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lunes, 25 octubre, 2021

Sepultada entre los ecos

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La Gualdra 497 / Crónica / Historia

Para Hallier Morales que, sin saberlo,

 me dio este título en una entrevista;

para Juan Rodríguez que me invitó a comer 

a una cocina de  Huiscolco; 

 para cada una de las personas 

que se mencionan aquí, 

por haberme hablado de María.

Hace un mes, mientras viajaba a la Sierra de Morones bajo la guía de Josué Vela, un encarecido promotor del turismo zacatecano y de El Plateado, escuché el trágico suceso de María Rodríguez Murillo, la maestra rural que fue violada, torturada y asesinada en la comunidad de Huiscolco, a manos de un grupo de cristeros durante la época denominada como el rescoldo, quienes, azuzados por los odios clericales, repudiaron que impartiera clases de educación sexual a los niños de la comunidad y fuera representante del “comunismo” impulsado por el presidente Lázaro Cárdenas.

La historia, muy parecida a la película Canoa, del director Felipe Cazals, ha sido contada por cronistas, historiadores y reporteros de una y otra manera, al punto que cada una de las versiones particulares la han enterrado entre ecos de una época que al momento complican dilucidar los verdaderos porqués de su asesinato y cómo fue que llegó a esa comunidad entregada al magisterio. Por el morbo que inspira la crueldad de la historia misma, sus biógrafos se han centrado en narrar el cómo fue asesinada la noche del 26 de octubre de 1935, en establecer una verdad oficial que culpa a la Iglesia, en lugar de explorar los contextos sociales, políticos, religiosos y educativos que movieron a los actores intelectuales que dieron la orden de matarla y a los materiales que la ejecutaron, pues entre un texto y otro las fechas, los nombres y los motivos cambian. 

Se sabe que María Rodríguez Murillo nació en San Antonio, Tabasco en 1891. Era hija de Higinio Rodríguez y de Brígida Murillo. Al parecer firmaba con la inicial R porque era ilegítima, y era una manera de negar al padre. Historia que podemos poner en tela de juicio porque, según investigaciones del profesor Uriel Hernández, la maestra fue educada en Agua Blanca, cuando Higinio era el encargado de la hacienda antes de culminar la Revolución Mexicana. Allí aprendió a leer, a escribir y tuvo contacto con la biblioteca de los dueños de la hacienda. Estas habilidades le abrieron las puertas del magisterio, pues los requisitos fundamentales que pedía el proyecto de educación de Elías Calles a los maestros para que abrieran escuelas en las comunidades, eran saber leer y escribir. De su juventud poco se conoce. No he encontrado documento alguno que abone información. Pero después de sus treinta años se convirtió en una de las pocas maestras rurales que trabajaba en la región sur de Zacatecas para la federación, durante la guerra cristera: lucha que libró el gobierno de México contra la iglesia y sus alzados durante 1926, la primera etapa, y 1929 a 1935, la segunda; donde la carne de cañón fueron los maestros, los campesinos y el curato. Los primeros porque la propaganda cristera los convirtió en símbolo enemigo de la fe, en los misioneros “pervertidos” comisionados por Elías Calles y después por Lázaro Cárdenas para llevar la “perversión” democrática y social a sitios precarios donde antes no penetraba; los segundos porque luchaban, amortiguados por su fe, manipulados por el clero o en defensa de las ideas radicales del Estado, por lo que habían peleado desde la revolución, el reparto equitativo de tierra que solía concentrarse en pocas manos; y los terceros porque representaban el fanatismo religioso, los rivales obstinados de la educación laica y la defensa del cacicazgo.

Por versiones orales se sabe que Murillo Rodríguez fue maestra en Tenayuca, Apulco, en 1928. Al momento no se cuenta registro documental de su paso por esta comunidad. Pero Uriel Hernández, al fijarse en el año 2000 el objetivo de construir la escultura de la maestra en la telesecundaria de Huiscolco, averiguó con la gente más vieja del municipio que dio clases en Tlachichila y Nochistlán. En Tenayuca intentó levantar un salón, pero el cacique del pueblo la corrió porque la propiedad sería destinada para el uso de una carnicería. Se sabe que la maestra sale, como muchos profesores perseguidos aquel tiempo, huyendo del pueblo para no ser ultrajada. Y de la víspera a 1931 desaparece del mapa rural y del magisterio. Algunas versiones orales, tampoco documentadas, apuntan que da clases en el municipio Calera y que de allí regresa a San Antonio, Tabasco. En 1932 aparece en El Plateado de Joaquín Amaro, región equidistante a la comunidad de Hiscolco y del entonces municipio Villa del Refugio. Su estancia primero fue como maestra auxiliar de la escuela que Antonio R. Vela se encontraba levantando con la ayuda de su hermana Isabel. Después como profesora que la federación había comisionado para encargarse de las tareas educativas. Se tiene conocimiento documental de ello gracias a la sinopsis del sumario de la pequeña correspondencia que mantuvo con el mismo Vela, archivo que el actual cronista, Elieser Márquez, me proporcionó al saber que quería escribir una crónica sobre María. 

El sumario de la correspondencia nos dice que llega para suplir a Francisca Marín, hermana de Félix Marín Mota, uno de los guardias personales del agrarista, el cual intenta abogar por su parentela para que le den el nombramiento. Pero Vela lo impide mandando una carta al secretario general de gobierno, Armando Ortiz, y como consecuencia se echa una enemistad encima. Francisca, al regresar sin empleo a Colotlán, lanza amenazas a los vecinos en contra suya. Amenazas que, si revisamos la historia del asesinato de Vela, con especial atención en esta correspondencia, surten efecto en manos de Félix Mota dos años después, cuando colabora con los abigeos para darles acceso a la casa de su jefe la noche que lo asesinaron, junto a su esposa, a dos de sus hijos y a su sobrino de 16 años. 

La maestra Rodríguez Murillo llega el 8 de septiembre de 1932. Todo lo que hay después son misivas donde se anuncia cómo será la escuela, que ahora es el Colegio de Bachilleres, los maestros que la dirigirán, así como sus directores y la manera en que cobran su sueldo. El 21 de mayo de 1933 decide no seguir trabajando en el lugar. Le pide a Teodoro Guerrero, jefe del departamento de Educación Estatal, su cambio a una hacienda cercana a la capital. No se sabe si en la carta nombra las razones, tampoco si los motivos son que se enemistó con Vela o su hermana, quien ayudaba en las tareas escolares. Como adjunto, casi como una esperanza, pone un cojín bordado por ella misma. Es un regalo para la esposa de Guerrero. Un detalle bonito, pero también un rasgo histórico que abona a la versión de que Rodríguez Murillo fue precursora del bordado en Huiscolco, comunidad que ha ganado premios internacionales por esta disciplina, sobre todo durante la administración en la que Amalia García Medina gobernó Zacatecas. El 30 de julio María abandona El Plateado sin informar a nadie. No se sabe si su carta al jefe de Departamento Educativo fue respondida. La desatención de deberes magisteriales la ratifica el presidente municipal Merced Márquez y los padres de familia que, al quedarse sin figura educativa, mandan la petición de que sustituyan a la maestra por otra persona. Quien la suple es Isabel Vela. 

Si tuviéramos en las manos lo que dicen esas cartas, al menos las que se dirigieron la maestra y Vela, la maestra y Teodoro Guerrero, sabríamos más sobre su historia y por qué nuevamente Rodríguez Murillo se fue de otro municipio en el que daba clases. Pero por la escueta sinopsis informativa no se sabe cómo fue su amistad, si es que la hubo, ni el por qué llegó en sustitución de Francisca Marín. Tampoco se sabe si su salida abrupta se deba a un conflicto laboral o social con los Vela o porque, como lo ha afirmado el cronista actual de Tabasco, Francisco Sandoval, se volvió a meter en problemas por su carácter con un cacique. 

No obstante, es importante revisar su paso por El Plateado, porque la mayoría de las versiones que narran la noche de su asesinato aseguran que un cacique de nombre Antonio, junto con un padre de apellido Cabral, lo ordenaron. Versiones imprecisas si se cotejan al parejo de estos datos. A Vela Robles lo asesinan en 1934, un año antes de que a la maestra la convirtieran en mártir. José Herculano Cabral, en cambio, era prelado de la iglesia de Tabasco en 1935, y se conoce, está documentado, que solía conjurar en contra de las personas que representaban una amenaza para él y la Iglesia. Basta revisar la conjura y asesinato contra Pedro Raygoza en 1928, y el manifiesto que firma la Juventud de Jalpa en 1967, al pedirle su renuncia como custodio del templo por los obstáculos que puso a pobladores al ver amenazados sus intereses económicos.

María llega a Tabasco en 1934. Se vale de sus conocimientos y tiene la firme tarea de habilitar la escuela en Huiscolco, una comunidad demasiado cercana a la Sierra de Morones donde, si revisamos la historia y lo que ha sucedido en cuestiones de crimen organizado, le queda la rima: donde se refugian los cristeros, los bragados y los halcones. A la maestra le toca una comunidad desunida. Por los testimonios orales, se conoce que en esa época la parte de los pobladores que viven en El Cóporo está en contra de la educación comunista y lo que huela a gobierno; y los de la Rinconada quieren que sus hijos se eduquen y en consecuencia donan una casa para que sea convertida en salón. Es así como Rodríguez Murillo abre la escuela Miguel Hidalgo y se hace de una casita con cocina y dormitorio frente a un mezquite grande, el cual sirvió a sus asesinos para colgarla y torturarla. Allí imparte clases de Matemáticas, de Español, de bordado. Como es buena montando caballo, viaja de un municipio a otro para llevarles cada semana a los alumnos peras de El Plateado y duraznos de Tenayuca, incluso para hacerle favores a quien se los pide. Viaja junto a las tropas federales hacia Tlachichila, camino que es vigilado por cristeros como Pedro Sandoval, quien, se presume por las misma versiones orales, alimentó la animadversión de los cristeros en contra de ella al rumorar que mantenía relación con algún federal, incluso que solía contarles los movimientos ocultos de los levantados religiosos en su zona de trabajo. 

La primera teoría que me surgió al leer investigaciones sobre la mártir de Huiscolco, fue que los celos de alguno de sus victimarios habían sido una pieza clave para que la hayan asesinado de tal manera. La forma en cómo muere, debo precisar, reúne los peores males de América Latina: machismo, fanatismo religioso, misoginia. No obstante, entre más profundicé en los pocos documentos, la teoría fue descartada y me pregunté: ¿la habrían asesinado de la misma manera si no hubiera sido maestra rural?, ¿la habrían asesinado de la misma forma si la población de Huiscolco hubiera sido menos apegada a la persecución religiosa?, ¿qué habrá hecho el gobierno en esa región para que la gavilla del sector 7 la haya martirizado como al símbolo enemigo? 

Huiscolco ha sido por décadas guarida de bandidos. En el año que vivió la maestra era cuna de cristeros, allí se organizaban los levantamientos y se refugiaban los abigeos. El rancho estaba convertido en una bomba de tiempo que no tardaría en estallar. Aunque los sacerdotes habían firmado un armisticio con el gobierno para que cesara el fuego en ambos bandos en 1926, la persecución militar continuó y algunos rancheros no renunciaron a las armas para protegerse. De Huiscolco es Teodoro Rodríguez, jefe del sector 7, que abarcaba Villanueva, Malpaso, La Quemada, Tayahua y Tabasco, y tenía como objetivo frenar a los misioneros del magisterios. Como amigos tenía a Salvador Anguiano, conocido como El Charro; y Pedro Martínez, La Charica, así como a sus hijos Jesús y Valentín. Se cuenta que algunos de ellos eran versados en armas y enfrentamientos porque lucharon en la Revolución Mexicana. También se contemplan a Lorenzo Ruvalcaba, a quien se le relaciona con el asesinato de Antonio R. Vela, y a otros más de los cuales no he obtenido el nombre correcto. En cuanto al duelo que cargaba la comunidad, considero fundamentales los tres asesinatos que sufrió la familia Briceño en manos del gobierno. Francisco es ahorcado a finales de octubre de 1926 frente a los comuneros como prueba de que eso le pasara a quien siga peleando en nombre de Dios y de la iglesia. Dice una crónica escrita por Javier Arellano que, con la soga ahorcando a Francisco, lo obligaron a gritar ¡Viva el presidente Calles! ¡Vivan los federales! Manuel es perseguido por el ejército y, al notar que no podrían con él y sus subalternos, la milicia asesina a su padre en 1935. Aunque hay dos fechas distintas sobre el día que lo alcanzan los federales (Luis Rubio escribe que fue en enero de 1936; y Víctor Ceja Robles, editor de la revista Impacto, establece que fue el 11 de mayo de 1935) se sabe que a Manuel lo acribillaron cerca de la Barranca del Infierno, en el camino a El Plateado, junto a sus hombres. 

Con el asesinato en cadena de los Briceño, puede inferirse la rabia en la población de Huiscolco. Puede inferirse que la gente algún día se vengaría del gobierno y de quienes representaran al enemigo, fueran agraristas, alcaldes, policías o maestras rurales. Puede inferirse que el ahorcamiento, la cacería, el asesinato de los miembros de esta familia tuvo una consecuencia años después. Nada descarta que haya sido, de manera fortuita o planificada, el asesinato de Rodríguez Murillo. Es una gran pena, sin embargo, que estas interpretaciones no puedan comprobarse para poner en la balanza las afrentas del gobierno contras las comunidades como contrapeso de lo que se ha escrito sobre la crueldad de los cristeros. Los pobladores de Huiscolco han vedado la historia sobre los Briceño y la maestra y los pocos familiares que quedan de los involucrados no dan entrevistas. Se sabe, por acercamientos que hemos tenido, que cronistas como Francisco Sandoval los han pintado como los bárbaros de la historia. Vale la pena considerar que, como en toda guerra, la semántica de la víctima y del victimario se justifica según desde las normas morales y legales que se castigue, se culpe y se cuente. 

La investigación que más datos aporta para entender el asesinato de Rodríguez Murillo es la publicada en 2007 por Luis Rubio, que va dentro del libro Zacatecas bronco. El historiador se vale de los archivos judiciales y de la colección de Aurelio Acevedo para dar un panorama general y cronológico del conflicto cristero en la zona sur de Zacatecas y norte de Jalisco, la cual es la que más levantamientos y enfrentamientos registra. Entre sus páginas se descubre un acercamiento más puntual, más concreto de la noche del 26 de octubre de 1935, gracias al manuscrito Memorias de mi infancia, el cual se fue entregado al historiador los años que redactaba su libro. El autor es Ernesto Villa, ya fallecido o sin localizar. Para Ernesto el verdadero objetivo de esa noche no era la maestra, sino su padre Fermín Villa. Los hombres de Teodoro Vizcaino habían bebido en la barranca de Huiscolco, y en algún momento se encontraron con ella y se hicieron de palabras. Palabras que en el libro no se ejemplifican ni se aclaran. Pero por versiones futuras sobre este tipo de riñas, se entenderá que la maestra era de las pocas personas que contestaba a los bandidos, incluso a los párrocos de la iglesia, para ganarse su respeto y mostrar la autoridad educativa. La gavilla de Teodoro decide ignorarla (aquí es donde para unos historiadores y cronistas los bandidos la amenazaron con que se fuera o se iba arrepentir), y cabalga hacia Tabasco.

Una semana antes, un maestro de Tenanguillo, de apellido Moreno, discute con padres de familia. Las órdenes del gobierno eran claras: los profesores rurales, en su misión por llevar conocimiento a las zonas marginadas del país, darían hasta su vida, aunque el sueldo demore, por construir escuelas. El vicario del municipio ve su iniciativa como una amenaza y decide avisar a los bandidos. Teodoro Rodríguez enfrenta al maestro y le exige, si no quiere morir, que se largue del lugar. 

La noche del 26 de octubre se les ve a los bandidos en el camino de piedras que conduce a Tabasco. Un desconocido corre a avisarle al maestro Fermín Villa que ya bajan a matarlo a Moreno y a él. Los profesores se atrincheran en la escuela de niñas; en el libro no dice que estaban armados, pero por la entrevista que realicé hace un mes a Luis Rubio en su cubículo, menciona que sí. En el anochecer aparecen ocho o nueve hombres, entre los que se encuentran los hermanos Briceño (este dato debe ponerse a consideración, pues se sabe que Francisco y Manuel ya están muertos y solo queda vivo Faustino), dirigidos por Rodríguez. Porfían por tumbar las puertas, las ventanas, por colarse al salón para sacarlos y cumplir las órdenes. Pero se dan por vencidos cuando escuchan lloriqueos de los hijos del maestro Fermín. Lo último que se escucha en la noche solitaria, en la que ningún poblador se atrevió a salir de su casa, son las palabras de Teodoro Rodríguez, desilusionadas, dando la orden de volver a Huiscolco. Allá tenía más vino. 

Lo que sigue es lo que se ha contado una y otra vez, el asesinato desalmado de María. Ernesto Villa, a través de Rubio, nombra como actores materiales a la gavilla de Salvador Anguiano y a Teodoro Rodríguez. En mi búsqueda por encontrar ese archivo, para compararlo con mis averiguaciones, me he topado con pared. Rubio lo tiene extraviado entre sus múltiples investigaciones y Mateo García Bazán, que lo cita En los rebeldes de Zacatecas como mero ornamento bibliográfico en las notas al pie de página de su crónica sobre el asesinato de Pedro Raygoza, dice haberlo leído, pero confiesa que, con el paso de los años, lo perdió. Al momento en que trato crear vínculos, resolver dudas y convencer a más fuentes para que me aporten datos para una novela, me cuesta concluir que la historia ha sido injusta con la mártir de Huiscolco.

 María Rodríguez Murillo no solo es víctima de un fuego cruzado de una guerra entre el gobierno y la iglesia, es víctima del silencio de los habitantes del pueblo donde la asesinaron, del registro civil que redactó el acta de defunción como muerte por sacrificio el día que su sobrino, Aurelio Rodríguez, llevó el cuerpo destrozado a Tabasco. Es víctima de sus biógrafos al haber creado versiones personales, imprecisas, sobre su asesinato. Es víctima de los archivos de la Secretaría de Educación Pública, donde no existe expediente de su historial, y de las autoridades que regulan los cementerios donde fue enterrada, pues en una búsqueda que hice durante días de su tumba en Huiscolco y en el panteón nuevo de Tabasco, descubrí bajo el sol o la lluvia que no hay tumba alguna con las letras de su nombre. Así como tampoco hay una historia fiel, honesta, que en realidad honre los sucesos que pasaron el 26 de octubre de 1935 en una comunidad que es visible en la geografía del turista, gracias a la historia de una mujer asesinada por un grupo de hombres envalentonados por la Iglesia.

* Es autor de la novela Nunca más su nombre, (premio Juan Rulfo, INBA) del libro de relatos Rojo semidesierto (Premio Sor Juan Inés de la Cruz) y Los maridos de mi madre. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte en México. 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_497

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