El Canto del Fénix

El Canto del Fénix

Juegos entre pobreza

M i madre nació entre dos comunidades rurales jalpenses, Corral de Piedra y La Macauta, al lado de un arroyo que generalmente se muestra debilucho. El padre de ella, pescuezudo y orejón, era un agricultor que solía vestir calzón de manta y debía pedir prestado el sobretodo de mezclilla cuando le era necesario bajar al pueblo. La esposa de él, mi abuela materna, era una quinceañera oriunda de un rancho llamado Las Pilas, hija de viuda y viudo vueltos a casar.

Relata Lilia, mi madre, que una de las mayores alegrías en su niñez se daba en las tardes en que su papá regresaba de la cabecera municipal. La imagino junto a sus hermanos Avelina y Pedro, parados los tres sobre un montículo para contemplar el paisaje extendido hacia Tenayuca. Buscaban entre la base del horizonte al caballo sobre el que retornaba Ramón Martínez, hombre que llevaba para sus hijos lo más delicioso en el mundo: colación blanca.

El alimento más placentero para un niño de Corral de Piedra era entonces esa bolita encrespada, cobertura de azúcar compacta. El gozo llegaba mayúsculo, la felicidad podía ser envuelta entre pliegos de papel café. Después de la cosecha, cuando había dinero suficiente, el flaco Ramón podía llevar a casa una barra de alfajor: gloria blancuzca con lomo rosa.

¿Con qué se divertían Lilia y sus hermanos? La pobreza impedía que atesoraran juguetes, así que recurrían a lo más inmediato. Lanzaban piedras en el agua de tanques y arroyos para provocar rebotes o “patitos”. Subían a los mezquites por ver quién llegaba más alto. Escarbaban entre las finas arenas donde dormían las cochinillas y también contra la arena cercana a torrentes.

Encontraban oxidadas hojas de lata y las utilizaban como pequeños comales. Incluso yo lo viví en Corral de Piedra durante mis primeros años: bajo el molino manual donde se ponía el nixtamal tomábamos algunas bolas de masa y corríamos para alcanzar el fuego y el comalito. A mis 7 años yo me sorprendía con el excelente sabor de las diminutas tortillas resultantes.

Esos juegos en la pobreza me tienen todavía maravillado. Al igual que mi madre, yo también me divertí con algunos de ellos. Fue Lilia mi maestra para jugar con los mayates: esos escarabajos negros con lomo verde jade como grano de café que aparecían entre nosotros tras las primeras lluvias. No eran del todo juguetes así como no eran del todo mascotas. Y escribo “mascotas” porque el juego con ellos consistía en amarrar a esos insectos un hilo en una de sus patas traseras y luego echarlos a volar, preferentemente en círculos alrededor de uno.

Es cierto que a veces el mayate lograba jalar demasiado, quedar sin pata y escapar. Sólo quedaba el dueño con singular conjunto: el hilo y la minúscula pata del insecto prófugo. Entonces tenía uno que volver a trepar por mezquites o guamúchiles para atrapar a otro mayate.

Era eso o hacer muñecos con olotes, o automóviles con piedras a las que se les marcaban ventanas con un trozo de roca tiza. Era eso o acostarse contra los huizachales para encontrar formas entre las nubes, de día, o las estrellas, de noche. Si se extinguían las luces colgadas de los pocos postes, llegaban las historias sobre ánimas benditas del Purgatorio: abuelos que se aparecían a las criaturas para decirles que habían muerto sin cumplir una manda de llevar veladoras a la Virgen, por lo que los nietos tenían que pagar.

Los juegos entre pobreza podían ser incluso los de pizcar cacahuates tiernos, jalar la cuerda del pozo o recoger agua zarca en guajes. No existía ansiedad por baterías agotándose, no había berrinches por un error en la tecnología. Encontrar la felicidad era entonces más simple y más sabio.

 

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