Lo propio del capitán Ahab

Lo propio del capitán Ahab
Penny Patterson le enseñó a la gorila Koko la lengua de signos, gracias a la cual las dos primates se comunicaban con frases complejas.

La Gualdra 489 / Elucubraciones

 

 

Hace muchos lustros, cuando yo todavía era un ser sensible, se me dio por pensar en las ballenas mientras caminaba por una avenida vacía del barrio de Tolbiac. Las imaginé retozando despreocupadamente en las aguas frías del océano, sin más obligaciones que las de jugar concienzudamente en estado de ingravidez, educar y cuidar a las crías, alimentarse y protegerse unas a otras. Acto seguido, comparé a esta plácida rutina (idealizada, claro está) con las sociedades engendradas por “el ser más inteligente” de la Tierra, y sentí vergüenza y rabia. Recuerdo que luché contra la melancolía. ¿En qué momento de la Evolución nos habíamos equivocado de camino? ¿Era inevitable desplegar, a lo largo de nuestra historia, tanta violencia, tantos modos de opresión? ¿Por qué no nos había sido posible constituir grupos humanos desprovistos de las maldades que nos caracterizan, si de verdad éramos tan inteligentes? No habíamos sido prácticamente capaces de crear relaciones sociales, ni incluso amorosas, fuera del sometimiento, ni economías viables sin explotarnos unos a otros, y sin mermar metódicamente las esperanzas de nuestros semejantes. Pero éramos la “especie superior”, la única con miramientos morales, y ello nos confería el poder de disponer de la vida de cualquier criatura existente.

En realidad, poco o nada sabía yo sobre las ballenas, más allá de su etimología (del griego “phálainas”, derivado de un radical indoeuropeo que significaba algo así como “cosa hinchada”, y que también dio origen al vocablo “falo”). El único cetáceo con el que había interactuado, y es mucho decir, era Moby Dick. Leí, de niño, la novela de Herman Melville y, obviamente, pasé por alto muchos aspectos de la obra, entregándome más que nada a su dimensión aventurera, supongo que influenciado por mis lecturas de Emilio Salgari. La historia me impactó poderosamente, pero no tanto por la ferocidad del animal sino por la del capitán Ahab. Yo no podía entender que un ser humano, por ende “racional”, buscara vengarse de un animal que actuaba solo por instinto de supervivencia. Me parecía un comportamiento, justamente, irracional y rayano con la locura. Pero bueno, éramos superiores.

La tradición filosófica establece un hiato entre el ser humano (me resisto a decir “el Hombre”) y el animal, por diversos motivos (quizás el más noble sea el hacer emerger y asentar la responsabilidad que tenemos para con ellos), y aún hoy mucha gente se siente ofendida cuando se le recuerda la evidencia de nuestra animalidad. Muchos pensadores, de Aristóteles a Cicerón, de Rabelais a Alain, se abocaron a la tarea de separarnos del reino animal mediante sentidos aforismos que pretenden definir “lo propio del Hombre”. La razón, el bipedismo, la moral, la fabricación de herramientas, la risa, el arte, la cultura, el lenguaje, eran los salvavidas que nos mantenían a flote en el mar de la animalidad. El bipedismo parecería ser un criterio a priori pertinente, pero no resiste a la observación de la naturaleza: cualquier gallina sin mérito también es bípeda, por lo que Sócrates definió al ser humano como un “bípedo implume”. Cuando Platón se lo explicó a Diógenes, el genial pordiosero, este tomó un pollo, lo desplumó, y declaró: “hete aquí un hombre”.

La razón y la inteligencia parecen, a primera vista, criterios muy adecuados, pero las investigaciones sobre las facultades cognitivas de diferentes especies revelan disposiciones mentales asombrosas en pulpos, primates, cuervos de Caledonia y demás elefantes. En algunas tareas, muchas de ellas ostentan mejores resultados que los del ser humano de corta edad, en cuanto a la resolución de problemas; y que el humano adulto, en términos de destreza y de memoria inmediata. Obviamente, el uso de la razón por el ser humano va más allá de lo que se observa en el resto del reino animal, salvo que uno sea un sucedáneo del capitán Ahab, por ejemplo. Pero elevarnos por encima de las demás especies alegando nuestras dotes intelectuales, es como si un concursante eligiera su propio perfil como criterio absoluto del certamen, o como si Stalin proclamara que el mejor dirigente ha de ser el más bigotudo.

Ilustración aparecida en el libro ‘El hombre en el mar, o una historia de aventura marítima, exploración y descubrimiento, desde las edades más tempranas hasta la actualidad’ (1858). Dominio público.

Ilustración aparecida en el libro ‘El hombre en el mar, o una historia de aventura marítima, exploración y descubrimiento, desde las edades más tempranas hasta la actualidad’ (1858). Dominio público.

 

Si la palabra articulada es privativa del ser humano, con la salvedad de algunas aves parlanchinas que poseen el habla pero no la lengua, que reproducen el significante sin acceder al significado, el lenguaje (la facultad de comunicar) es una realidad extremadamente difundida en la naturaleza. Ya sea mediante graznidos o rebuznos, percusiones, colores, feromonas y una infinidad de dispositivos y modalidades, casi cualquier animalejo tiene algo que comunicar, y es entendido por sus semejantes. Años atrás, la estadounidense Penny Patterson le enseñó a la gorila Koko la lengua de signos, gracias a la cual las dos primates se comunicaban con frases complejas que bien podían expresar cosas concretas, emociones o deseos (Koko manifestó que quería adoptar un gatito, y que le presentaran un novio). Sue Savage-Rumbaugh, otra primate primatóloga, le enseñó al bonobo Kanzi a comunicarse mediante teclados y ordenadores, con resultados también sorprendentes (un bagaje lingüístico que incluye la comprensión de unas 3000 palabras habladas y el uso de 348 símbolos, aunque asociados por una sintaxis rudimentaria: un léxico que algunos de mis estudiantes bien podrían envidiar). Varios investigadores comienzan a sospechar que la aparición de la palabra podría haber ocurrido antes de la emergencia de nuestra especie, en alguna rama tía del árbol genealógico que nos abarca.

Si definimos la cultura como aquello que tiene en común un grupo determinado mediante la transmisión de conocimientos, de costumbres y de tradiciones, entonces existen culturas animales por doquier: fabricación de herramientas por simios y pájaros para pescar insectos, hábitos alimenticios innovadores (algunos monos envuelven los trozos de carne en una hoja, creando un sabor nuevo más al gusto de los comensales, una suerte de gastronomía embrionaria), difusión de “dialectos” propios de un grupo, etc. Los adornos corporales son una de las prácticas culturales más antiguas de la humanidad, y pareciera ser exclusividad de nuestra especie vieja de 200.000 o 300.000 años. Sin embargo, se han hallado rastros de pigmentos de un millón de años, previos a la emergencia de nuestra especie, utilizados por alguna extinta rama ancestral de homínidos. Mal que nos pese, la cosmética (etimológicamente: entrar en relación con el cosmos) no es una invención reciente de nuestros abuelos.

Pero entonces, ¿qué nos queda, qué nos caracteriza y nos distingue? ¿La moral? ¿La conciencia? ¿La conciencia de tener conciencia? Los etólogos (del griego “ethos”, conducta, la misma raíz que la del vocablo “ética”) nos demuestran que los simios, por ejemplo, tienen una sensibilidad particular con respecto a los comportamientos injustos, y que son capaces de empatía. Ambos aspectos son constitutivos de una moral incipiente. Muchas especies poseen la conciencia y la “teoría de la mente” (la capacidad de conjeturar sobre los pensamientos ajenos). El lenguaje, la cultura, la razón, el bipedismo y demás atributos del Homo sapiens existen o preexistían, en mayor o menor medida, en otras formas de vida. Sólo es una cuestión de graduación. Pero al forjar el concepto de animalidad, según el antropólogo y etnólogo Claude Lévi-Strauss, se crea una categoría en la que los grupos dominantes vierten todo cuanto abominan: los otros pueblos, los animales salvajes, las mujeres, los lisiados. Otra prueba de nuestra insuperable “inteligencia”, digna del capitán Ahab.

 

*Traductor, profesor de la Universidad d’Evry- Universidad Paris-Saclay.

 

 

 

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