” agresiones a nuestros animales domésticos; entre el suceso que hoy nos indigna y las ofensas y los ataques gratuitos que nos regalamos cotidianamente en estas redes virtuales.

La violencia es una misma y la ejercemos todos. Pensémoslo antes de compartir tonterías llenas de prejuicios, antes de opinar con el lenguaje del odio y el resentimiento, antes de sentarnos cómodamente a leer el periódico con la consciencia limpia; pensémoslo antes de juzgar y de señalar al otro, porque nos estamos clavando el dedo a nosotros mismos.

Tenemos que hablar de Federico, porque hablar de él es hablar del monstruo del miedo que, a diario, toma un arma y nos dispara.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-277

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