El vanguardismo esnob del Corona Fest

El vanguardismo esnob del Corona Fest
  • El son del corazón

La moda ascendente y tumultuaria de los festivales de rock en México es un fenómeno que revela, en su máxima expresión, la supremacía de las marcas sobre la creatividad musical. Así lo acaba de demostrar el Festival Corona Capital, los días 21 y 22 de noviembre pasados, con un programa integrado por decenas de bandas extranjeras, famosos DJ´s, y un escenario repleto de símbolos comerciales. En desprecio por la diversidad y la inclusión, los organizadores no invitaron a ninguna agrupación mexicana.

Después de ver agotada la sensibilidad estética que enriqueció el ambiente, característica de los años fundacionales del rock, cuando un país homicida parecía trastabillar ante sus propios experimentos bélicos en Vietnam, pocos valores artísticos aparecen en la actualidad del 4×4 eléctrico, para dar testimonio de su inconmovible fuerza cultural.

Hoy, toda banda de rock en el proscenio, es la marca. Más aún, los músicos se consideran poco exigidos por los recovecos morales de la creación artística.

El rock dejó de ser guía para recrear nuestro espacio vital, y se convirtió en comparsa que aviva la maquinaria expoliadora neoliberal. ¿Cuántos anuncios aparecen diariamente en los medios globales, donde el rock regala su formidable ascendiente en favor de la marca anunciada?

Nada existe ahí que nos ofrezca una idea respetuosa del mundo y un concepto libertario de transformación del hombre. Se puede decir: como idea, como concepto, ética y creatividad, el rock ha muerto. Lo que escuchamos, lo que vemos en la actualidad, lo que disfrutamos con ingenuo frenesí, sólo son los restos del naufragio.

 

Un aparato demoledor con ideología

A propósito del concepto de cultura que maneja la Corporación Corona, del que hicimos anécdota en un artículo anterior, tenemos que reconocer que su solidez comercial, reforzada con la energía juvenil emergente, se observa vigorosa e imbatible.

Actúa en su favor un concepto alienado de convocatoria masiva, ideado por la ciencia de la mercadotecnia y por expertos que saben reconocer los anhelos y aspiraciones de la franja juvenil. Como estrategia, buscan una hegemonía cultural que dé fortaleza y continuidad a su proyecto de control del mercado.

Las expectativas lúdicas que genera en la población bisoña, hacen de la cerveza Corona un demiurgo, un fetiche generacional que arribó para sustituir el símbolo de la Paz, representativo de la década de los sesenta, en la contracultura y el movimiento juvenil radical.

Nunca, en la historia moderna, se había observado un ingenioso, aunque no inédito, traslape conceptual, donde un símbolo que alimentó los sueños libertarios de varias generaciones, el de Paz y Amor, constituido por un círculo y tres líneas en su interior, fue sustituido por un cristalino objeto del deseo, que fanfarronea su desnudez ante nosotros, con su sugestiva botella ambarina.

¿Esto es una broma? No lo es. De lo que se trata es de acuñar profundamente, en el imaginario juvenil,  la cosmovisión fetichizada de la Corporación Corona, hasta completar la dualidad que asocia íntimamente al rock con su producto esencial. En un futuro, no queda duda, buscarán prolongar la experiencia hacia aspectos cotidianos de la existencia humana, entre ellos los espacios urbanos, la salud, el agua y la arquitectura.

 

El rock y la hegemonía comercial

Si no somos agudos situacionistas, el simbolismo y el lenguaje de las calles y los edificios más queridos, serán subordinados al proyecto configurador de la Corporación Corona. Una probadita se desprende de su intervención saqueadora en el mercado González Ortega de Zacatecas.  ¿Esto es una broma? No. Lo saben muy bien las regiones pletóricas de agua dulce, hoy en disputa para ser privatizadas por las grandes corporaciones, que han promovido cientos de conflictos para explotar el agua a su favor en todo el mundo.

Lo que pretende, como estrategia, la ideología depredadora de la Corporación Corona, es poner en vigencia una ecuación de hegemonía cultural como mediadora para controlar el mercado, anteponiendo la dominación de la sociedad por parte de los grandes empresarios y, sobre todo, sin destruir el concepto impostor de democracia, impreso por los intereses plutocráticos globales.

Antonio Gramsci y varios autores observaron precozmente la existencia de una conciencia subordinada, espontánea, no unificada y críticamente ignorante, porque los intereses del capital no se tientan el corazón para impedir la elaboración de una propia concepción del mundo, y para borrar la huella de autonomía que se imprime en la propia personalidad. Televisa, por ejemplo.

Lo que importa al gran capital es que sus percepciones, explicaciones, valores y creencias, se reconozcan como norma, transformándose en estándares de validez universal o de referencia, en las sociedades que actúan en el mercado mundial

Este agudo planteamiento, elaborado originalmente para problemas muy puntuales de la conciencia de clase de los trabajadores, regresa para echarnos a perder la Hora del Amigo, con una explicación que no puede soslayarse: el Festival Corona Capital está cubierta de ideología corporativa, y carece de espacios para la independencia y la elaboración lúdica de los asistentes. Al final, lo que predomina es su tenacidad por establecer su hegemonía en los mercados.

 

Un asunto viejo y triste

Ahora bien, de la música en sí hay pocas cosas que decir. Parece que las bandas, con matices, desean participar voluntariamente del gran proyecto de hegemonía comercial del Corporativo Corona.

Asistieron dos decenas de bandas traídas del exterior, junto con su fama electrónica y vanguardista, y el gran antecedente de sus ventas y conciertos. Pero no se percibió una señal de aliento vital en su concepto estético, preñado de lírica “maldita”; la idea de decadencia, poesía oscura y autoinmolación, parece imperar en su visión temática recurrente.

Deseo traer nuevamente a colación el planteamiento de Naomi Klein, aparecido en su libro No Logo (Paidós, España, 2001): “Por supuesto, la apropiación de la música por parte de las marcas no es la historia de una inocencia perdida. […] Durante toda la década de 1980, estrellas del rock como Eric Clapton cantaban en anuncios de cerveza, y las del pop en los de Coca-Cola o Pepsi, como hicieron George Michael, Robert Plant, Whitney Houston, Run-DMC, Madonna, Robert Palmer, David Bowie, Tina Turner, Lionel Richie y Ray Charles, mientras que los himnos de la década de 1960, como “Revolution” de los Beatles, se convirtieron en música de fondo de anuncios de Nike. […]En este mismo periodo, los Rolling Stones hacían historia al inaugurar la era de las giras patrocinadas; como era de esperar, dieciséis años después siguen siendo los Stones quienes estrenaron la siguiente innovación del rock empresarial: la banda como extensión de la marca.”

La Corporación Corona hace uso de una vieja y triste idea, sin pagar derechos de autor. ■

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