Remediar al capitalismo (primera parte)

Remediar al capitalismo (primera parte)

En no pocas ocasiones, Joe Biden, un influyente político demócrata, había objetado los abusos de grandes corporativos.

El viernes 9 de julio, Joe Biden, quien ahora se desempeña como presidente de Estados Unidos, pasó del discurso a los hechos.

Ese día, el presidente Joe Biden estampó su firma en una orden ejecutiva que comprende un total de 72 iniciativas, las cuales responden al propósito de limitar el desmedido poder que han alcanzado algunos monopolios en un amplio número de sectores de la economía estadounidense.

Las 72 iniciativas darán lugar a un ambicioso repertorio de reformas en la Unión Americana, las cuales comprenden desde la intención de revertir la neutralidad de la red, procurar un mayor escrutinio en materia de Big Data, revisar detalladamente cada nueva adquisición o fusión que pretendan realizar las Big Tech, ajustar las elevadas tarifas de los transportistas marítimos, hasta la implementación de las medidas legales necesarias para asegurar que las personas con deficiencias auditivas puedan adquirir audífonos más baratos.

Biden ha dejado muy claro que no pretende eliminar al capitalismo; el primer mandatario de Estados Unidos considera necesario acotar algunos excesos y generar beneficios para la numerosa clase media estadounidense. “El corazón del capitalismo estadounidense es una idea simple: competencia abierta y justa”, destacó Biden antes de firmar la orden ejecutiva.

Desde hace más de una década, es posible advertir un sensible estancamiento en el poder adquisitivo de la clase media. Afectar la concentración del poder corporativo-sostiene Biden- podría asegurar precios más bajos a los consumidores y, mejores servicios. Quizá el efecto no sea inmediato; sin embargo, Biden confía en la posibilidad de abrir mercados y favorecer la economía de las clases medias.

El presidente Biden fundamentó la orden ejecutiva en el imaginario histórico de la Unión Americana, refiriendo su orden como “un regreso a las tradiciones antimonopolio de las presidencias de Roosevelt a principios del siglo pasado”.

Algunos historiadores estadounidenses sostienen que el rechazo a los monopolios parte del espíritu exhibido por los colonos en su lucha por la independencia de los Estados Unidos.

En 1773, cuando en el puerto de Boston los colonos arrojaron al mar el té de la Compañía Británica de las Indias Orientales, no solo objetaron un impuesto que consideraron injusto; más importante aún, rechazaron la concesión misma de un monopolio que la corona británica había concedido a algún favorito.

Los sentimientos contrarios al establecimiento de los monopolios se robustecieron durante el siglo XIX, en el marco de la Guerra de Secesión (1861-1865). Los abolicionistas afirmaron una actitud contraria a los monopolios cuando decidieron oponerse a los intereses de los grandes hacendados esclavistas.

El 2 de julio de 1890, el senador John Sherman, de Ohio, introdujo la Ley Sherman Antitrust, una avanzada acta que declaró ilegales a los monopolios por considerarlos lesivos al desarrollo del comercio internacional.

Solo el Departamento de Justicia dispone de las facultades necesarias para emprender causas penales bajo la Ley Sherman.

A pesar de tan avanzada iniciativa, la referida ley no bastó para impedir el desarrollo de nuevos monopolios.

En 1935, el presidente Franklin D. Roosevelt se vio en la necesidad de denunciar a los “monárquicos económicos” como creadores de “un nuevo despotismo”. La concentración del poder industrial y financiero -afirmó Roosevelt- había conformado una “dictadura industrial” que amenazaba a la democracia estadounidense.

La historia nos demuestra que, en Estados Unidos, los intermitentes pronunciamientos contra los monopolios no han logrado impedir su gestación y desarrollo.

En el inventario de grandes monopolios en la historia de la Unión Americana aparecen los nombres de las firmas Standard Oil, American Telephone and Telegraph (AT&T), Microsoft, Google, Apple, Facebook, y Amazon, entre otras.

Hoy Microsoft, Google, Apple, Facebook, y Amazon se encuentran entre las 10 marcas más valiosas del mundo. De acuerdo con lo asentado en el reciente reporte de la firma Kantar sobre las marcas más valiosas en el mundo, el valor de marca de Amazon, que considera la marca más valiosa, supera al Producto Interno Bruto de naciones como Polonia.

Biden efectivamente podría perfilarse como el líder y estadista que asumiría la responsabilidad histórica de reubicar a los Estados Unidos en la ruta de sus intermitentes tradiciones antimonopólicas.

Al momento de estampar su firma en la referida orden ejecutiva, el propio Biden reconoció el fracaso de las iniciativas emprendidas para contener a los monopolios, al afirmar que, “después de 40 años, el experimento ha fallado. El capitalismo sin competencia no es capitalismo, es explotación”.

La orden ejecutiva del presidente de Estados Unidos, que afirma estar centrada en la necesidad de mejorar la competencia empresarial y brindar a los trabajadores más opciones y poder, en realidad responde a un propósito mucho más complejo y ambicioso: contener la alarmante expansión de las Big Tech, y recuperar la rectoría que ha venido perdiendo el gobierno estadounidense en materia de economía.

Las grandes firmas de Sillicon Valley se han convertido en un problema de gobernabilidad. No solo han mermado la rectoría del gobierno estadounidense en asuntos de economía; peor aún, han pretendido subordinar al gobierno, sea republicano o demócrata, a sus particulares intereses.

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